Close

Arquitectura y cuidados: función pública e identidad asistencial en la primera generación de arquitectas chilenas

Amarí Peliowski

Académica, Instituto de Historia y Patrimonio, Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, Santiago, Chile.

Thiare León

Historiadora del arte, Universidad de Chile, Santiago, Chile.

Valentina Saavedra

Académica, Instituto de la Vivienda, Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, Santiago, Chile

En comparación con las tareas de diseño, otros aspectos de la arquitectura como la asistencia y los cuidados han tendido a ser subestimados, categorizándolos como parte de la esfera de los trabajos femeninos. Paradójicamente, estos quehaceres han sido clave para la integración de las mujeres en el mundo laboral a través de cargos públicos y administrativos. Este artículo analiza este problema en la primera generación de arquitectas en Chile, repasando sus conflictos con la profesión y los roles que, aún hoy, afectan a quienes la ejercen.

Es muy grande y muy dispar, tienen distinto apellido: Departamento Alcaldía Departamento de Obras Departamento Jurídico Departamento Control y muchos más. Y así siguen todos ellos; nos centraremos un poco, en el Depto. de Obras y dentro de él, Edificación Esta familia conforman un jefe, el Sr. Maldonado dos hijos, María Cristina y Traverso Violeta del Campo (1991a:13)

La autora de este poema, Violeta del Campo, fue una de las primeras arquitectas diplomadas en Chile. Estudió en la Universidad Católica, se tituló en 1944 y en la década de 1950 comenzó a trabajar en el Departamento de Obras de la Municipalidad de Santiago, institución en la que permaneció durante 39 años. Poeta aficionada, Del Campo autoeditó una serie de libros de versos en que narró las experiencias vividas en ese espacio laboral. En las estrofas de «Familia municipal», da cuenta de dos vivencias que parecieran exceder su experiencia individual y reflejar la de una generación de arquitectas: por un lado, representa la figura de la arquitecta-funcionaria, con la que se puede identificar a gran parte de sus coetáneas; y, por otro, su identidad estuvo marcada por los estereotipos de género reforzados durante la primera mitad del siglo XX, que aso-ciaban a las mujeres y la feminidad con labores domésticas. En ese sentido, el poema, donde los colegas de oficina aparecen representados como una ‘familia’, pareciera situarse en aquel cruce entre el espacio laboral y el espacio doméstico.

Aunque el imaginario de la profesión arquitectónica se asocia frecuentemente a la imagen del creativo que trabaja en su estudio particular, la primera generación de arquitectas chilenas se relacionó mayoritariamente a ese otro ámbito del trabajo en instituciones públicas. ¿Por qué ocuparon este espacio las primeras arquitectas? ¿Cómo se comparó su presencia en las instituciones públicas con la de los arquitectos varones? El presente texto aborda la relación que se estableció entre feminidad y función pública en la arquitectura en las décadas de 1930 y 1940 en Chile; a su vez, indaga las posibilidades de interpretación de este fenómeno a partir de la perspectiva de la ética de los cuidados, que reconoce valor en las acciones y decisiones impulsadas por el bien común, la benevolencia, el reconocimiento del otro y su cuidado (Gilligan, 1982). En este sentido, esperamos impulsar preguntas sobre los alcances que puede tener en el presente visibilizar el universo de labores arquitectónicas que se desarrollan en el espacio del servicio público, y que están asociadas menos al desarrollo creativo de los arquitectos y más a las posibilidades que dan la acción colectiva y asistencial de las políticas estatales.

Arquitectas en un mundo de arquitectos

La historiografía de la arquitectura chilena del siglo XIX y la primera mitad del XX da cuenta de un proceso de profesionalización de la disciplina en el que es posible identificar el surgimiento de la figura del ‘arquitecto chileno’ que, hasta el año 1930, siempre fue hombre. A partir de ese año, el carácter masculino de la identidad profesional arquitectónica fue impugnado, pues se graduó de la Universidad de Chile la primera arquitecta del país, Dora Riedel, siguiéndole decenas más en los años posteriores (Peliowski et al., 2019).

