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El abrazo de la nube negra

Amaia Sánchez

Académica, Faculty of Design, Architecture and Building, University of Technology Sydney, Sydney, Australia

Gonzalo Valiente

Académico, Faculty of Design, Architecture and Building, University of Technology Sydney, Sydney, Australia

Jorge Valiente

Académico, Faculty of Design, Architecture and Building, University of Technology Sydney, Sydney, Australia

Miguel Rodríguez Casellas

Académico, Faculty of Design, Architecture and Building, University of Technology Sydney, Sydney, Australia.

A partir de una nube de humo que las unió a inicios de 2020, este ensayo escarba en las similitudes históricas entre dos ciudades puerto del Pacífico: Sídney y Valparaíso. Analizando los puntos en común y las divergencias entre el neoliberalismo australiano y chileno, el colapso de este modelo se evidencia en el humo de los incendios o las barricadas, lo que podría dar pie a nuevas formas de coexistencia posliberal.

Acto 1: Preludio
El 7 de enero de 2020, una nube negra se presenta sin invitación a seis mil metros sobre la franja central chilena. La formación atmosférica no es un fenómeno explicable desde la meteorología común. Se trata de una columna de humo emitida por los trágicos incendios que asolaron la costa oriental australiana durante el estío 2019-20 y que conectó sin interrupción los más de 11.000 km que distancian ambos extremos del océano Pacífico1. Con el paso lúgubre de un coro griego, la estirada formación se aferró al empuje de los vientos oceánicos para establecer un dramático diálogo entre dos ciudades asediadas por ejércitos de humo asesino y cuya desastrosa conexión nos permite jugar a desguazar los imaginarios de valor, deseo y pertinencia que el sentido común neoliberal se empeña en enrocar dentro de un contexto de lo inevitable.

Conectadas por el peregrinaje del humo forestal, Sídney (Australia) y Valparaíso (Chile) son dos ciudades de memoria portuaria y poso colonial abrazadas por el océano Pacífico. Siendo ambas figuras centrales de extensas regiones metropolitanas, sus huesos, entrañas y pieles cristalizan legados asimétricos de las dinámicas – a veces enriquecedoras y más comúnmente demoledoras – de la globalización. Fundada como colonia penitenciaria sobre los terrenos arrebatados a los pueblos gadigal, Sídney lleva décadas bajo caros tratamientos intensivos de estética contemporánea, sesiones 24/7 de gimnasia de rendimiento, blanqueamiento dental y hormonas para el crecimiento. La ciudad ha mutado y crecido a ritmo frenético a través de agresivas intervenciones plásticas y gentrificaciones sin resistencia, sufragadas por la reciente tracción financiera de industrias extractivas regionales, el turismo global, el negocio millonario de la educación terciaria y una burbuja inmobiliaria inflada por inyecciones de capital internacional, principalmente de vecinos asiáticos como China.

Figura 1. Imagen satelital de incendios forestales en la costa este de Australia, 2020. ©European Space Agency

Hasta el día de hoy, y a pesar de recientes escarceos con la recesión financiera, Sídney se ha proyectado al mundo como un exitoso vástago del idilio entre financiarización del suelo y el mass-production de espacios consumibles. Mordida por un sol reluciente – y besada por playas de postal -, su estampa digital está llena de multiculturalidad consumible, una sensación escénica de déjà vu global y cuerpos atléticos, jóvenes y (re)productivos que consumen y se gustan inmunes a lo político. Eso de la política es un término caduco. En todo caso, versiones descafeinadas de lo político aparecen en museos, galerías y debates televisivos, casi siempre bajo el sello de las identity politics, sin hacer grandes esfuerzos por ocultar el formato de consumo que las contiene. En los espacios educativos, hace tiempo que lo político fue declarado non grato por las «pragmáticas» agendas institucionales australianas. En su lugar, hace tiempo que la oficialidad institucional copula con el tecnodeterminismo antihumano de lo smart y erotiza con respuestas «resilientes» a las nubes negras anunciadas por la ciencia internacional. En Sídney, lo político – como su oscuro pasado colonial – quedó superado por un presente continuo y acelerado, avalado por casi medio siglo de crecimiento económico ininterrumpido.

