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Chacras, alamedas y baldíos: formas rurales de verde en la modernización urbana de Santiago

Pía Montealegre

Profesora asistente, Instituto de Historia y Patrimonio,
Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de
Chile, Santiago, Chile

La relación entre ciudad y naturaleza – a saber, entre construcciones y vegetación – no siempre ha sido antagónica. El que los procesos de modernización llevaran a separar las funciones agrícolas de las urbanas es la mejor evidencia de que alguna vez ambas estuvieron entretejidas. Con Santiago como caso base, este artículo muestra cómo la vegetación formó parte integral de la modernización de la capital chilena, ampliando así las visiones que entendían este proceso como una mera imitación de modelos europeos.

El binomio campo/ciudad

Este artículo se funda sobre dos premisas. La primera es la constatación de que, durante el siglo XIX, los planes de modernización urbana se sirvieron ampliamente de diversas formas de verde, tesis holgadamente confirmada por los estudios sobre Haussmann de Françoise Choay (1975) y, en el panorama local, por la tesis de Adrián Gorelik (1998) sobre el espacio público de Buenos Aires. La segunda es la idea de que la modernización urbana de Latinoamérica, y específicamente la de Santiago de Chile, no fue un proceso a tabula rasa, sino que se sirvió de un acervo cultural y formal previo que habría tenido el imaginario agrícola como uno de sus principales referentes1. Se expondrá aquí el contraste entre un nuevo verde urbano y el verde tradicional campestre. La modernización enfrentó a dos esferas vegetales y sus respectivos imaginarios, lo bucólico y lo geórgico (Montealegre, 2013), surgiendo desde ahí una cultura híbrida del espacio público. Aunque aquí es presentada a partir del caso de Santiago de Chile, esta podría encontrar similitudes con otras ciudades colonizadas e interpelar, además, el sentido contemporáneo del verde urbano.

Fig. 1 Palacio y parque en Quinta Normal c. 1883.
© Biblioteca Nacional de Francia (BnF) <gallica.bnf.fr>.

Es común encontrar hipótesis sobre la modernización urbana de las ciudades latinoamericanas que recurren a un esquema en que Europa es el emisor de modelos y Latinoamérica un receptor pasivo. Es un hecho que durante el siglo XIX las colonias emancipadas querían actualizarse y la herramienta más efectiva para ello la ofrecía aquella modernización de catálogo producida por Francia en los trabajos haussmannianos. La empresa francesa ofreció un modelo urbano adquirible y replicable de forma casi instantánea mediante escaños, farolas y, especialmente, áreas verdes. Si una urbe quería ser moderna, bastaba aplicar los tratados de Alphand, los manuales de Ernouf y los catálogos de la fundición Val D’Osne para producir, con bastante economía, un efecto instantáneo de modernización en su espacio público. Es lo que se insinúa en la tesis de Choay (1975), que entiende los paseos parisinos como una forma estandarizada de extender la modernidad democráticamente en su sencillez y economía. Es lo que plantea Gorelik (1998), que ve en el parque una herramienta para producir y controlar la ciudad, la cultura y la sociedad en una Buenos Aires moderna. En esos aspectos resulta de incuestionable relevancia el conveniente matrimonio entre vegetación y urbanismo del estándar francés. Lo que se discute aquí es que ese modelo no se implantó a tabula rasa, sobre un vacío formal, sino que debió asentarse sobre un sustrato que también era verde y que tenía su propio imaginario: la cultura rural.

Fig. 2 Plano de Santiago de Agostino Aglio, 1824.
© Peter Schmidtmeyer. Travels into Chile, over the Andes, in the years 1820 and 1821. Londres: Longman, Hurst, Rees, Orme, Brown and Green, 1824.

En el binomio campo-ciudad existe una jerarquía de dominio y sumisión, de triunfo y renuncia; sin embargo, la implantación de los modelos urbanos no estuvo exenta de contaminación cruzada. La relación entre urbanismo y agricultura se trenzó y tensó en un bucle. Eje de esta imbricación fue la Quinta Normal, predio urbano que funcionó como hacienda modelo y jardín de aclimatación, destinado a la actualización de los conocimientos agrícolas. Allí se introdujeron todas las innovaciones necesarias para la producción de una arborización urbana moderna. Si bien la agricultura no generó los grandes capitales del siglo XIX en Chile, sí constituyó por mucho tiempo la forma en que se pensaba cultural y políticamente el territorio (Bengoa, 1988). Así, la ciudad se modernizó con un nuevo repertorio verde, pero las herramientas de ese repertorio provinieron del proceso de modernización del campo. Simbólicos de esta superposición y reemplazo de imaginarios son el palacio y el parque que se implantan en la Quinta Normal con motivo de la Exposición Internacional de 1875. En plena transformación de Santiago se introdujo el paseo urbano en la estación agronómica, señalándole con ello su camino a la obsolescencia como artefacto agrícola.

