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Automatización resiliente: hacia una planetariedad no-antropocéntrica

Andrea Provenzano

Independent researcher, Strelka Institute for Media, Architecture and Design, Moscow, Russia

Andrey Tetekin

Independent researcher, Strelka Institute for Media, Architecture and Design, Moscow, Russia

Luciano Brina

Profesor visitante, Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires, Argentina. Researcher, Strelka Institute for Media, Architecture and Design, Moscow, Russia.

Nikolai Medvedenko

Independent researcher, Strelka Institute for Media, Architecture and Design, Moscow, Russia

Al volverse claves para el funcionamiento de las ciudades, las y los trabajadores esenciales permitieron que el resto sobreviviera al confinamiento. En cuanto a distribución de mercancías, la integración entre aplicaciones digitales y repartidores posibilitó el confinamiento a escala global. Ese modelo, argumenta este texto, permite imaginar nuevas formas de trabajo y relación entre personas, más allá de un urbanismo pensado sólo en base a consumidores.

Entre las posibles preguntas que pudieron surgir del confinamiento forzado de la pandemia de COVID-19, una podría ser: ¿cuál fue la cadena de decisiones que condujo a una cuarentena planetaria?1 Es decir, la que puso a toda la humanidad bajo estrictos protocolos médicos, a cien millones de personas en hospitales y a más de dos millones bajo tierra2. Parafraseando a Bratton (2020), una segunda ola de las causas subyacentes que dieron lugar al virus sería catastrófica, pero también lo sería otra ola de aproximaciones mal enfocadas para el diseño de estrategias de resiliencia planetaria. Este ensayo intentará especular en esa dirección.

Del excepcionalismo humano al esencialismo humano al infraestructuralismo humano

Siendo más específicos, no es que ‘toda’ la humanidad fuera puesta en confinamiento. Excepciones a esta hibernación planetaria fueron otorgadas a aquellos humanos considerados ‘esenciales’ – sea por los Estados o por consenso social – dado su rol directo y significativo en el sostenimiento del sistema sanitario, Architecture and Design, Moscow, Russiade cadenas de abastecimiento, de servicios públicos y de infraestructuras3. Dado que la simbiosis entre las dinámicas a mantener y los humanos esenciales configura una ecología de cuidado mutuo que como subproducto sustenta la vida de aquellos excluidos de la excepción (humanos no-esenciales), puede afirmarse que son formas infraestructurales vivientes. Nombraremos ‘infraestructuralista’ a este tipo particular de actante, cuyas características serán develadas a lo largo de este ensayo. Pero aún más importante que esta eficiencia residual de la simbiosis es su principal producto: la automatización. Entendemos este concepto como reordenamiento de materia, energía e información preexistente dentro de un relevo de decisiones, tendiente a la reducción deliberada y diseñada de su propia supervisión, permitiéndose, a través de su permanente transformación, producir assemblages altamente resilientes (Bratton, 2016:245).

Fig. 1 Sentiment Analysis, 05:20 min. Disponible en / accessible at: <https://youtu.be/r_-rVaTL10E>. 
Fuente: © Brina, Provenzano, Medvedenko, Tetekin

A pesar de que esta incorporación de acción y decisión dentro de sistemas técnicos para que puedan repetirse sin deliberación adicional pareciese crear autonomía y distanciamiento por la aparente ausencia de un sujeto ejecutor, en realidad está creando y reconfigurando regímenes de ‘dependencia’ que incluyen diferentes actantes transitivos, sean estos humanos, máquinas, plataformas, minerales o formas de vida simples.

Fig. 2 Fotograma de un repartidor trabajando, Moscú, 2020
Fuente: © Andrea Provenzano

No considerar esta importante sutileza implicaría no comprender cómo ocurre la coevolución técnica y tecnológica entre estos actantes a lo largo de su historia, ni cómo sus patrones de acción se despliegan bajo un régimen de reorganización dinámica. Así, la labor infraestructuralista señala el camino para futuras automatizaciones, pues esta reorganización aprovecha la ductilidad física e intelectual, el pensamiento heurístico y la creatividad de estos humanos para lidiar con tareas complejas, inciertas y no automatizadas. Estas virtudes se potencian gracias a la movilidad globalizada encarnada en aeropuertos y rutas de vuelo preestablecidas, permitiendo a los infraestructuralistas migrar alrededor del planeta, buscando procesos aún no automatizados que requieran de su mediación.