Como en toda metrópolis de aspiración instagrámica, su estetización soft de lo contemporáneo reniega de un backstage infinito, suburbano e infraestructural, sazonado con sudor de migrantes desechables, clústeres marginales de presencia indígena, consumo masivo de psicotrópicos y antidepresivos por emprendedores autoexplotados, ancianos invisibles y soledad; una soledad autóctona e indisociable del abrazo mayoritario a la autoridad sonriente de una economía sin afectos que reza de memoria los salmos sugeridos por el Aparato Cognitivo Neoliberal®.

Por su parte, Valparaíso, monumental y ruinosa, mira de frente a la globalización con escepticismo. Se sabe perdedora de demasiadas batallas y le han susurrado muchas promesas imposibles. En su piel ajada y llena de costuras, tatuajes y maquillaje de aerógrafo aún queda la huella de la compleja convivencia entre abundancia, miseria, intercambio, exceso y gozo de sus días como nodo global. La otrora «Perla del Pacífico» es una ciudad amamantada, abusada y abandonada por la globalización capitalista. Sus huesos acumulan fisuras por terremotos, asedios y abandonos varios; su corazón padece de desencantos crónicos y sus pulmones nunca alcanzan a recuperarse del ahogo por incendios aporofóbicos2. Forjada desde los encuentros disonantes, las resistencias y los conflictos sociales, la ciudad puerto se ha acostumbrado a convivir con el fracaso, la expropiación, el abandono, la decadencia económica y la nostalgia. «Valpo» lleva casi un siglo ahogándose en los márgenes del progreso. Desde principios del siglo XX, la concatenación de eventos globales tales como la apertura del canal de Panamá, la caída del imperio norteño del salitre, la represión antisindical de los ochenta, el abandono institucional o la enajenación (privatizadora) de su amado puerto han convertido en tenues goteos los flujos de capital entre el mundo exterior y los muchos y muy diversos adentros que configuran la cartografía social de sus cerros, su puerto y su «plan».

Valparaíso es un bastión de la negatividad. Ha sobrevivido a su propia muerte aferrándose a redes de solidaridad comunitaria, guiños cotidianos a lo escatológico, complicidades cosmopolíticas, resistencias, sudorosos aquelarres nocturnos, gozos improductivos, emprendimientos precarios y microeconomías canallas. A pesar de todo ello, entre finales de los noventa y el 2003, la mirada miope de políticos, «expertos» y empresarios imaginó para Valparaíso una economía urbana centrada en la explotación plastificada de su decadente legado industrial y arquitectónico, a través de su inclusión en la marca Unesco World Heritage. Así, se intentó inyectar en vena la idea de que la ciudad podría alojar en sus monumentales, pintorescas y profundamente decadentes arquitecturas un Silicon Valley de la producción y consumo internacional de cultura.

Lo dijo el informe Isaza en 2016. Valparaíso es «calamitosa» (Mosciatti, 2016). Hoy es tan pobre como siempre y está más segregada que nunca, ya que a la irresuelta ruptura entre ciudad y puerto se unieron el muro social entre el «Valpo» explotable y el desechable (a través de gentrificaciones infructuosas y demarcaciones patrimoniales) y el acoso y derribo de su «patrimonial» bohemia (a través de cercos legales a la nocturnidad). La ciudad puerto chilena no es capaz de cristalizar – ni tampoco desechar – el (absurdo) impulso de ser convertida en una pintoresca marca de consumo. Ni se invirtió lo necesario en engordar el proyecto patrimonial, ni se quiso – o se supo – valorar su verdadero legado: la negatividad.

Acto 2: Shocks transpacíficos
A principios de los setenta, Chile y Australia arrancaron- por vías legítimamente democráticas – dos proyectos estatales de sesgo socialista. En escasos meses, ambos ensayos políticos fueron demonizados ideológicamente por élites extractivas y violentamente derrocados tras procesos de desestabilización socioeconómica y política teledirigidos desde las «inteligencias» del supremacismo angloamericano. La cancelación unilateral de ambos proyectos estatales dio lugar a sendas derivas pioneras del proyecto neoliberal.