Hacia fines del siglo XIX la ciudad pasó, finalmente, de un rol de dependencia o intercambio al de dominación. La modernización de la agricultura permitió que el valle se irrigara y esos mismos terrenos conquistados para los cultivos fueron prontamente ocupados por las nuevas urbanizaciones. La ciudad abandonó la traza de su damero colonial y se extendió siguiendo la forma de los canales y las parcelaciones rurales. La arborización urbana se diferenció de sus orígenes agrícolas y, de paso, se empujó el campo de la ciudad, dejando al primero como sinónimo de retraso. Pero en el proceso, los imaginarios de las formas campestres quedaron arraigados en las prácticas y en la nostalgia, aun cuando sobre ellos se habían implementado formas de vegetación moderna. A continuación se revisará cómo los jardines ocuparon sitios que habían sido chacras o huertas en las casas urbanas; cómo los bulevares tuvieron que desterrar a las alamedas de tradición española y servicio rural; y cómo el parque hubo de disputar su funcionalidad con una periferia de baldíos campestres activamente incorporados a los hábitos de ocio.

Fig. 3 Detalle de las manzanas de Santiago en el plano de Amédée Frézier, c. 1714.
© John Carter Brown Library

Las chacras / los jardines

La «aldea republicana» – como ha denominado Vicente Pérez Rosales (1886) al Santiago poscolonial – era una ciudad que no tenía distancia con el campo, ni física ni cultural. Como muestran algunas cartografías, estaba rodeada de un mosaico de quintas acomodadas, chacras populares y terrenos abiertos. Planos como los publicados por Peter Schmidtmeyer (1824), José Javier de Guzmán (1834) y Claudio Gay (1854) dibujan una mancha urbana engastada en verde agrícola. Ese paisaje rural no sólo era un perímetro; la ciudad era definida y representada como un territorio en comunión con un campo generoso. A mediados de siglo, Benjamín Vicuña Mackenna (1857a: 158) – intendente que modernizaría la ciudad en 1872 – observó cómo los frutos de las huertas entraban todos los días en carretones para venderse en las calles de Santiago: «Son las chácaras de los campos, los granos de las haciendas (…) que se meten a la ciudad». Las chácaras o chacras eran pequeños jardines de hortalizas, metáfora de una moral económica liberal constituida por propietarios independientes que trabajaban y producían a partir de lo propio; un espacio antitético del latifundio esclavista colonial2. Santiago celebraba las fiestas en base a ferias urbanas, donde la variedad de frutas y verduras representaba la prosperidad y abundancia de una patria figurada como un verde vergel.

Pero las chacras no sólo estaban en los canastos de las vendedoras, sino que al interior de cada manzana. Las casas coloniales, con sus volúmenes distribuidos en el perímetro, escondían amplios patios detrás de las severas y sobrias fachadas de adobe que daban a la calle. En estos jardines de raíz española e islámica coexistían especies ornamentales y productivas; como en la descripción del edén, en donde el perfume de flores y frutos representa la plenitud. Las habitaciones se volcaban a los jardines mediadas por corredores, en donde se daba una sociabilidad siempre en vecindad a la intimidad doméstica. Viajeros como Samuel Johnston (1919) y María Graham (1916), que conocieron Chile en las primeras décadas del siglo XIX, describían con placer la impresión de estos espacios que mezclaban chacra y jardín: las parras de uva dando sombra y alimento, los naranjos con sus perfumados azahares, los canales de agua corriente que servían de regadío y refresco. El contenido agrícola de estos espacios era complementado y se combinaba con una abundante variedad de plantas decorativas. El Repertorio de Urízar (1835) lista las especies presentes en los jardines chilenos a comienzos del XIX, mostrando la especial predilección por las flores en todas sus formas, especialmente los bulbos. El característico coleccionismo floral evidencia un tipo de jardinería especialmente minuciosa; más relacionada a la mentalidad geórgica hortelana que al paisajismo bucólico de una jardinería a la inglesa, de estrategias más pragmáticas y adecuadas a una gran escala.