Tres décadas más tarde, en 1962, la abogada Felícitas Klimpel publicó su libro La mujer chilena, en el que analizó la situación de las mujeres profesionales de su época, entre ellas las arquitectas. Su diagnóstico concluyó que «el Colegio de Arquitectos tiene inscritas 99 mujeres. Una gran parte de ellas trabajan como Arquitectos en organismos estatales. Es ésta una carrera que atrae a la mujer» (Klimpel, 1962: 173), mostrando la importancia del mercado de cargos públicos para las egresadas.

Este ‘fenómeno funcionario’ que identificó Klimpel a nivel nacional se puede encontrar también en otros países, reflejando una tendencia histórica globalizada. Así lo han señalado varias investigadoras que han reconocido la importancia de la función pública en las primeras gene-raciones de arquitectas en, por ejemplo, Estados Unidos (Wright, 1977), España (Molina y Laquidáin, 2009; Agudo y Sánchez, 2011; Matesanz Parellada, 2014), Reino Unido (Fowler y Wilson, 2004), Escocia (Shepard y Kosmala, 2012) y Argentina (Daldi, 2018), encontrando también un eco de esta tendencia en la situación actual de las mujeres que se dedican a esta profesión.

Para iluminar la situación chilena, es de interés destacar algunas tesis que se derivan de estos estudios internacionales. Según las sociólogas Bridget Fowler y Fiona Wilson, por ejemplo, las arquitectas han desarrollado históricamente ciertas «estrategias de supervivencia», de «acomodación resignada» o de «usurpación de la identidad masculina» para poder adaptarse a un mundo laboral marcado, en términos bourdesianos, por un «habitus»1 masculino. Estos hábitos se relacionan con algunas particularidades del trabajo en arquitectura: primero, al identificarse con el mundo artístico, suele imponerse el ethos de la fusión vida-obra, validando jornadas excesivamente largas y dificultando la conciliación con el trabajo reproductivo y de cuidados domésticos, tradicionalmente a cargo a las mujeres. Segundo, como su estructura de trabajo depende de proyecto y concurso, es una profesión con condiciones laborales habitualmente precarias y aún más para las mujeres que muchas veces tienen responsabilidades de menor jerarquía o son vistas como una carga económica por su potencial maternidad. Por último, la arquitectura forma un campo profesional en que predomina la figura idealizada, roarkiana2, del arquitecto, que se identifica con rasgos tradicionalmente masculinos como competitividad, toma de riesgos, autoridad, autonomía creativa e, incluso, agresividad (Fowler y Wilson, 2004; Shepard y Kosmala, 2012; Molina y Laquidáin, 2009; Agudo y Sánchez, 2011).

Así, la administración pública – en el pasado y aún hoy – ofrece una experiencia distinta que implica otro tipo de hábitos y éticas: agrupa labores rutinarias y técnicas, menos competitivas (que los colegas hombres tienden a caracterizar como ‘ayudas’), muchas veces apoyadas en competencias relacionales, afectivas y de expresividad. A la vez, la función pública encarna la experiencia de la estabilidad económica, del horario regular, y de procesos de selección menos discriminatorios, lo que permite a las mujeres equilibrar mejor la vida laboral y la doméstica (Molina y Laquidáin, 2009; Agudo y Sánchez, 2011).

En atención a estas observaciones, el diagnóstico temprano de Klimpel permite abrir preguntas acerca de las causas y efectos de la incorporación de arquitectas chilenas al campo laboral de las instituciones públicas en la primera mitad del siglo XX.

Las arquitectas funcionarias

En Chile, la incorporación de la primera generación de arquitectas a las instituciones públicas coincide con varios fenómenos históricos. En el ámbito arquitectónico ocurre junto a un contexto de problemas de salubridad urbana y de aumento demográfico, fenómenos que exigieron mayores respuestas habitacionales y una expansión controlada de las ciudades, lo que derivó en la ampliación del rol público de la arquitectura. Esto se reflejó en la creación de diferentes organismos públicos como la Caja de la Habitación Popular (1936), la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales (1944) e instituciones hipotecarias de financiamiento a la inversión inmobiliaria. También hubo un impulso a adoptar principios del movimiento moderno en la arquitectura, particularmente a partir de la reconstrucción de ciudades sureñas luego del gran terremoto de Chillán de 1939, lo que a su vez promovió – el mismo año – la creación de otra institución pública con facultades constructoras, la Corporación de Reconstrucción y Auxilio (Eliash y Moreno, 1989).