En 1971, tras nacionalizar – con apoyo parlamentario – buena parte de la producción pesada y casi el total de la gran minería, el Estado chileno activó las inmunologías del imperio estadounidense y se sumió en un fuego cruzado de cifras, discursos, titulares de prensa, mensajes en clave, protestas y muerte contra una alianza gaseosa entre élites financieras, miembros del ejército y la CIA. La tensión se inflamó vertiginosamente hasta explotar en un violento golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973. La disciplina castrense de la dictadura amputó «impurezas» estéticas e ideológicas a través de un despliegue sanguinario de represión, violaciones y asesinatos contra la disidencia. En paralelo, y sin apenas tiempo para velar a la difunta revolución, una serie de decretos leyes (dictados desde los tentáculos chilenos de la Chicago School of Economics, y entre los que destaca el recién reemplazado DL-6003) facilitaron el sustrato legal idóneo para activar la orgía de saqueos privatizadores, sobreexplotaciones (de ecosistemas y ciudadanías), endeudamientos e inflaciones asfixiantes que, como nos recuerdan Claudio Lorca y José Ignacio Ponce (2013), alcanzaron su clímax con la consolidación del hoy cuestionado proyecto democrático. No en vano, a pesar de que el giro democrático restableció un indiscutible paquete de derechos y libertades previamente secuestradas por la dictadura, la carta constitucional democrática no surgió de un acto fundacional, sino que aplicó un parcheado de urgencia sobre la Constitución de 1980. Así, la democracia facilitó una atmósfera de estabilidad y confiabilidad para la llegada de grandes corporaciones extractivas, cuya imagen quedaba reforzada al entrar «legítimamente» en un supuesto Estado de derecho.

Figura 2. La Organización Meteorológica Mundial de la ONU (OMM) informa que el humo de los furiosos incendios forestales en Australia se desplaza a través del Pacífico y llega América del Sur, enero de 2020. ©NOAA Satellites

Hoy, el retrato social de Chile dibuja una constelación de territorios y ciudadanías «sacrificadas» (Acosta, 2019) para el beneficio acumulativo de élites globales. El Estado andino es un hervidero polarizado que ahoga a clases medias y pobres bajo los gases asfixiantes de la deuda, la inflación y el pluriempleo precario, mientras condena al bucle del estigma meritocrático a «choros», «flaites», mapuche, mujeres y tantas otras redundancias sociales sin cabida en las neonarrativas nacionales de esfuerzo y éxito del mal llamado «oasis latinoamericano» (The Clinic, 2018).

Australia no necesitó un shock sanguinario para arrancar su orgía neoliberal. Entre 1972 y 1975, el primer ministro laborista Gough Whitlam despertó las alarmas angloamericanas al apostar por cortar dependencias económicas, políticas y legales con la corona británica, y por reforzar una agenda cargada de proyectos «alarmantemente» izquierdosos. El proyecto laborista inició el desmantelamiento parcial de la hasta entonces vigente White Policy4. Se abrieron flujos migratorios al sudeste de Asia y se legitimó la lucha aborigen. Igualmente, se inyectaron medidas anti-laissez faire y se inauguró la hasta la fecha suculenta vía diplomático-mercantil con la siempre repudiada China comunista. Pero el giro socialista de Whitlam no fue ignorado por los tentáculos (neo) imperiales del universo anglosajón. Tras un hervidero de disputas parlamentarias, tramas de espionaje e injerencias diplomáticas del Palacio de Buckingham y Washington, el 11 de noviembre de 1975 la vía australiana fue desmantelada au-toritariamente por el gobernador general5; un enquistamiento colonial en el aparataje estatal, cuya apariencia simbólica enmascara su poder «ejecutivo» para disolver parlamentos y despedir a equipos de gobierno a voluntad propia o de sus interlocutores imperiales, en este caso, la corona británica y la CIA (Rundle, 2015).

