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De lo sólido en el aire

Crítica

Pía Montalegre

Directora de Investigación y Publicaciones, Facultad de Arquitectura y Diseño, Universidad Finis Terrae, Santiago, Chile

La arquitectura tiene una larga relación con la solidez, la gravedad y la masa. Para Alberti, era la forma racional de un desplazamiento de pesos y un encadenamiento de cuerpos. Gran parte de la virtud arquitectónica ha radicado en jugar con las posibilidades de ambas operaciones. La geometría límite de la carga gravitacional dictó la forma de los pilares de la Johnson Wax o de los paraboloides de la Sagrada Familia.

Ese aspecto material y racional de la arquitectura se ubica en la esfera del control y de las certezas. Quizás por ello la definición de Koolhaas de la arquitectura contemporánea como una riesgosa mezcla entre omnipotencia e impotencia resultara incómoda. Parece que los arquitectos son más felices cuando la balanza se inclina hacia lo primero. La renuncia al dominio y el abrazo a la complejidad posmoderna han sido más un desafío que un objetivo.

Gracias a la simpleza de su programa, los pabellones pueden cargar con otras tareas teóricas y apelar a esas fronteras. Insertarse en ese punto incómodo de la disolución de las certezas es la premisa del Pabellón del Viento. De hecho, no tiene una forma definida de antemano. Esta es una resultante casual, circunstancial y mutante de fuerzas externas. A fin de cuentas el aire, por mucho que sea movido por turbinas controladas, es sólo un medio, no un material. En estricto rigor, el pabellón está constituido por ventiladores y tela, por impulsos y un sensor. Se trataría, entonces, de una arquitectura que renuncia a ser soporte para constituirse como estímulo y reflejo.

En tiempos y circunstancias comunes, quizás el pabellón habría hablado sólo de esa expresión material de una forma mutante. Pero el relato del contexto terminó por completarlo con mayor intensidad dramática. La revuelta popular de octubre de 2019, en estrecha proximidad con las dependencias de la universidad, dificultó y trivializó cualquier forma de celebración. Luego llegó la pandemia, suprimiendo la vida en colectivo. Así, el pabellón terminó celebrando el aniversario de la enseñanza superior de la arquitectura en Chile en un patio universitario vacío. Proyectado, montado y desmontado en un escenario de completa incertidumbre, la tela ondeó en un clip de un par de minutos transmitido en redes sociales. Probablemente se dejó mecer en la brisa santiaguina muchas más horas, mientras nadie lo veía.

A pesar de esa existencia discreta y solitaria, fue un lugar habitado, aunque de una forma un tanto sui generis. Fue sede simbólica de una serie de ceremonias y conferencias que, aunque se emitieron desde puntos indiferentes de la ciudad, congregaron virtualmente a una comunidad en su patio de adoquines. Fue un hito, una marca en el espacio (los pabellones ¿no son también banderas?), un nombre asociado a una imagen. Fue un lugar de reunión situado en la memoria, como tantos otros espacios que aprendimos a habitar en el confinamiento. Si los tiempos demandan a las disciplinas nuevas formas de responder, las circunstancias transformaron al Pabellón del Viento en una esperanzadora metáfora para una arquitectura futura: más receptiva que determinante, de existencias más afectivas que materiales.

Fig. 1
Fuente: © Sebastián Arriagada

Pía Montealegre

<mmontealegre@uchile.cl>
Arquitecta, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2003. Magíster en Desarrollo Urbano, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2010. Doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2017. Sus áreas de investigación son la historia urbana, el espacio público y la cultura de la ciudad. Socia de Montealegre Beach Arquitectos. Profesora asistente en el Instituto de Historia y Patrimonio, FAU, Universidad de Chile.