En el ámbito social y político, concurre con la consolidación de los movimientos feministas en Chile, impulsados por la demanda del sufragio femenino, políticas para mejorar las condiciones de vida de las mujeres y su integración a la fuerza laboral profesional. En esta consolidación fue central el rol del Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH), fundado en 1935, que capitalizó las demandas de las mujeres mientras representaba su participación en el ascenso del Frente Popular, que llevó a muchas a incorporarse en instituciones públicas cuando el Frente llegó al gobierno. Por último, otro hecho que contextualiza el fenómeno de las arquitectas funcionarias es la formación de las clases medias chilenas en el siglo XX. Como han demostrado Soledad Zárate y Elizabeth Hutchinson (2017), la expansión del Estado desarrollista entre las décadas de 1920 y 1970, que buscaba esencialmente la industrialización del país y el fortalecimiento del sistema público, incrementó significativamente el empleo estatal. Así, las clases medias de identidad burocrática tuvieron un rápido crecimiento, representando entre 1940 y 1950 el 30% de la población y alcanzando una cohesión estructural que le otorgó capacidad de presión y participación política. A su vez, el Estado absorbió significativamente la creciente cantidad de mujeres técnicas y profesionales, estimulando así la educación superior femenina. Por otro lado, la ampliación de la cobertura estatal de servicios ligados a labores de reproducción de la vida (tales como la educación, la salud y la protección de la vejez), implicaron una disminución de la carga de labores feminizadas en el ámbito privado, liberando tiempo de las mujeres que les permitían el desarrollo de otras actividades ya sea laborales, organizacionales o recreativas.

En este contexto, las mujeres fueron reclutadas para cargos estatales preferentemente de carácter asistencial, oficios asociados a habilidades como organización, limpieza y cuidado de personas, tradicionalmente atribuidas a una presumida naturaleza femenina – doméstica y maternal -. Así, profesoras normalistas, matronas, enfermeras y asistentes sociales encarnaron en ese período el ingreso decidido de las mujeres a la fuerza laboral profesional, representando a la vez el emblemático asistencialismo del estado benefactor chileno (Zárate y Hutchinson, 2017).

La mayoría de las empleadas estatales eran profesionales de aquellas áreas feminizadas, incorporándose también de manera masiva las técnicas administrativas – mecanógrafas, taquígrafas y secretarias – que cumplían funciones asociadas a la motricidad fina y a la capacidad de administración de un hogar, funciones que, según los cánones de la época, eran propias de las mujeres (Queirolo, 2019). Pero también se empleó a trabajadoras que no cumplían con el estereotipo femenino, incorporándose al Estado un número no despreciable de contadoras, ingenieras y arquitectas.

En su libro sobre mujeres chilenas, Felícitas Klimpel ofrece un listado de esas arquitectas que trabajaban en instituciones públicas en la primera mitad del siglo XX (Klimpel, 1962). Al cotejar esta enumeración con los registros de titulación de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica (Strabucchi, 1994; Basáez, 1999), efectivamente se demuestra que gran parte de ellas se incorporó al espacio de las instituciones públicas. En este contexto, consideramos como ‘primera generación’ al grupo de arquitectas tituladas entre los años 1930, año en que Dora Riedel recibe su diploma, y 1949, año que antecede el comienzo de un período distinto. De hecho, a partir de 1950, las arquitectas tituladas empezaron a participar significativamente en ámbitos laborales diversos; es el caso de nombres que han pasado a la historia por sus notables carreras en oficinas particulares o en la academia como, por ejemplo, Raquel Eskenazi, Myriam Waisberg, Ana María Barrenechea, Ángela Schweitzer o Hilda Carmona, todas diplomadas a inicios de los cincuenta.

Entre 1930 y 1949 se titularon 46 arquitectas de las dos universidades que impartían la carrera en Chile, un número que no representa la cantidad efectiva de estudiantes, pues varias se inscribieron en los cursos, pero nunca egresaron3. De estas 46 arquitectas, contamos con información laboral de 31: 29 de ellas trabajaron en el servicio público en algún momento de sus carreras, particularmente en las direcciones técnicas, de arquitectura de obras del Ministerio de Obras Públicas, el Ministerio de Fomento, la Caja de Empleados Públicos y Periodistas, la Caja de Empleados Particulares, la Caja de Previsión de Ferrocarriles del Estado, la Corporación de Reconstrucción y Auxilio, la Corporación de la Vivienda (CORVI), y en dis-tintas municipalidades y oficinas provinciales (Klimpel, 1962; Hecht, 2000; Darmendrail, 2020) (Figura 1) (Figura 2).