El fenómeno Whitlam resultó un resfriado político para una ciudadanía acostumbrada a naturalizar saqueos coloniales y a convivir bajo regímenes penitenciarios flexibles a cambio de redistribuciones parciales del botín entre sus pseudoutopías blancas6. Las narrativas culturales australianas han operado por mucho tiempo bajo férreas permisividades hacia funcionalismos autoritarios (aún la conocen como el Nanny State) y convivencias cotidianas con vigilancias vecinales (o neighbour watch), incentivos a las conductas obedientes y taxonomizaciones antiotredad fundamentadas en el supremacismo etnocultural, el individualismo y la antiintelectualidad. Es por ello que, a pesar de la autoridad monolítica con la que se agredió a la soberanía popular en 1975, los electorados del país recurrieron al tradicional culto a la resiliencia para asimilar la nueva normalidad sin apenas mediar resistencia.

Hoy, los espejismos presentistas del consumo «democrático», de salarios vistosos, de inflaciones «sanas» y de deudas «aspiracionales» han reformulado los tejidos deseantes – y de sentido común – de las ciudadanías australianas para convertirlas en un bloque de consenso en torno al valor supremo e irremplazable del modelo hiperextractivo contemporáneo. La deriva posmoderna australiana ha tejido un imaginario rotundo de éxito neoliberal que dedica atenciones desmesuradas al orgullo patrio y esconde bajo alfombras burocráticas y oligopolios mediáticos (Dwyer y Muller, 2016) sus asimetrías sociales y sus abusos extractivos a cuerpos y territorios. La brecha social entre australianos ricos y po-bres, así como entre nativos blancos, migrantes y «primeras naciones», se ha enmascarado a través de maquillajes insti-tucionales del genocidio aborigen, externalizaciones de la pobreza (a migrantes desechables7) y positivaciones consumibles de la diversidad «multicultural» del país. La guinda del pastel de «microviolencias»8 estructurales al neoliberalismo australiano reside en su expulsión «amable» de la disidencia por medio de amputaciones «pragmáticas» de contenidos estéticos, improductivos e ideológicos de sus programas culturales, educativos y de ocio.

Si el arranque neoliberal chileno puso el acento en oprimir con disciplina militar y violencias arcaicas los delirios poscoloniales – o de justicia – del mestizaje latinoamericano, su contrapartida australiana se formuló como un laboratorio de gobernanza capaz de hibridar las necropolíticas con acento supremacista del universo Reagan-Thatcher con un entramado «psicopolítico» de consenso paramétrico al más puro estilo Singapur. En apenas medio siglo, el Estado oceánico ha transformado a sus ciudadanías en audiencias «pospolíticas» de manera inadvertida. Hoy en día, y con pocas excepciones, las ciudadanías australianas son, como diría Paul B. Preciado (2020), «utopías de comunidad» adictas al consumo y alérgicas a la crítica ideológica. En su masividad poscrítica, están facilitando la fagocitación desenfrenada de su riqueza recursiva y ecológica, sus derechos fundamentales y su simulacro de soberanía nacional en favor de carteles corporativos globales.

Acto 3: Alegoría de un giro argumental

La llegada de la nube negra australiana a costas andinas resincronizaba ambos extremos del Pacífico para teatralizar las vicisitudes de un nuevo giro paradigmático. El peregrinaje eólico del humo forestal encapsuló a Sídney y a Valparaíso en una alegoría del fin de una racionalidad insostenible. La nube negra conectó a dos ciudades asediadas por una contemporaneidad incapaz de contener su pulsión necropolítica. El 7 de enero de 2020, Sídney llevaba 57 días asfixiándose bajo el manto gaseoso emitido por los incendios más destructivos en la historia australiana. El evento fue una manifestación espectacular del ‘I can’t breath’ planetario denunciado hasta la saciedad por la ciencia internacional y una vendetta kamikaze de los ecosistemas australianos tras siglos de abusos silenciados. A 11.000 km de distancia, Valparaíso buscaba bocanadas de aire respirable entre humos de barricada y gases lacrimógenos. La ciudad puerto chilena llevaba casi tres meses de lucha a cara de perro contra la saga tirana de medidas económicas implementadas por un Estado devoto a los mandatos anticiudadanos vomitados por sus «comités de expertos» (Guzmán, 2019). Desde octubre, las principales urbes del Estado chileno alojaron la viralización de una protesta ciudadana contra el incremento de tasas al transporte metropolitano en Santiago. En cuestión de días – y con ayuda de la violencia estatal – las protestas viraron en rebeldía generalizada y confrontaciones aguerridas entre organizaciones ciudadanas y cuerpos militares estatales.