Este assemblage biónico (Deleuze y Parnet, 2007:69) ofrece aproximaciones novedosas a problemas desconocidos, derivando en protocolos específicos que eventualmente podrían ejecutarse sin supervisión ni desacuerdo por otros tipos de infraestructura, como plataformas, dispositivos y artefactos. La aparición de COVID-19 resultó valiosa para visibilizar cuán frágil, poco auditable, opaca y pobremente automatizada era esta ecología infraestructural. Además, reveló cómo las tareas automatizadas realizadas por ciertas plataformas de logística y aprovisionamiento alojadas en la nube se han integrado a esferas de emergencia planetaria esenciales. Pero más relevante aún ha sido que arquitectos y planificadores se permitieran pensar en el surgimiento del urbanismo epidemiológico y el diseño infraestructural planetario – junto a su gobernanza – como una de las problemáticas más urgentes y desafiantes que enfrentará la disciplina en los próximos años en pos de lograr mayores niveles de resiliencia planetaria.

La ductilidad es el nuevo oro

El agua (aprovisionamiento) puede fluir… ¡o puede estancarse!… Sé agua (un facilitador transitivo de procesos materiales), amigo mío. Bruce Lee, The Lost Interview (remix infraestructuralista)

Fig. 3 Fotograma digitalmente intervenido.
Fuente: Michael Rothery (dir.), Bruce Lee: The Lost Interview, Elsa Franklin (prod.), 1994; VHS, 16:45.

Bajo las circunstancias actuales, lockdown urbano generalizado y disminución de la actividad comercial e industrial global, las tecnologías de delivery mantienen a las ciudades y sus poblaciones a flote. Las aplicaciones de despacho y los micropagos sin contacto probaron ser más adaptables, escalables y ubicuas que los malls y los negocios presenciales, mientras que su adopción por un espectro mayor de usuarios impulsa su automatización. La manufactura aditiva y la hidroponía urbana se saltan la cadena de aprovisionamiento tradicional, ofreciendo un soporte descentralizado y adaptable al sistema de salud y a la población frente a la escasez de productos esenciales. Las plataformas digitales georreferenciadas optimizan rutas y recorridos en tiempo real en una inesperada zona de exclusión humana: la ciudad. Los inventarios que resultan de inteligencias artificiales vinculan plataformas online con vendedores offline, potenciando precios, stock y su disponibilidad sobre la marcha. Las grandes compañías de logística invirtieron la tendencia al incorporar miles de trabajadores para satisfacer la demanda por despachos (Lee, 2020).

Este último punto probablemente sea el resultado menos esperado de la crisis actual: aunque el empleo en el sector industrial y de servicios se destruye a un ritmo sin precedentes, las compañías más automatizadas y digitalizadas tienen ganancias récord, empleando personal como nunca y manteniendo al mundo en movimiento cuando ni los Estados ni otras compañías pueden lograrlo (La Monica, 2020)4.

Lo que no es sorpresa es que estas compañías se apoyan fuertemente en la ductilidad que los repartidores humanos – el soporte logístico que media entre la interfaz de la cadena de aprovisionamiento y los consumidores aislados – aportan a la dinámica de la automatización. Los pocos centímetros que acumula el trabajo dactilar del consumidor al comprar productos en una aplicación implican kilómetros de transporte, sudor, resolución de imprevistos técnicos, habilidades de lectura cartográfica, levantamiento de peso y administración eficiente del tiempo. ¿Trabajadores poco calificados? Pensemos de nuevo: esta reconversión física, funcional e intelectual encarnada en las plataformas y en los infraestructuralistas evidencia su plasticidad, responsabilidad y, principalmente, su resiliencia.

