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20/21: ¿Qué hemos aprendido? Que el fin de la ciudad te encuentre bailando

Marina Otero-Verzier

Arquitecta, directora del MA en Diseño Social, Design Academy Eindhoven.

La pandemia nos ha hecho cambiar nuestras formas de vida tanto a nivel doméstico como público. Sin certeza sobre el futuro y sin confianza en el pasado, nos movemos en un extraño presente donde nuestras expectativas están en pausa, pero nuestros sentidos están más activos que nunca. Mientras tanto, la pregunta sobre el futuro de la ciudad (y, por ende, de la arquitectura) tras la pandemia se ha tomado el espacio que antes ocupaban los seminarios de liderazgo empresarial o análisis financiero. Estamos en un punto de inflexión, sin mucha idea de hacia dónde se flexionará nuestro destino. El arco temporal y espacial que va de un 2019 en las calles a un 2020 en confinamiento nos ha llevado a preguntarnos si algo seguirá siendo igual. Hemos visto cómo la solidez de las bases sobre las que nos acostumbramos a vivir se iba diluyendo. Lo que la amenaza real del calentamiento global no logró, la contagiabilidad de un virus nos forzó a aceptar. Nuestras esperanzas – las que quedan – están puestas en lo que ocurra este año. De ahí que entre el 2020 y el 2021 haya un quiebre, un corte. El slash (corte) entre el 20 y el 21 marca esa disrupción, ese cambio. ¿Hemos aprendido algo de todo esto? ¿Cambia en algo nuestro punto de vista todo lo que hemos vivido recientemente? ¿O haremos como si nada hubiese pasado y seguiremos tal cual hemos estado hasta ahora?

Hoy alguien confesó que había soñado conmigo. Yo había dejado la arquitectura para abrir un club nocturno y daba la bienvenida a los visitantes. Dentro todo el mundo bailaba. Puede ser la crisis de los cuarenta o la pandemia; o ambas a la vez. En cualquier caso, dedicarme a hacer bailar a la gente parece un trabajo emocionante y, por qué no, una posición radical. Bailar rodeado de gente es ahora tan inusual como distintivo de libertades que hemos dejado atrás para hacer frente al COVID-19.

Las nuevas relaciones espaciales, consecuencia de las medidas para controlar la pandemia, han transformado las ciudades. La reorganización del trabajo y los espacios de producción que hemos vivido este último año influirán en aspectos como la segregación social, la reproducción de la fuerza del trabajo, nuevas pautas de consumo o la formación de regímenes políticos y sociales.

Tras décadas hablando de la importancia de las actividades a nivel de calle para la habitabilidad de la ciudad, este año aprendimos que las ciudades pueden funcionar sin su planta baja. Con tiendas, gimnasios, museos, cines, teatros y restaurantes cerrados, la cultura ha debido desplazarse al mundo digital y el ocio a los espacios verdes. Esto ha dejado en evidencia las carencias de espacios públicos no ligados al consumo: parques, lugares para el descanso, baños públicos, puntos de agua.

Que las ciudades puedan funcionar bajo este nuevo régimen espacial debe alertarnos. En 2020 asistimos a la efectiva segregación y depuración del espacio social mediante procesos de exclusión. El espacio urbano ha sido totalmente regulado con normas sobre cómo debemos movernos (mantener distancias), cómo vestirnos (mas-carillas), cuándo volver a casa (toque de queda) o a quién visitar (burbujas sociales). Estos cambios, impensables en otras condiciones, han facilitado a los gobiernos la gestión del territorio y de los conflictos sociales. La pandemia es el instrumento perfecto para que los poderes legitimen sus acciones en nombre de la salud general. No trato aquí de insinuar teorías conspirativas, sino de mostrar que la respuesta que han dado los gobiernos será decisiva para la constitución de nuevos órdenes. Como apuntaba Marx, tomando el legado de Saint Simon, «ningún orden social puede cambiar sin que los rasgos de lo nuevo se encuentren en el estado existente de las cosas». Pues bien, los rasgos del nuevo orden ya se han hecho evidentes.

El movimiento moderno promovió ideas de higienismo y mecanicismo, que permearon el diseño urbano desde finales del siglo XIX. La ciudad empezó a dividirse en espacios organizados funcionalmente: centro urbano, mercado, lugar de habitación. La estratificación vertical daba paso a la zonificación espacial de la ciudad. La sociedad moderna desmontaba, separaba y disgregaba las piezas de la unidad familiar y productiva de la vivienda medieval. El programa que antes incluía una casa se había disgregado espacialmente, convirtiéndose en el esquema de una ciudad y sus diferentes zonas funcionales.

La pandemia ha acelerado el proceso inverso. Si bien llevaba largo tiempo fraguándose – pensemos en cómo Airbnb convertía domicilios en espacios de servicios -, este proceso se ha manifestado ahora de forma contundente. Un gran porcentaje trabaja desde casa, asumiendo costes de infraestructura, electricidad, calefacción, internet, comida, de los que antes se hacían cargo las empresas. Con las escuelas y los centros de trabajo cerrados, la vivienda se convierte en un espacio de habitación, producción, educación y ocio, no sin devenir situaciones de gran precariedad. La vivienda es un espacio productivo, pero aún no reconocido como tal. Por ejemplo, las instituciones de control fiscal aún consideran que para que un domicilio cuente como espacio de trabajo debe tener entradas independientes para los programas de producción y habitación. Los miles de casos en los que la vida privada interrumpe las videollamadas de trabajo muestran lo irrisorio de esa normativa, así como la tragedia que implica la negación de ayudas a los inquilinos y pequeños propietarios.

La falta de conexión social y el miedo al otro instigado por el virus hace, además, que la vivienda y el círculo más cercano sean el único lugar donde materializar las aspiraciones sociales. Es decir, para muchos, la posibilidad de movilidad social quedará anulada con la pandemia. Los ricos se hacen más ricos y los demás ven sus ambiciones tan confinadas como sus cuerpos.

Si queremos recuperar el derecho a la ciudad como espacio contingente que garantiza las oportunidades y encuentros inesperados, puede que sólo nos quede el baile. Bailar juntos como antídoto a la segregación, al empobrecimiento de la experiencia urbana y a la restricción de la participación. Es la arquitectura del baile o la revolución.

Marina Otero-Verzier

<marina.otero@designacademy.nl>
Arquitecta, Universidad Politécnica de Madrid, ETSAM, España, 2008. M.S. en Prácticas Críticas, Curatoriales y Conceptuales en Arquitectura, Universidad de Columbia, 2013. Doctora en Teoría del Diseño Arquitectónico, ETSAM, 2016. Fue directora de la Global Network Programming en Studio-X, Nueva York, y fue miembro del equipo artístico de Manifesta 13. Fue la curadora de «Work, Body, Leisure», el Pabellón Holandés en la X VI Bienal de Venecia 2018, y, junto a After Belonging Agency, fue curadora jefe de la Trienal de Arquitectura de Oslo 2016. Actualmente es directora de investigación en Het Nieuwe Instituut (HNI) y directora del MA en Diseño Social de la Design Academy Eindhoven.