A través de este ensayo, nos interesa hacer una reflexión sobre la necesidad de revisar los parámetros transaccionales en torno a los que el neoliberalismo ha estructurado nociones tales como el valor, lo deseable, la pertinencia y el éxito. Para ello, forzamos un imaginario «accidental» de coexistencia entre los tejidos urbanos y sociales de Sídney y Valparaíso, tras quedar conectadas por el paréntesis de desastres contemporáneos denunciado por la «nube negra». La lectura conjunta de ambos incidentes nos permitirá, por un lado, refutar la tendencia internacional a elogiar y reproducir ansiosamente imaginarios urbanos y estéticos de convivencia pospolítica bajo consensos forzados y articulaciones transaccionales de la coexistencia. Por otro lado, nos ayudará a desacreditar el desprecio optimizador con el que la contemporaneidad hegemónica estigmatiza concepciones de coexistencia urbana cargadas de negatividades (estéticas, improductivas, performativas e ideológicas) incapturables por – e indeseables para – el aparato financiarizador neoliberal.

Si en 2018 el Amazonas agasajó a Jair Bolsonaro y sus políticas negacionistas con incendios desastrosos, entre agosto y septiembre de 2019, las llamas antropocénicas tomaron las regiones orientales australianas para desplegar un espectáculo de destrucción y rabia cosmopolítica que carbonizó 19.000.000 de hectáreas de bosque, arruinando economías y comunidades rurales y erradicando de la faz de la tierra alrededor de 1.000.000.000 de animales, casi 10.000 edificios y 33 personas9. El Australian Anthropocene Shame Tour 2019-20 se desplazó – entre septiembre y marzo – a lo largo y ancho de los Estados orientales del país, logrando asediar – con malicia tragicómica – a la bella, sonriente y prostética Sídney por 81 días. De la noche a la mañana, los opulentos lindes suburbanos de su North Shore quedaron acorralados por varios «frentes enemigos» (Albeck-Ripka et al, 2020). En cuestión de días, el área metropolitana de la emblemática ciudad australiana quedó sometida a la omnipresencia penetrante de un manto de humo tóxico para el que la bunkerización suburbana y el hermetismo climatizado de sus distritos financieros resultaron fácilmente traspasables. En apenas semanas murieron prematuramente más de 400 personas por problemas respiratorios. La ciudad alternó días de índices de calidad ambiental (AQI) «pobres» con jornadas sencillamente irrespirables.

Paradójicamente, se cumplían escasos meses desde que la coalición política formada por etnonacionalistas blancos y ultraliberales negacionistas vencía de manera aplastante en unas elecciones dominadas por el debate medioambiental. A pesar de que Australia llevara años concatenando extinciones masivas, sequías devastadoras, inundaciones bíblicas, desecaciones de sistemas fluviales y blanqueamientos intensivos de la barrera de coral (Sánchez et al, 2019), en las «elecciones del cambio climático» ganaron el negacionismo y el miedo al vacío. Ganó el consenso con las agendas neoliberales sin apartado de futuro. Ganó el individualismo settler anglosajón y la ansiedad escapista por defender el privilegio colonial del Lucky Country10, cueste lo que cueste y pague quien pague. Ganaron, de nuevo, las agendas necropolíticas y la soberbia heteropatriarcal de los de siempre. Y ganó la aproximación a un fin con acento rancio a bunkerización etnocultural anglosajona que, visto lo visto, ha pasado de vender deseos «suburbanos» a apostar por una poco excitante «tercermundización» planetaria; o lo que es lo mismo: muerte prematura para prácticamente todos, incluso para los que hoy especulan con ella.

