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20/21: ¿Qué hemos aprendido? Arquitectura crepuscular. Algunas notas sobre areas grises

Sebastián Paredes

Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile

La pandemia nos ha hecho cambiar nuestras formas de vida tanto a nivel doméstico como público. Sin certeza sobre el futuro y sin confianza en el pasado, nos movemos en un extraño presente donde nuestras expectativas están en pausa, pero nuestros sentidos están más activos que nunca. Mientras tanto, la pregunta sobre el futuro de la ciudad (y, por ende, de la arquitectura) tras la pandemia se ha tomado el espacio que antes ocupaban los seminarios de liderazgo empresarial o análisis financiero. Estamos en un punto de inflexión, sin mucha idea de hacia dónde se flexionará nuestro destino. El arco temporal y espacial que va de un 2019 en las calles a un 2020 en confinamiento nos ha llevado a preguntarnos si algo seguirá siendo igual. Hemos visto cómo la solidez de las bases sobre las que nos acostumbramos a vivir se iba diluyendo. Lo que la amenaza real del calentamiento global no logró, la contagiabilidad de un virus nos forzó a aceptar. Nuestras esperanzas – las que quedan – están puestas en lo que ocurra este año. De ahí que entre el 2020 y el 2021 haya un quiebre, un corte. El slash (corte) entre el 20 y el 21 marca esa disrupción, ese cambio. ¿Hemos aprendido algo de todo esto? ¿Cambia en algo nuestro punto de vista todo lo que hemos vivido recientemente? ¿O haremos como si nada hubiese pasado y seguiremos tal cual hemos estado hasta ahora?

El año 2006, con las movilizaciones estudiantiles – la Revolución Pingüina – como telón de fondo, la revista japonesa A+U dedicaba su número 430 a la arquitectura chilena. La publicación daba cuenta de un carácter sobrio e insular, remarcado por la fotografía de la portada, donde una vivienda de cobre destaca en un entorno de espesa neblina. «Chile – Deep South» celebraba notables proyectos, su ‘diálogo’ con la naturaleza, el surgimiento de nuevas oficinas, un acotado repertorio en el uso de materiales y, al mismo tiempo, una estabilidad política y económica que servía de soporte para todo lo anterior. Se declaraba un optimismo después de más de quince años del regreso de la democracia, donde la ruta o modos de operar se trazaban sin mucha corrección crítica, tanto para oficinas como para escuelas de arquitectura.

Catorce años después, en marzo de 2020, antes de las primeras cuarentenas y en un contexto de protestas y demandas sociales, A+U publicaba un nuevo número monográfico. La portada de «Architecture in Chile. In Search of a New Identity» muestra un edificio semienterrado entre ruinas industriales de albañilería, con una ciudad de torres de vivienda y crecimientos informales que se expande hacia el desierto. Se disipa la neblina y aparece un contexto mucho más complejo y difícil de obviar.

Lo que a primera vista puede leerse como un triunfo más en esa obsesión local por destacar a nivel mundial, da cuenta más bien de las últimas etapas de un ciclo. Como en el western revisionista o crepuscular de los años sesenta, se hace evidente un agotamiento de lo que pareció un momento virtuoso, donde los objetivos celebrados en los años anteriores acarrean al mismo tiempo su propio decaimiento. Lo anterior no implica una desaparición de una manera de trabajar, sino más bien lidiar con áreas grises cada vez más evidentes en un mundo de valores cambiantes. Aquí entra el descreimiento, la nostalgia o el pesimismo. Un ánimo más de La pandilla salvaje, la película de 1969 y emblema del western crepuscular, que de ‘generación dorada’, un título que perfectamente podría corresponder a un western clásico.

La arquitectura desarrollada en las últimas décadas en la vastedad del paisaje, en la blanca montaña, ha ido de la mano con una parcelación desmedida de los mismos territorios que las construcciones buscaban realzar. No se trata de propuestas para vivir off-the-grid, sino de segundas (o terceras) viviendas con una fuerte interdependencia de otros centros poblados, los que, en muchos casos, cuentan con escasa planificación urbana para recibir a esta carga de visitantes.

Al mismo tiempo, la celebrada sobriedad y economía de recursos materiales reflejada en las obras de hormigón armado acarrea un tipo de construcción sismorresistente pero altamente contaminante. Seguridad, fascinación estética y eficiencia energética entran en tensión. La condición de ruina de estos edificios de una sola pieza se hizo más evidente durante la pandemia, donde muchos de estos entraron en un abandono forzado.

Ligado a lo anterior, se plantea el desafío de seguir construyendo como en las últimas décadas o intervenir sobre lo que ya existe. Proyectos de diversas escalas, públicos y privados, recogen fragmentos de una ciudad que conserva y destruye a distintos ritmos. Al coquetear con la gentrificación, algunas de estas obras son la causa misma de transformación del entorno y su tejido social.

Y quizás aquí aparece un problema inconcluso para este momento crepuscular: ¿cómo vivir juntos? De los treinta y un proyectos publicados en las dos revistas japonesas dedicadas a Chile, encontramos sólo un edificio de vivienda colectiva en altura. Una obra gruesa, cruda en sus detalles, de baja densidad y propositiva en sus circulaciones y espacios comunes. Un vacío por llenar cuando todo parece un desierto anclado en el siglo XX.

Sebastián Paredes

<saparede@uc.cl>
Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2011. Académico de la misma institución desde el 2016. Desde el 2015 trabaja como arquitecto independiente. El mismo año, asociado a Alberto Moletto, ganó el concurso Edificio FADEU. Ha sido colaborador de Cecilia Puga, OWAR arquitectos y Ediciones ARQ, y es cofundador de 0300TV.