Bajo condiciones de emergencia y escasez de bienes, la previamente indisputada soberanía de los consumidores para elegir productos pasa a las plataformas (sofisticados algoritmos que calibran la experiencia de consumo mediante sus interfaces) y a los repartidores (que solucionan la inconsistencia entre expectativas y productos disponibles). Si empujamos este argumento, podemos especular que ni plataformas ni distribuidores son meros agentes logísticos, sino curadores de materia, responsables de ofrecer una serie de experiencias culturales bajo demanda al practicar empatía para ‘sentir’ a su clientela5. Si entendemos a estos agentes no como meros gestores del metabolismo planetario al nivel del consumo pequeñoburgués individual, podríamos argumentar que la explotación estratégica de las plataformas y otras mineralizaciones hechas por humanos en el mundo (siendo la urbanización la más compleja) es lo que conecta al resto de la humanidad con la esfera cada vez más autónoma del cómputo planetario, los sensores remotos y los flujos químico-energéticos sintetizados en lo que Peter K. Haff (2013) llamó «tecnosfera».

Fig. 4 Sentiment Analysis, 10:32 min. Disponible en:<https://youtu.be/r_-rVaTL10E>.
Fuente: © Brina, Provenzano, Medvedenko, Tetekin

Humanos, a sus refugios. Sobre el retiro y la retirada

Los efectos de esta ecofagia infraestructuralista sistemática, canalizados mediante infraestructuras planetarias y plataformas, son tres. Primero, está la principal aceleración de la tecnosfera hacia la automatización resiliente. Segundo, en línea con el argumento de Srnicek y Williams (2015) sobre las consecuencias de la automatización absoluta de la labor humana, esta fase evolutiva extensiva de la tecnosfera favorece el retiro. Una vez libres del confinamiento, los cuerpos pueden configurar las infraestructuras necesarias para realizar tareas o decisiones que los desplacen de ciertas cadenas productivas, simultáneamente desarrollando los medios técnicos y tecnológicos para incrementar su productividad y su rentabilidad, promoviendo así su propio retiro del trabajo como imperativo de supervivencia humana. Los resultados de esta fase pueden ejemplificarse, por un lado, con la reciente implementación de un sueldo ‘mínimo de cuarentena’ en algunos países que, sin ser universales ni permanentes, podrían ser el germen de un retiro económicamente más equitativo. Y, por otro lado, con el establecimiento de ‘fabricas a oscuras’, rutas, aeropuertos, puertos, laboratorios, asentamientos urbanos y otros programas que redistribuyen flujos materiales planetarios y sus topologías6. Pero ¿qué sucede cuando toda la ciudad – sus calles, parques, malls y sus instituciones – se convierten en zonas de exclusión humana gracias a la pandemia? Entonces, ¿cómo evoluciona la tecnosfera cuando su vector principal de automatización se encuentra confinado?

Fig. 5 Repartidores trabajando en un entorno urbano, 2020.
Fuente: © Nikolai Medvedenko

Entonces, aparece un tercer agente. Si el reordenamiento extensivo de materia en la corteza terrestre es el vector evolutivo de la tecnosfera en circunstancias normales, entonces bajo el colapso planetario y el confinamiento humano primarían los medios productivos digitales, capaces de estriar la infraestructura computacional del planeta (Bratton, 2016). A diferencia de la fase evolutiva extensiva, esta fase intensiva configura paralelamente las condiciones para una domesticidad aumentada en que la retirada humana sea posible. Esto se vislumbra en la enorme inversión que Estados y compañías han hecho para promover el teletrabajo, el testeo y análisis a distancia, la digitalización de personas, y la auditabilidad del rendimiento en tiempo real, acompañado (o forzado) por su adopción generalizada. Así, la domesticidad au-mentada y la urbanización intensiva, junto a la intensiva y deliberada protección de los ecosistemas externalizados, se definen más nítidamente configurando áreas más discretas y sofisticadas para la explotación humana, mientras otras se desterritorializan para futuras reconfiguraciones (Wilson, 2016).