El gobierno y sus instituciones respondieron al desastre estival con vacaciones en Hawái, insultos a activistas y apoyos férreos a la extracción de combustibles fósiles. A pesar de ello, así como de las muertes por asfixia, de la creciente ecoansiedad (entendida como fenómeno psicológico y, por tanto, individual), de la volatilización de ecosistemas milenarios, del costo económico del cambio climático, de las extinciones masivas o de la deshidratación del país, Sídney tan sólo escenificó una protesta reseñable. Fue el 10 de enero y se tildó de «histórica». Pero la realidad es que congregó alrededor de 30.000 de sus más de 5.000.000 de habitantes. La nube negra australiana caricaturizó el cosmopolitismo democrático, «instagrámico» y exitoso de Sídney mostrándonos una sociedad dócil, apática, desconectada de la escala de su propia tragedia y sin armas políticas ni capacidad crítica suficiente para discernir sus urgencias y enemigos. El Sídney contemporáneo, pese a su «celebrada» multiculturalidad, sigue adscrito a una tradición espacial settler en la que el ingrediente «calle» neutraliza los cruces y encuentros disonantes; funciona como un relé – conector/separador – entre fragmentos programáticos y recintos propietarios. Su proyecto urbano es heredero fiel de un contrato social entre hombres blancos alérgicos a lo ajeno, que se imaginaron «de paso» por un paraíso extractivo demasiado alejado de «lo civilizado». La ciudad australiana está calculada, diseñada y regulada para que la expulsión de «lo político» no requiera del ejercicio de la «macroviolencia». Al fin y al cabo, el bautismo neoliberal australiano demostró que las democracias tardocapitalis-tas económicamente «exitosas» se sienten cómodas sobre esqueletos coloniales y autoritarios.

Al extremo andino de la nubarrada transpacífica, las revueltas iniciadas en octubre de 2019 habían desconchado una carcasa socioeconómica asfixiante para casi todos. Al hilo de una subida de tasas al Transantiago, estudiantes, feministas y otras disidencias al alza arrastraron a jubilados estafados, endeudados y demás homo sacer de la obscenidad ne(cr)oliberal11 chilena a un proceso revolucionario que, pese al efecto paralizante de la Covid-19, continúa marcan-do el pulso de debates parlamentarios presentes. En la última década, a pesar de que ciertos rankings internacionales dibujaran un país aventajado en productividad, desarrollo económico y «avances» sociales respecto a sus vecinos regionales, el legado reciente de desregulaciones, privatizaciones e inflaciones ubica al «jaguar» de Latinoamérica en el tercer puesto del ranking OCDE de desigualdad económica12. A ello se le adhiere el enfado ante la arrogancia patriarcal de una clase política caricaturizada en un presidente multimillonario, funambulesco y tan enajenado del drama social chileno que, en pleno estallido social, inventó una «guerra» contra sus conciudadanos y desarmó tres décadas de «montaje» democrático militarizando las calles y permitiendo asesinatos y violaciones de derechos fundamentales en las principales ciudades del país.

A merced del estallido, los cerros, plan y puerto de Valparaíso suspendieron indefinidamente sus arras contractuales con la Unesco para recuperar sus lazos patrimoniales con la negatividad. En cuestión de días, las arterias principales de la ciudad puerto convirtieron la crudeza social porteña en un carnaval de lo político. Los saqueos desbordantes a grandes almacenes y supermercados evidenciaron – por enésima vez – la marginalidad socioeconómica de un patrimonio social olvidado que reclamaba – con violencia aprehendida – su derecho de pernada en la orgía individualista del presente. Los ataques vandálicos a sucursales bancarias, franquicias, sedes corporativas y templos religiosos en las arterias principales de la ciudad cancelaban la inmunidad histórica de los titiriteros de un Estado al servicio de las élites y especialmente alérgico al efluvio de subjetividades y cosmovisiones impresas en el eclecticismo histórico de su ciudad icónica.