Fig. 4 Vista hacia el sur de Santiago, Eugène Maunoury, c. 1860.
© BnF <gallica.bnf.fr>.

Los jardines y huertas interiores contrastaban con el desolado paisaje arquitectónico de las calles, flanqueadas por murallones de adobe con escasas aperturas y expresiones ornamentales. A diferencia de otras arquitecturas barrocas latinoamericanas, las fachadas chilenas presentan pocos elementos distintivos, con la sola y menor excepción de los zaguanes de acceso3. El jardín era, en cambio, el espacio simbólico que hacía de agreste rincón romántico en la literatura, lugar de ensoñaciones y encuentros. La joven Deidamia, protagonista de El loco estero (Blest Gana, 1919), es representada en un marco verde donde se mezclan las albahacas y los cedrones con ranúnculos y jacintos en su típico jardín santiaguino de 1839. Además de ser espacio social, espectáculo sensorial y estético, estos jardines/chacras cumplían una función alimentaria, introducían una diversidad ecológica y aportaban al control bioclimático de la vivienda.

Cuando el joven Vicuña Mackenna (1856:127) visitó París, evocó las chacras de las casas chilenas. Contrastó las cálidas y rústicas texturas del adobe y el ladrillo con el «resbaladizo parquet» de los modernos departamentos parisinos, «maquinarias de comodidad». Los jardines hortícolas eran, en contraste, el signo de un modo de vida más reposado y holgado, de siestas perfumadas por azahares. Un año después, Vicuña Mackenna (1857b) se animó a definir un estilo chileno de jardinería en un artículo publicado en el periódico El Mensajero de la Agricultura. En él sintetizó los rasgos característicos de la tipología con componentes de origen rural: el protagonismo de un amplio parrón de uva, las acequias de regadío profundas, el verde oscuro de la alfalfa y las alamedas en los deslindes. A partir de mediados de siglo, el reverdecimiento del espacio público, los cambios en la cultura y en la tipología arquitectónica de las nuevas residencias entre medianeros expulsaron la vegetación de la mayoría de los predios privados. La jardinería se volvió una práctica ornamental y refinada, principalmente practicada en las fincas campestres. En el mismo artículo, Vicuña Mackenna ya observaba que el paisaje de camellones de los grandes plantíos rurales no debía ser visible desde el jardín de una casa de campo. La chacra, despojada de la intimidad del huerto y transformada en técnica agronómica, ya no era compatible con los gustos nuevos.

Fig. 5 Alamedas hacia el oriente de Santiago, Eugène Maunoury, c. 1860
© BnF <gallica.bnf.fr>

Las alamedas / los bulevares

La Alameda del Tajamar puede considerarse como el primer paseo público de la ciudad de Santiago. Consistía en una doble hilera de álamos que flanqueaba las defensas fluviales del Mapocho, cuyas losetas de piedra hacían a la vez de vereda pavimentada, probablemente, la única de la ciudad. Esto quizás explica por qué la alta sociedad se sentía atraída a deambularla con sus zapatos y vestidos sofisticados. A la del Tajamar siguió la Alameda de las Delicias en el borde sur de la ciudad en los primeros años de la República. Esta se transformó prontamente en el espacio de moda que, a la vez, era fronterizo con un mundo popular y rural, siempre poblado de ferias y rodeado de lodazales. A mediados de siglo la estrategia de arborización fue reproducida en muchas avenidas llamadas ‘alamedas’ en los planos de la ciudad: la de la Recoleta, la Cañadilla (actual Independencia), la de Yungay (actual Matucana) y la de las Carreras (actual parque Portales). Como observa Segawa (2004), la alameda fue un invento urbanístico en boga en la península ibérica ilustrada, pero ensayado con mayor insistencia y extensión en las colonias4. Sin embargo, en Chile se reproducía indiferentemente tanto en las ciudades como en los campos, donde las arboledas plantadas a lo largo de los caminos rurales o en los deslindes de los predios agrícolas sombreaban y protegían los plantíos del viento. Así, las primeras avenidas arboladas de Santiago eran también las sendas que se extendían por el valle y conectaban la ciudad con los campos de su periferia. Los álamos en fila eran figurados como una civilización verde del territorio que avanzaba siguiendo las redes de regadío.