Fig. 1 «La mujer en la arquitectura». Aparecen en la fotografía: Violeta del Campo, Ester Durán, Mariana Valverde, Aída Ramírez, María Rojas y Graciela Espinoza, funcionarias de la Municipalidad de Santiago.
© Revista Eva, no. 586 (1956)

Fig. 2 Arquitectas en las instituciones públicas, 1930-1949. Se indica en orden cronológico el año de obtención del título de arquitecto. Las siglas UCH y UC corresponden a Universidad de Chile y Universidad Católica, respectivamente.
© Gráfico de Renata Tobar

Varias de estas arquitectas combinaron labores funcionarias con trabajo en oficinas particulares, pero es interesante señalar que la mayoría de las veces este trabajo se dio en asociación con sus maridos. Por ejemplo, Inés Frey trabajó junto a su esposo arquitecto en Concepción construyendo varios edificios particulares; al separarse de él, a partir de la década de 1950, trabajó en la Oficina Técnica del Servicio Nacional de la Salud y posteriormente en la Caja de Empleados Particulares. Luz Sobrino colaboró con su esposo ingeniero, también en Concepción, aunque también trabajó largo tiempo en la Caja de Empleados Particulares de la misma ciudad. Berta Cifuentes, por su parte, se asoció con su marido arquitecto para el diseño de edificios de encargo privado en Chillán. Un caso similar fue el de Victoria Maier, quien trabajó a partir de 1943 en el Departamento Cooperativo de Obras de Salubridad para luego dedicarse a proyectos particulares junto a su marido arquitecto. Sin embargo, en 1954 comenzó a trabajar en la Corporación de la Vivienda y entre 1960 y 1980 fue inspectora técnica en el Departamento de Vivienda, Urbanismo, Obras Públicas y Transporte de la Contraloría General de la República (Hecht, 2000; Darmendrail, 2020).

La incorporación a las instituciones públicas también con-cernió a los hombres, aunque el fenómeno se distingue del femenino en tanto un porcentaje importante de los hombres de esa generación se dedicó parcial o exclusivamente a la esfera emprendedora de la arquitectura, ejerciendo la función liberal. Y a diferencia de las arquitectas, ellos se titularon por centenas en esas dos décadas (Figura 3) (Figura 4). Al cruzar la información de egresados de las universidades de Chile y Católica (Strabucchi, 1994; Basáez, 1999) con el Diccionario Biográfico de Chile (Figueroa, 1953-1955), podemos señalar que entre los años 1930 y 1949, de los 588 titulados de arquitectura 542 fueron hombres, entre los cuales sabemos que una proporción relativa bastante menor que la de mujeres, 119, trabajaron en el servicio público en algún momento de sus carreras.

Fig. 3 Esquema comparativo de egresos de hombres y mujeres, Universidad de Chile y Universidad Católica, 1930-1949.
© Gráfico de Renata Tobar

Fig. 4 Esquema comparativo de egresos de hombres y mujeres, Universidad de Chile y Universidad Católica, 1930-1949. 
© Gráfico de Renata Tobar

Testimonios de contradicciones

Los arquitectos de la primera mitad del siglo XX, tanto en Chile como en otras regiones, alimentaron una narrativa que los representaba como profesionales creativos. Con esta identidad buscaron diferenciarse de la mentalidad práctica y científica de los ingenieros, con quienes compartieron el mercado laboral y la facultad universitaria durante el siglo XIX y de quienes querían autonomizarse desde el cambio de siglo (Peliowski, 2020). La identidad creativa, además, se asociaba con el ejercicio libre de la profesión, en oposición al trabajo más técnico y administrativo que ofrecía la función pública. Esta mentalidad se refleja en un artículo del Boletín del Colegio de Arquitectos de Chile que registraba las discusiones gremiales, abordando la figura del ‘arquitecto funcionario’ e identificándola con el profesional que «fracasa en la profesión libre o no se atreve a emprenderla, y busca como salvación un empleo», pues «la inmensa mayoría de los arquitectos está en la profesión libre donde cree que puede realmente crear, donde puede entregar a la sociedad lo mejor de sí mismo, donde puede realizar su vocación, donde puede realizarse» (Boletín del Colegio de Arquitectos, 1957:20-21). En este contexto, ¿cómo percibían las arquitectas su trabajo en relación a aquella vocación disciplinar? Algunos testimonios de integrantes de esta primera generación de mujeres delinean una relación conflictiva con su identidad profesional, tensionadas por la dificultad de satisfacer el imaginario laboral que, como veremos, no era sólo artístico, sino también masculino.