El «pasacalle» revolucionario porteño recuperó la fuerza política del grafiti tras décadas de servicios forzados al retrato «pintoresco» de ascensores urbanos, fachadas multicolores y demás naturalezas muertas del imaginario patrimonial Unesco. Entre la explosión del 18 de octubre y la catarsis feminista del 8M, se maquilló, se travistió y se llenó de simbolismo posheteropatriarcal a «héroes» coloniales monumentalizados sin permiso popular. Cada gesto escenificaba el desensamblaje simbólico de una normalidad que llevaba décadas encajonando al puerto chileno en la irrelevancia y el estigma multicolonial.

La obstinación compartida por habitar, teatralizar, disfrazar y llenar permanentemente la calle afirmaba que el futuro exigido se constituye desde la protección del valor supremo de lo común y el deseo por el encuentro desregulado con lo ajeno. Las agendas programáticas improvisadas por la ficción colectiva del Valparaíso constituyente se negociaron y testearon en la fluidez estuarina del espacio «calle», colisionando entre sí intercambios mercantiles, vagancias compartidas, procesos constituyentes, vigilancias al «enemigo», manifestaciones gozosas de lo improductivo y reclamos propietarios posidentitarios, que sólo aceptarían una ciudad entendida como punto de encuentro y como laboratorio permanente de las prácticas democráticas imaginadas.

En un rifirrafe ideológico en torno a la viabilidad contemporánea de los procesos revolucionarios, el filósofo coreano Byung-Chul Han defendía la imposibilidad de aludir a la «revolución» sin amasar concienciaciones críticas sobre los mecanismos de instrumentalización del deseo desplegados por el «poder estabilizador» neoliberal. Han (2014) defiende de forma provocadora que «la revolución no es posible», ya que su aguijón de negatividad desestabilizadora requiere de una colectividad crítica, generosa y consciente, actualmente neutralizada por el aparato neoliberal a través de inyecciones permanentes de dosis (casi imperceptibles) de deseo narcisista y miedo a quedar fuera. Contra el argumento del filósofo coreano, Marina Garcés (2014) defiende con rabia que la revolución no sólo es posible, sino que está sucediendo permanentemente. No lo hace como un evento platónico, sino como una concatenación de transformaciones que están «continuamente pasando» y siendo impulsadas por quienes ya quedaron fuera.

Sin hacer concesiones románticas ni a la precariedad ni a la violencia, debemos reconocer que escenarios de éxito (económico) neoliberales como Sídney se han encallado en un deprimente giro narcisista, cuya ausencia fatal de interés por lo ajeno conduce a profundas distrofias de la imaginación política y a retornos suicidas a las cavernas etnonacionalistas. Por esa misma razón, conviene recalibrar la curiosidad y el interés cognitivo hacia los escenarios descartados por la concepción «eficiente», pragmática y fragmentada de la globalidad que hoy nos asfixia bajo nubarradas necropolíticas. Allá donde se encalló el rodillo monoideológico y supremacista del capitalismo global, dejó inacabada su erradicación (optimizadora) de categorías esenciales de coexistencia, tales como la disonancia, lo ritual, lo improductivo, lo colectivo, la ineficiencia, el gozo, lo absurdo, lo carnavalesco, lo incapturable, la generosidad, lo impredecible, lo feo y lo escatológico. Los escenarios que hasta hoy leemos como «residuos» del avance épico (y necropolítico) de la globalización capitalista deben ser revisados como «testimonios excepcionales» de un habitar en la «negatividad». Quizás entonces aprendamos a reformular relaciones entre ciudades, ciudadanías, culturas, territorios y economías, para que puedan coexistir sin colapsar en la misma figura.