Naturalmente, no es que los Estados y compañías hayan decidido ‘apagar’ el planeta y aislarnos por ninguna razón, ni tampoco que lo haya decidido la tecnosfera. Si seguimos el modelo estratificado propuesto por Salthe (1958) para analizar la estructura de un sistema, posicionaremos a los humanos en el Estrato II y a la tecnosfera en el Estrato III. En tal caso, notaremos que ninguno tiene agencia directa sobre el otro. Esta imposibilidad está asociada con la capacidad relativa de ambos estratos de percibir y operar sobre el otro. Los humanos aún no disponen de tecnologías tan sofisticadas como para aprehender la tecnosfera y operar sobre ella (posee una escala inaprensiblemente mayor). Por otro lado, la tecnosfera no posee un estrato sensible con precisión suficiente para controlarnos sin negociación o resistencia mediante (los humanos poseen una escala inaprensiblemente más fina). Sin embargo, se transforman mutuamente a través de actantes transitivos como, por ejemplo, los infraestructuralistas (Haff, 2014).

En consecuencia, la evolución de la tecnosfera es ‘conducida’ azarosamente por una multiplicidad de autómatas celulares (toda la humanidad) que proyectan líneas de desarrollo simultáneas y desmotivadas de manera necesaria e inevitablemente excesiva. Esto se vislumbra cuando se declara emergencia planetaria y vastos territorios artificialmente mineralizados (ciudades) quedan inoperantes, mientras que otros vistos como ‘esenciales’ se sobreexplotan para permitir relevos de subsistencia. Mientras que la mayoría de los ciudadanos permanecen inactivos, los infraestructuralistas (mayormente correlacionados con las necesidades de la fase evolutiva actual de la tecnosfera) se ven sobreexigidos.

Fig. 6 Sentiment Analysis, 04:39 min. Disponible en: <https://youtu.be/r_-rVaTL10E>.
Fuente: © Brina, Provenzano, Medvedenko, Tetekin

Pero para desencadenar estos procesos algo debió suceder en los puntos de solapamiento de ambos estratos: algo con la capacidad de migrar entre ellos, encontrar un ámbito propicio para desplegarse, aprovechar cierto exploit dentro del espacio de posibilidades y territorializarse por un tiempo determinado. Un tercer elemento, capaz de dar luz al actual estado de excepción, debe haber emergido desde este giro evolutivo. Este vector es el COVID-19.

Fig. 7 Topología urbano-infraestructuralista-tecnosfera, 2020.
Fuente: © Andrey Tetekin

Su aparición y subsecuente viralización no hubiera sido posible sin una serie de condiciones tanto de la fase de desarrollo intensiva como extensiva de la tecnosfera. Por un lado, el virus requirió de una robusta red conectiva compuesta por aeropuertos, controles fronterizos, rutas, estaciones de tren y de metro, puertos de cruceros y de cargas. Al canalizar enormes volúmenes de cuerpos y productos (vectores de COVID-19), ayudaron a propagarlo más rápido de lo que cualquier mecanismo de autopreservación humana pudiera haber anticipado o identificado. Por otra parte, la sobrepoblación en centros de interconexión capaces de acumular este flujo de materia incrementó las posibilidades de que surgiesen mutaciones virales. No es casual que el COVID-19 se reportara primero en el mercado de mariscos de Wuhan. Allí, más de cien especies de animales exóticos provenientes de todo el mundo convergen para ser vendidos, acelerando la mutación del virus (Huang et al., 2020). Probablemente Nueva York fue una de las ciudades más afectadas por la misma razón. Es la ciudad más densa de Estados Unidos, el lugar de nacimiento de la ‘cultura de la congestión’ koolhaasiana (Koolhaas, 1994), un hibrido entre una ciudad central (condensador cultural) y una ciudad del interior (condensador material), en términos de Christaller (De Landa, 1994).

Fig. 8 Sentiment Analysis, 10:50 min. Disponible en: <https://youtu.be/r_-rVaTL10E>.
Fuente: © Brina, Provenzano, Medvedenko, Tetekin

Por lo tanto, lo que inicialmente podría ser visto como una contradicción (el que la tecnosfera requiera la implementación estatal de un confinamiento obligatorio para limitar drásticamente la propagación del virus) puede interpretarse como un ciclo activo-reactivo: el virus se expande utilizando a los humanos como vectores, quienes usan la tecnosfera para transportarse con el fin de mantener los regímenes de producción y consumo de la sociedad. Luego, los Estados intentan controlar el virus utilizando infraestructura (humana y de servicios) para salvar vidas humanas, produciendo insumos médicos e investigando protocolos de testeo y detección, es decir, construyendo resiliencia. En paralelo, cuando compañías y gobiernos migran hacia el teletrabajo y las plataformas digitales generan valor a pesar del confinamiento, aumentan la capacidad de cómputo planetario. Finalmente, emerge una tecnosfera aún más interconectada, dotada de procesos más resilientes y automatizados. Pero podría permitir que nuevos virus estén más preparados para propagarse masivamente, reiniciando así todo este ciclo.