De la mano de la modernización de la agricultura se comenzó a difundir una valoración del arbolado más allá de sus productos, destacando sus propiedades tanto ambientales como estéticas5. Se promovían indistintamente la arborización urbana y la forestación del territorio para mejorar asuntos como la erosión de los suelos o la retención de la humedad ambiental. Esto se sumaba al discurso higienista que fomentaba la presencia de árboles en la ciudad. José Miguel de la Barra fue el intendente pionero en fomentar la arborización de Santiago, recomendando el ensayo de especies distintas al álamo y de especies nativas (Hidalgo y Sánchez, 2006). A lo largo del siglo XIX cada uno de los expertos de la Quinta Normal tenía una teoría para apoyar el uso de una u otra especie en las calles de Santiago. Personajes como Claudio Gay, Leopold Perrot, Luis Sada de Carlos, Manuel de Arana y Borica y Julio Menadier insistieron también en que los hacendados debían instruirse en la arboricultura tanto para producción como para ornato. Las especies más novedosas – los robles, los tilos, los plátanos, las moreras – fueron importadas en barco desde Europa; traídas de a decenas de a miles, junto a semillas, herramientas y manuales. Una empresa considerable y persistente a pesar de su poca eficiencia, ya que los pequeños almácigos llegaban en su mayoría estropeados por las aguas salinas6.

Fig. 6 Claudio Gay, Alameda, 1854.
© Biblioteca Nacional de Chile

En 1854, Vicuña Mackenna lamentaba que el hacha municipal estuviera talando los álamos del paseo de las Delicias para remplazarlos por tilos. Aunque el paseo no tenía más de medio siglo de antigüedad, para el futuro intendente los álamos representaban un valioso paisaje tradicional de Chile. Su plan de transformación para la ciudad tenía como pieza central un ‘Camino de Cintura’ o bulevar de circunvalación. En su formulación temprana, explicaba su proyecto como una articulación de ‘alamedas’ ya medio consolidadas (Vicuña Mackenna, 1854; 1856; 1857b). Y, en efecto, a diferencia del bulevar parisino, que se abría paso entre un tejido densamente habitado y animado, el Camino de Cintura era un encadenamiento de caminos periféricos arbolados que no precisaban de un diálogo intenso con la ciudad, sino con el campo. Hasta el proceso de Transformación de Santiago (1872-1875), las estrategias de arbolado compartieron un territorio común que se originaba en la productividad agrícola y se expandía sin reconocer límites a la silvicultura, a la protección de los bosques nativos y a la promoción y manejo de la arborización en las ciudades7. Pero la profusión de espacios públicos que introdujo la modernización urbana hizo necesaria la adopción de una arboricultura específica, que resistiera la erosión propia de una metrópolis en formación. Para ello se fundó un primer vivero municipal y la Quinta Normal de Agricultura pudo dejar de proveer todos los árboles para la ciudad. Además de los fascículos de la obra de Alphand (1867) se importaron manuales de arboricultura con especiales indicaciones para la jardinería urbana, como el de Alphonse du Breuil (1857)8. La arborización urbana moderna se caracterizó también por su dosel alto. Cambió así radicalmente el espacio del cañón barroco propio de la alameda tradicional que, en su continuidad impertérrita a cruces o hitos, ocultaba la ciudad a los paseantes. Mientras, los álamos del paseo de las Delicias fueron desapareciendo en favor de tilos o plátanos, los utilitarios pilones y abrevaderos fueron reemplazados por monumentos alegóricos y las acequias fueron tapadas. Las fachadas de los edificios comenzaron también a alhajarse con balaustres, ventanales y balcones, participando así en el paisaje del espacio público moderno.

Fig. 7 Ilustraciones del manual de Du Breuil.

Los baldíos / los parques

Las formas campestres del ocio estaban fuertemente arraigadas en todas las clases sociales. María Graham (1916:284) observaba:

Para una familia chilena no hay placer mayor que un paseo a pie o a caballo al campo, un mate tomado en un jardín o en las faldas de un cerro, bajo un frondoso árbol, y todas las clases sociales parecen ser igualmente aficionadas a estos rústicos goces.