Por ejemplo, en una entrevista en la Revista Universitaria de la Universidad Católica en 1987, la arquitecta Aída Ramírez se refirió a sus años de estudio sugiriendo que sospechaban de las habilidades creativas de las estudiantes:

Habían extremos en que nos creían menos capacitadas que los varones (…) Costó que nos tuvieran confianza algunos profesores. Tengo el recuerdo de varias oportunidades en que llegué con algún dibujo o proyecto y que me preguntaban quién me lo había hecho (Revista Universitaria, 1987:74).

Otras dos de las arquitectas de la misma generación que se emplearon en la Dirección de Obras de la Municipalidad de Santiago produjeron paralelamente – como aficionadas – algunas obras de literatura en las que representan la misma figura de la arquitecta que enfrenta obstáculos. En la novela El monstruo que crece caminando, de Graciela Espinoza (de pseudónimo ‘Eponina’), la protagonista es una joven arquitecta de clase alta que sacrifica su trabajo en una oficina privada que dirige con su hermano para dedicarse a cuidar a su hijastra. Ésta es hija de un matrimonio anterior de su marido quien, además, le prohíbe trabajar. Justificando este sacrificio, Sylvia, la protagonista, expresa su orgullo al decidir dedicarse a la crianza, comparando a la niña pequeña con un edificio: «Tenía la satisfacción que ahí estaba mi granito de arena amasado con algunas lágrimas, que le daban más consistencia y valor a ese nuevo edificio», pues «construir es el lema de mi vida» (Eponina, 1979:7). La novela transcurre entre dramas y sufrimientos, exponiendo las emociones conflictuadas de una mujer tensionada entre su pasión profesional y amor por el arte, y la vocación maternal que siente con su hijastra.

Por otro lado, en los poemas de Violeta del Campo – incluido «Familia Municipal» que introduce este artículo – se pueden identificar tanto signos de hastío con la rutina como también de resignación y resentimiento por la falta de reconocimiento de su sacrificio laboral y aportes a la oficina, además de un desprecio de sus pares por el hecho de ser mujer. En «Secretaria Gladys» se queja de que esta «(…) me protesta a mí / por pasarle a ella / algo que escribir / pero sí, declara /que al Sr. Traverso / no le importa / hacerle cincuenta o más / Es que él es hombre? / Es por ser buenmozo?» (Del Campo, 1991a:21), señalando las diferencias de trato que recibe ella y su colega hombre. En «Fin vida municipal», por otra parte, lamenta que su trabajo: «No fue reconocido / me tiraron abajo / me robaron 2 grados / y una jefatura» (Del Campo, 1992:70). Este conflicto reaparece varias veces en otros versos, indicando emociones contrariadas respecto a su jerarquía en la oficina. En «El recuerdo», por último, la arquitecta pareciera rechazar su identificación con la esfera de lo sensible – es decir, satisfaciendo el tradicional tropo femenino de la emocionalidad – al advertir que «yo no vine a buscar amor / vine a buscar trabajo / dije y me retiré / tristemente» luego de que un colega le dijera «‘Jubile’, a Ud. / no la quiere nadie»(Del Campo, 1991b:18).

Estos relatos resuenan de cierta forma con las estrategias de resistencia identificadas por Bridget Fowler y Fiona Wilson, desplegadas por arquitectas que, en una cultura profesional marcadamente patriarcal, deben resignarse a la desconfianza, a quedarse en los escalafones bajos de la jerarquía laboral o deben usurpar comportamientos masculinos con el fin de sobrevivir en la oficina. Señalan así una desigualdad aparente entre las vivencias masculinas y femeninas del campo laboral arquitectónico.