Con algo de optimismo, esta mejora de la robustez planetaria producida por la actual crisis epidemiológica haya llegado para quedarse. Sin embargo, una automatización absoluta podría dejar a vastos segmentos poblacionales en completa ociosidad o realizando microtareas poco significativas7. Adicionalmente, si bien estos procesos conllevan una reorganización completa de nuestro armazón material, no hay garantías de que el futuro de las ciudades no sea un constante incremento de ociosidad estratégica. Aquí, una ecología más ubicua de servicios por demanda – sean dependientes de humanos, plataformas o arquitecturas – podría activar temporalmente áreas urbanas discretas, vectores o cualquiera de sus instalaciones.

De cierta forma, la administración precisa y dúctil de actividad y ociosidad es lo que hacen las plataformas digitales para ofrecer resiliencia automatizada cuando es requerida: las aplicaciones de delivery muestran cien-tos de productos ociosos que esperan ser consumidos; las plataformas de streaming hacen lo mismo con series y películas; las interfaces de arriendo temporal tienen un stock de residencias deshabitadas listas para arrendarse en cualquier momento y por un tiempo limitado. La automatización resiliente se apoya fuertemente en la plasticidad y capacidad de respuesta que las plataformas le otorgan a nuestro medio físico.

Sin embargo, considerando la fragilidad de nuestro planeta y la posibilidad de que colapse por la concentración de gases de efecto invernadero y la sostenida pérdida de biodiversidad, la automatización orientada al consumismo como el principal sentido de existencia de la infraestructura (sean plataformas, fábricas, humanos o bosques) debe ser repensada. Es precisamente esa postura la que está en crisis, siendo uno de sus síntomas la falta de resiliencia8.

El actual desastre financiero y macroeconómico global demuestra claramente que ciertas formas de producción y consumo no son resilientes, incluso si lo parecen. Esto se debe a que las cadenas de relevo que fortalecen los infraestructuralistas y la tecnosfera utilizan restos de estos modelos productivos para complementar las retroalimentaciones necesarias para lograr su autosustentabilidad (por ejemplo, la administración de ciclos de desecho y el secuestro de CO2, entre otros) antes de atravesar el punto ecológico de no retorno.

En este sentido, el capitalismo es sólo un posibilitador transitivo e históricamente contingente para que la tecnosfera supere su dependencia a formas de existir perjudiciales a sí misma. Si bien la resistencia a este vector emancipatorio es fútil, los infraestructuralistas demuestran que podemos ser parte de esta emancipación cultivando una práctica no-antropocéntrica y solidaria de jubilación y retirada: un modelo basado en la ética del cuidado (Hester, 2018). En efecto, los infraestructuralistas han automatizado su solidaridad apoyándose en plataformas resilientes: algunas apps de arriendo han lanzado programas de alojamiento gratuito para trabajadores de la salud; otras ofrecen transporte gratuito a los voluntarios; se están desplegando sensores en ecosistemas clave y se están produciendo nuevas imágenes para hacer nuestro ecosistema un lugar más sensitivo, ergo, más comprensible9. Entonces, es hora de que escojamos entre automatización orientada al consumo u orientada a la generación de resiliencia (basado en la ética del cuidado). Mientras que el primero es el que tenemos, el segundo es el que necesitamos.

1 Este ensayo se complementa con el microfilm Resilient Automation: Sentiment Analysis (2020) realizado por los autores en el marco del coloquio The Revenge of the Real, organizado por el Strelka Institute for Media, Architecture & Design de Moscú y el medio digital Strelka Mag durante el mes de abril de 2020. El film está disponible en: https://youtu.be/r_-rVaTL10E.