Los campos vecinos de la ciudad – Apoquindo, Ñuñoa, Renca, Peñaflor – eran el lugar donde se fugaba la élite urbana que bien tenía carruajes para pasear por el día o contaba con casas de veraneo donde pasar períodos prolongados. Pero a falta de quinta, calesa o tiempo suficiente, la ciudadanía recurría a los baldíos cercanos para romper el cotidiano con prácticas distendidas. Se usa aquí el término ‘baldío’ para designar a un tipo de terreno no cultivado y abierto al libre tránsito; aquel erial que en las crónicas es referido a veces por vocablos ambiguos y contradictorios como monte, llano, matorral, cancha; que, dependiendo de la benevolencia del clima, podía ser pastizal, prado florido, zarzal, llanura o páramo inútil. Pero que cuando la primavera verdeaba, acogía bien el paseo, la merienda y los refrigerios: l’herbe bajo el déjeneur. Hacia el sur de Santiago se encontraba el gran baldío por excelencia, denominado la Pampilla.

De posición y extensión incierta, se ubicaba a unas seis cuadras de la Alameda y se accedía a ella por el Callejón de Padura, ruta a la localidad de Melipilla. Era una distancia apropiada, no privativa del carruaje, que permitía el acceso de distintas clases sociales. Generalmente se presentaba como un terreno yermo, de mala calidad para la agricultura y no irrigado aún, lo que explica que nadie se encargara de cercarlo. Se cubría de hierba y flores silvestres después del invierno y el marco de los Andes nevados contribuía a destacar su valor como paisaje. No obstante, se visitaba con fiel regularidad, cada fin de semana que el tiempo lo permitía. Johnston (1919) y Graham (1916) registraron también en sus crónicas las memorias de la Pampilla, confirmando que el lugar estaba dentro de los panoramas obligados para los forasteros. Carreras y juegos ecuestres eran un pretexto para trasladarse al lugar en carretones entoldados, con mobiliario, instrumentos musicales y, sobre todo, abundante comida y bebida para pasar una jornada completa al aire libre. Los testimonios coinciden en señalar que la liturgia era multitudinaria y socialmente transversal. El sur de la Alameda era territorio de las formas populares de ocio, las chinganas o casas de diversión, que eran la versión urbana de las fondas o ramadas rurales, en donde los peones vivían sus horas de asueto (Salinas et al., 2007). El ocio informal de cuerpos relajados sobre la hierba, de ánimos acalorados por la bebida, sirvió como escenario metafórico de libertad y contrastaba con las tertulias rígidas y vigiladas de los salones. Blest Gana (1862), esta vez en Martín Rivas, utilizó este lugar para el primer flirteo entre sus protagonistas: un joven de clase media con una chica aristócrata galopando por la Pampilla al atardecer.

Hacia 1840, sobre el baldío se trazó el Campo de Marte, un terreno destinado al entrenamiento militar que sumó los desfiles a los atractivos del lugar (Montealegre, 2016). Con posterioridad, las fiestas de conmemoración de la Independencia fueron tomando la forma de esta algarabía cotidiana que montó allí el mundo civil y ritualizó luego el cuerpo militar (Peralta, 2007). Intentando formalizar el espacio de una práctica arraigada, hacia 1872 el Campo fue transformado en el parque Cousiño, la principal pieza verde del Santiago modernizado. Concebido como el clásico paseo encarrozado y elitista del siglo XIX, era un circuito para el goce visual y el deambular constante, sin espacio para cuerpos distendidos sobre la hierba. Fue inaugurado en las Fiestas Patrias de 1872 bajo un estricto reglamento que prohibía todos los juegos y ventas de alimentos que amenazaran con revivir el jolgorio anterior en los nuevos jardines (Vicuña Mackenna, 1873). Hubo de ser clausurado al día siguiente, completamente dañado por las multitudes de visitantes y vendedores que colmaron sus arabescos alphandianos9. La tensión entre el parque formal y los arraigados hábitos de ocio de la Pampilla es perceptible en el lugar hasta el día de hoy.