Identidad asistencial y agencia política

Las fuentes de este período tienden a dibujar un panorama profesional en que dos áreas del trabajo arquitectónico – la de competencia del artista-emprendedor y la del funcionario público – parecieran haber correspondido a una distribución diferenciada, o sexuada, de los roles profesionales. Esta distinción comprueba la tesis de la socióloga Anne Witz (1992), según la cual el mercado profesional moderno ha tenido una estructura binomial que separa ocupaciones feminiza-das por la condición maternal, cuidadora y administrativa de aquellas atribuidas al mundo masculino, asociadas a la fuerza física, al liderazgo y al intelecto. En el campo de la arquitectura se trata de la tradicional escisión «entre los genios y los administradores» (Fowler y Wilson, 2004).

Para Felícitas Klimpel, a inicios de los sesenta, el aporte principal que podían ofrecer las mujeres al progreso de la sociedad chilena era asumir aquellas tareas donde el hombre «desperdicia su virilidad». Si bien celebraba que las mujeres entraran masivamente a la fuerza laboral, pensaba a la vez que debían limitarse a reemplazar al hombre en esos «trabajos oficinescos, sedentarios, fáciles en exceso para quien no tiene, como él, las preocupaciones de la maternidad, de la crianza de los hijos y del cuidado del hogar» (Klimpel, 1962:220). Sin embargo, el fenómeno funcionario de las arquitectas no necesariamente tiene que interpretarse como efecto de una resignación a trabajos menores, sino que también puede leerse como un lugar de agencia femenina, donde se daba la posibilidad de construir una identidad asociada a la acción social y la incidencia política.

La asociación con lo político es en efecto una de las características de la nueva generación de mujeres profesionales de las clases medias. Como señalan las historiadoras Zárate y Hutchinson (2017:280), la situación femenina en el Chile desarrollista se caracteriza por la «autorrepresentación de las mujeres como parte activa de los grupos medios, protagonistas del proyecto moderno, del progreso y del reformismo que se instalaba en la primera mitad del siglo XX chileno». En este sentido, es de interés reconocer entre las arquitectas chilenas de la primera generación algunos casos de militancia política y de participación, incluso, de los movimientos feministas de la época. Se destaca la trayectoria de Inés Frey, que se involucró en el activismo de izquierda, asociándose al Partido Comunista y asistiendo, en particular, al Congreso de Mujeres de la República Popular China en Beijing como parte de la delegación chilena junto a la feminista Elena Caffarena a fines de la década de 1960 (Poblete, 1993). Por su parte, Inés Floto formó parte de los círculos feministas de finales de la década de 1930, exponiendo sobre el mejoramiento de las condiciones de vida de las familias obreras mediante viviendas estatales durante el Primer Congreso Nacional del MEMCH en 1937. Además, formó parte del Comité Femenino que apoyó la candidatura presidencial del representante del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda (Olivares, 2020). Otro caso es el de Victoria Maier, que participó en la resistencia comunista contra el régimen nazi durante la década de 1940 en Austria, fue capturada por la Gestapo, logró ser extraditada a Chile en 1942 y a su regreso se vinculó al Partido Comunista (Hochhäusl, 2020). Ellas, y otras más, también estuvieron asociadas a movimientos de resistencia y denuncia de las violaciones a los derechos humanos varios años más tarde, durante la dictadura de Augusto Pinochet.

Así, las instituciones públicas parecieran ser un espacio dicotómico, funcionando como lugar de determinación a la vez que de agencia política femenina; como lugar de regresión a la vez que de progresión profesional. En él, las arquitectas se encontraron tanto con la asignación de un rol laboral generizado como con la posibilidad de participar activamente de la gestión de un ‘Estado cuidador’, en que ellas constituían un porcentaje importante de la fuerza laboral. En este sentido, existen dos líneas teóricas que han conceptualizado los cuidados como eje del pensamiento feminista en las últimas décadas y que iluminan este fenómeno dual de las arquitectas. Por un lado, el enfoque materialista observa la división sexual del trabajo, que establece que el rol de cuidar y el desarrollo emocional son una construcción social asignada a las mujeres, condicionándolas desde la infancia para labores menos valoradas económica y socialmente (Federici, 2013). Por otro, la ética de los cuidados asume la existencia de una cualidad femenina – aunque no exclusiva de las mujeres – asociada a la capacidad de cuidar de otro, proponiendo que el desafío es superar su subvaloración y estereotipación en la sociedad (Gilligan, 1982). Mirada desde ambas perspectivas, las trayectorias de las arquitectas funcionarias chilenas aporta tanto a visibilizar su trabajo y la sexualización de sus roles profesionales como a validar – en la historia y en el presente – un ethos laboral arquitectónico distinto al del ejercicio de ‘artista’, en el que se conciben los trabajos técnicos, administrativos, burocráticos y rutinarios como engranajes fundamenta-les de una arquitectura pública y cuidadora.4