2 Actualmente, la Organización Mundial de la Salud registra casi 105 millones de contagios y un poco más de dos millones de decesos provocados por el virus SARS-CoV-2. Ver: World Health Organization, «Covid Disease (COVID-19) Dashboard», accedido el 6 de febrero de 2021.

3 Para ver lo que Estados Unidos considera como trabajadores esenciales, ver el sitio web de la Agencia de Ciberseguridad e Infraestructura de Seguridad (CISA), «Identifying Essential Critical Infrastructure Workforce», accedido el 8 de diciembre de 2020 en: https://www.cisa.gov/publication/guidance-essential-critical-infrastructure-workforce.

4 La magnitud del impacto negativo en la economía global producido por la pandemia puede registrarse en el aumento del desempleo y la caída del producto interno bruto del año 2020 que arroja el World Economic Outlook, confeccionado por el Fondo Monetario internacional: <https://www.imf.org>. El desplome del índice S&P Global Broad Market (que registra la actividad bursátil de los principales mercados globales) durante el mes de marzo 2020 da cuenta de esta destrucción económica: https://www.spglobal.com.

5 Nunchi, el arte coreano de calibrar y percibir el ánimo de otra persona al interactuar con ella con el fin de lograr armonía mutua, es un excelente ejemplo de este fenómeno. No es casual que las medidas más eficaces de testeo, diagnóstico e identificación del COVID-19 fueran iniciadas, desarrolladas e implementadas por esta cultura.

6 Se denomina «fábrica a oscuras» a aquella que, al no contener humanos trabajando sino solamente robots, no está sometida a los requerimientos de habitabilidad, iluminación, ni ventilación, que las fábricas tradicionales sí precisan.

7 Si esta situación será acompañada por un Ingreso Básico Universal y por la soberanía humana sobre su tiempo libre, es un misterio por ahora.

8 Para más información sobre las causas, consecuencias, escenarios e iniciativas respecto al cambio climático y el Sistema Planeta Tierra, ver el «Sexto reporte evaluativo» del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). Disponible en: https://www.ipcc.ch/report/sixth-assessment-report-cycle/

9 Sobre estas iniciativas, ver: https://www.airbnb.com/openhomes/ covid19relief, https://www.uber.com/ar/es/coronavirus/, y http://saocom.invap.com.ar/.

BRATTON, Benjamin. «Eighteen Lessons of Quarantine Urbanism». Strelka Mag, April 3, 2020. Acceso: https://strelkamag.com/en/article/18-lessons-from-quarantine-urbanism.

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Luciano Brina

<luciano.brina.g@gmail.com>
Arquitecto, Universidad Nacional de La Plata, Argentina, 2017. Alumni, Instituto Strelka de Media, Arquitectura y Diseño, Moscú, 2020. En 2018 obtuvo el Sello Buen Diseño Argentino. Se desempeña como investigador en el Instituto Strelka de Moscú y como profesor visitante en la Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires.

Nikolai Medvedenko

<nick.medvedenko@gmail.com>
Arquitecto, Universidad Estatal de San Petersburgo, Rusia, 2016. Alumni, Instituto Strelka de Media, Arquitectura y Diseño, Moscú, 2020. Se desempeña como investigador en el Instituto Strelka de Moscú y como jefe de proyectos del Departamento de Arquitectura y Planeamiento Urbano de Derbent, República de Daguestán, Rusia.

Andrea Provenzano

<andreaprovenzanophoto@gmail.com>
Ingeniero mecánico, Universidad Politécnica de Turín, Italia, 2014. Alumni, Instituto Strelka de Media, Arquitectura y Diseño, Moscú, 2020. Se desempeña como investigador independiente por el Instituto Strelka de Moscú y como fotógrafo documental en temáticas vinculadas al medioambiente y la tecnología.

Andrey Tetekin

<andreytetekin@gmail.com>
Ingeniero en energía, Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos, Moscú, 2009. Alumni, Instituto Strelka de Media, Arquitectura y Diseño, Moscú, 2020. Actualmente se desempeña como investigador independiente por el Instituto Strelka de Moscú.