Fig. 8 Parque Cousiño, 1940, Miguel Rubio Feliz.
© Museo Histórico Nacional

Nutrir / consumir

Es justo señalar que el verde del modelo francés no es meramente ornamental: en sus funciones ambientales y recreativas se encuentra su ética pública y el proyecto colectivo de una ciudad arbolada. En el caso de Chile, se trató además de un proyecto de modernización en el cual la élite se comprometió con decisión, aunque fuera por imponer sus intereses y su propio imaginario. Sin embargo, el proceso traicionó parte de un contenido geórgico arraigado en la identidad local. El Santiago de principios del XIX, que miraba a París y se avergonzaba de su condición aldeana y provinciana porque apenas alcanzaba los cien mil habitantes, tenía una relación orgánica con su territorio. Bajo una perspectiva actual, podría decirse que el mosaico de chacras, alamedas y baldíos era económica, social y ambientalmente sustentable. La ciudad modernizada perdió esa característica heteróclita de la ciudad tradicional que mezclaba lo campestre y lo urbano: los patios con los corredores y los salones; los huertos con los jardines ornamentales. En la división moderna entre lo urbano y lo rural, el campo se volvió nostalgia citadina. Quizás, y como observan Aureli y Giudici (2021), el afán de dominación implícito en las más variadas formas de jardinería que la humanidad ha desarrollado pierde parte de su contenido – y quizás de su ética – cuando se desprende de la función de nutrir. La cultura de la industrialización, el capital y el consumo que se expresaban en el proyecto urbano del XIX quebraron con la ética geórgica del uso de la vegetación. Quebraron con el campo no sólo culturalmente, sino que poniendo en práctica una efectiva aniquilación material de aquel paisaje mediante la permuta de las huertas por una estéril ciudad jardín, la que se volvió cada vez más difusa y voraz. Sin embargo, las estéticas y los hábitos persisten en la memoria. Santiago – y, por cierto, la ciudad latinoamericana – cargan en su matriz cultural con más y distintas formas de verde que las impuestas por el modelo modernizador europeo. Las nuevas formas de relacionarse con la vegetación en la ciudad, que la cultura actual busca con ansias, pueden subyacer en la descolonización de las teorías de las formas urbanas y la reivindicación de la intrincada urdimbre que explica las formas, usos y sentidos simbólicos del verde en la historia local.

Fig. 9 Parque Cousiño c. 1931.
© Museo Histórico Nacional

1 Esta hipótesis y sus alcances han sido ampliamente desarrollados en la investigación doctoral que sirve de base a este artículo (Montealegre, 2017).

2 La relevancia de estas huertas campesinas y su presencia en la periferia de las ciudades puede revisarse en el trabajo de Gabriel Salazar (1989).

3 Descripciones de los jardines mencionados y de las características de la arquitectura colonial chilena en los libros ya clásicos de Eduardo Secchi (1941), Alfredo Benavides (1961) y Roberto Dávila (1978).

4 Sin embargo, antecedentes como la Alameda de Hércules de Sevilla la Alameda Central de México, que más que ejes constituyen parques, indican que el nombre de la tipología hacía referencia a espacios públicos arbolados de distintas configuraciones. En Chile, la alameda se asoció generalmente al tipo lineal.

5 Varias notas al respecto pueden leerse en los primeros periódicos publicados por la Sociedad Nacional de Agricultura: El Agricultor (1838-1849), El Mensajero de la Agricultura (1856-1857) y el Boletín de la Sociedad Nacional de Agricultura (1869-1933).

6 Estas importaciones de plantas son consignadas en los periódicos ya mencionados de la misma agrupación y especialmente en las actas que registran sus primeros años de funcionamiento, disponibles en el Archivo Nacional Histórico de Chile.

7 Una primera «Ordenanza de Bosques» fue redactada en los primeros años de funcionamiento de la Sociedad de Agricultura, en la que participó Andrés Bello. En ella se hace referencia específica al arbolado de los sitios públicos en las ciudades.

8 Claudio Gay le habría enviado a Vicuña Mackenna el tratado de Alphand parcialmente, según lo que se consigna en la recopilación epistolar de Carlos Stuardo (1973). La difusión del manual de Du Breuil figura en el artículo «Plantaciones públicas de Santiago», Boletín de la Sociedad Nacional de Agricultura, vol. II, no. 8, 1 de febrero de 1871.

9 El Mercurio de Valparaíso, 22 de septiembre de 1872.

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PÍA MONTEALEGRE

<mmontealegre@uchile.cl>

Arquitecta, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2003. Magíster en Desarrollo Urbano, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2010. Doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2017. Sus áreas de investigación son la historia urbana, el espacio público y la cultura de la ciudad. Es socia de Montealegre Beach Arquitectos y profesora asistente en el Instituto de Historia y Patrimonio, FAU, Universidad de Chile.