1 «Habitus» refiere a la serie de hábitos, disposiciones y habilidades compartidas por personas de un mismo entorno en términos sociales, laborales, religiosos, étnicos, culturales o de otra índole. Estos hábitos son integrados por imitación de los pares y comprenden la forma de socialización de los individuos en un grupo y de expresión grupal de una cultura colectiva.

2 El término ‘roarkiano’, tomado de las autoras Dana Cuff y Mary N. Woods, hace referencia al protagonista arquitecto de la novela El manantial de Ayn Rand (1943), llamado Howard Roark. Él representa el arquetipo del artista que debe luchar para no comprometer su visión individual en un mundo lleno de convenciones y mediocridades. Encarna, a su vez, el ideario libertario e individualista de su autora.

3 La investigación «Entre líneas. Una relectura del discurso moderno a través de las mujeres de la Escuela de Arquitectura UC» (Fondo Semilla UC 2020) identificó que de 252 matriculadas en la carrera de arquitectura en la Universidad Católica entre 1930 y 1979 se titularon 126. Disponible en: <https://entrelineasarquc.cargo.site/inicio>, consultado el 17 de junio de 2021.

4 Este artículo forma parte de los productos derivados de la investigación Fondecyt de Iniciación no. 11190292 (ANID), titulado «De la casa al taller: feminidades y masculinidades en la profesión arquitectónica durante el siglo XX en Chile» (2019-2022), cuya investigadora responsable es Amarí Peliowski. Agradecemos los aportes de Renata Tobar, de Alicia Olivari y de los evaluadores ciegos que contribuyeron a mejorar este artículo.

«El arquitecto funcionario». Boletín del Colegio de Arquitectos de Chile no. 34 (1957): 18-24.

«La mujer en la arquitectura». Revista Eva, 589 (1956): 30.

«Las primeras alumnas de la Universidad Católica». Revista Universitaria, 20 (1987): 72-75.

AGUDO, Yolanda; SÁNCHEZ, Inés. «Construyendo un lugar en la profesión: trayectorias de las arquitectas españolas». Feminismo/s, 17 (2011): 155-181.

BASÁEZ, Patricio (ed.). Ciento cincuenta años de enseñanza de la arquitectura en la Universidad de Chile, 1849-1999. Santiago: Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, 1999. Disponible en: <https://libros.uchile.cl/1032>.

DALDI, Natalia. «Arquitectas. Estrategias y obstáculos de inserción de las primeras mujeres al campo de la Arquitectura argentina (primera mitad del siglo XX)». Hábitat y Sociedad, no. 11 (2018): 15-29.

DEL CAMPO, Violeta. El cometa llega a Inspección. Santiago: s/n, 1990.

DEL CAMPO, Violeta. Así corre la vida. Santiago: s/n, 1991a.

DEL CAMPO, Violeta. Recuerdos de años pasados. Santiago: s/n, 1991b.

DEL CAMPO, Violeta. Despedida. Santiago: s/n, 1992.

ELIASH, Humberto; MORENO, Manuel. Arquitectura y modernidad en Chile, 1925-1965: una realidad múltiple. Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 1989.

EPONINA. El monstruo que crece caminando. Santiago: s/n, 1979.

FEDERICI, Silvia. Revolución punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y lucha feminista. Madrid: Traficantes de sueños, 2013.

FOWLER, Bridget; WILSON, Fiona. «Women Architects and Their Discontents». Sociology, vol. 38, no. 1 (2004): 101-119.

GILLIGAN, Carol. In a Different Voice. Cambridge: Harvard University Press, 1982.

HECHT, Romy. Posibles roles de las arquitectos. Taller de investigación, Escuela de Arquitectura, Universidad Católica de Chile, 2000.

HOCHHÄUSL, Sophie. «Historias espaciales de disidencia: imaginación, memoria y resistencia en Estambul, Viena y Santiago de Chile, 1938-1945». ARQ, 105 (2020): 40-61.

KLIMPEL, Felícitas. La mujer chilena (El aporte femenino al Progreso de Chile) 1910-1960. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1962.

MATESANZ, Ángela. «Arquitectas precarias. Situación laboral de las arquitectas según la III Encuesta del Sindicato de Arquitectos». En ÁLVAREZ, Nuria (ed.). Arquitectas: redefiniendo la profesión. Sevilla: Universidad de Sevilla, 2014, 25-39.

MOLINA, Patricia; LAQUIDÁIN, Begoña. Arquitectura y género. Situación y perspectiva de las mujeres arquitectas en el ejercicio profesional. Madrid: Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España, 2009.

OLIVARES, Valeria. La forja de una ciudadanía femenil: el «Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile» de 1935 a 1940. Tesis doctoral, Universidad de Guanajuato, México, 2020.

PAVEZ, Javiera, et al. Creadoras. Mujeres arquitectas del Biobío (1950-2000). Concepción: Dos Tercios, 2019.

PELIOWSKI, Amarí. «La profesionalización de los arquitectos en el siglo XIX en Chile: estrategias de legitimación social para una identidad gremial». Historia 396, vol. 10, no. 1 (2020): 221-262.

PELIOWSKI, Amarí; VERDEJO, Nicolás; MONTALBÁN, Magdalena. «El género en la historiografía de la arquitectura. Presencia de las arquitectas en la historia chilena reciente». De Arquitectura, vol. 24, no. 37 (2019): 58-65.

POBLETE, Olga. Una mujer: Elena Caffarena. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 1993.

QUEIROLO, Graciela. «Mujeres y varones entran a las oficinas: trabajo, género y clase en el sector burocrático (Santiago de Chile, 1920-1960)». Historia 396, vol. 9, no. 1 (2019): 291-314.

SHEPARD, Mary; KOSMALA, Katarzyna. «Identification through Disidentification: A life Course Perspective on Professional Belonging». Architectural Theory Review, vol. 17, no. 2/3 (2012): 216-233.

STRABUCCHI, Wren (ed.). Cien años de arquitectura en la Universidad Católica: 1894-1994. Santiago: EdicionesARQ , 1994.

WITZ, Anne. Professions and Patriarchy. Londres: Routledge, 1992.

WRIGHT, Gwendolyn. «On the Fringe of the Profession: Women in American Architecture». En KOSTOF, Spiro (ed.). The Architect. Chapters in the History of the Profession. Oxford: Oxford University Press, 1977.

ZÁRATE, Soledad; HUTCHINSON, Elizabeth. «Clases medias en Chile: Estado, género y prácticas políticas, 1920-1970». En JAKSIC, Iván (ed.). Historia política de Chile, 1810-2010. Tomo II, «Prácticas políticas». Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2017.

AMARÍ PELIOWSKI

<apeliowski@uchile.cl>
Arquitecta, Universidad Católica de Valparaíso, 2005. Magíster (2008) y doctora en Historia del Arte, École des Hautes Études en Sciences Sociales, 2015. Fue co-curadora de la exposición “Casa Chilena. Imágenes domésticas” (Centro Cultural La Moneda, 2020) y coeditó el libro Una geografía imaginada. Diez ensayos sobre arte y naturaleza, (Metales Pesados, 2014). Es académica del Instituto de Historia y Patrimonio de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.

Thiare León

<thiare.leon.alvarez@gmail.com>
Historiadora del arte, Universidad de Chile, 2017. Se desempeña como investigadora independiente en diferentes áreas de estudio relacionadas con el arte chileno, el patrimonio cultural y la historia del arte. Es coautora del libro Patrimonio del olvido (Editorial Universitaria, 2019).

Valentina Saavedra

<valesaavedra@uchile.cl>
Arquitecta, Universidad de Chile, 2017. Magíster en Urbanismo, Universidad de Chile, 2018. Editó el libro Habitar digno y nueva constitución (LOM, 2021) y es cocreadora de la Escuela Abierta Mujeres y Ciudad. Es académica del Instituto de la Vivienda de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.