Valparaíso, en toda su decadencia deshuesada, nos ofrece en su diagrama urbano sus topografías, bordes, flujos, nocturnidades y monumentalidades, así como en su multiculturalidad mestiza (histórica y presente) y su banalidad, un palimpsesto arquitectónico, urbano y social que, pese a su reciente fractura entre lo supuestamente productivo y lo redundante, todavía no ha olvidado que la calle es su estuario social; su facilitador de cruces, encuentros, desencuentros y teatralidades generosas y abiertas a la proliferación infinita de nuevos injertos existenciales. Si, como dice Camila Vergara (2019), los logros parlamentarios obtenidos tras el estallido social han convertido a Chile en un «laboratorio para la democracia popular», nosotros nos permitimos el lujo y la osadía de ‘postular’ al Valparaíso conflictuado, disfuncional, teatral y consciente de su asfixia como patrimonio político vivo y no ‘museificable’ de los infinitos futuros poscapitalistas por imaginar y habitar si queremos superar las nubes negras que nos regala el presente ne(cr)oliberal.

1 Ver: «Humo de incendios forestales de Australia llega a Chile y Argentina», SBS Spanish, 7 de enero, 2020, https://www.sbs.com.au/language/english/humo-de-incendios-forestales-de-australia-llega-a-chile-y-argentina.

2 Los cerros porteños han quedado cercados por plantaciones forestales altamente inflamables amparadas por la ley de desarrollo forestal de 1974 (DL-701). A ello se suma la condición infraurbana y marginal de los sectores poblacionales lindantes con dichas plantaciones, en pleno abandono infraestructural, con sobreacumulación de basuras y construcciones «informales» altamente inflamables.

3 El Decreto Ley 600 (Estatuto de la Inversión Extranjera) estableció un sistema de incentivos y beneficios para que inversionistas extranjeros compitieran bajo un supuesto marco de «igualdad de condiciones» respecto a empresarios locales y corporaciones públicas. Su cuerpo legal facilitó la explotación privatizada de recursos extractivos y servicios esenciales (sanitarios, fondos de pensiones, abastecimientos, educación, etc.) hasta entonces cubiertos por empresas estatales.

4 Se denomina White Australia Policy al marco legal racista que rigió tanto políticas fronterizas como ordenamientos sociales en Australia hasta su derogación en 1973.

5 En 1975, el gobernador general era sir John Kerr.

6 Son varias las razones históricas que justifican la pasividad con la que el votante australiano ha dejado pasar las violencias antidemocráticas contra su país. Los fundamentos coloniales británicos enmarcaron al continente oceánico en una narrativa legal y cultural doble de «territorio virgen» (o Terra Nullius) y de «Estado penitenciario». Desde los primeros asentamientos invisibilizó a los aborígenes. Se negó su legado cultural y civilizatorio para evitar negociar condiciones de ocupación y gestión del territorio colonizado. Por otro lado, a partir de 1788 se importó mano de obra forzada a través del traslado de más de 160.000 presidiarios británicos. Los que no murieron en condiciones miserables de hacinamiento y explotación fueron premiados por su buena conducta con derechos residuales para sumarse a la orgía colonial.

7 El modelo de visados australiano favorece el flujo temporal de poblaciones flotantes esenciales para el esqueleto económico del país. En marzo de 2020, cerca de 2,17 millones de trabajadores extranjeros ocupaban visados de trabajo temporal y visados de estudios (estos últimos, empleados con frecuencia como tapadera para acceder a las «bondades» del mercado laboral australiano). Estos trabajadores carecen de cobertura social y sanitaria por parte de las instituciones estatales. Recientemente, ante el impacto económico de la Covid-19, el gobierno australiano rechazó dar cobertura económica a migrantes desempleados por el fenómeno e instó a trabajadores temporales «que no pudieran sufragar sus gastos esenciales a volver a sus respectivos países». Fuente: https://minister.homeaffairs.gov. au/davidcoleman/Pages/Coronavirus-and-Temporary-Visa-holders.aspx. Visitada el 10 de mayo de 2020.

8 Según Byung-Chul Han, el modelo neoliberal ha mutado la topología de la violencia paradigmática de «visible en invisible, de frontal en viral, de directa en mediada, de real en virtual (y) de física en psíquica», dando un giro de la «macrofísica» impositiva de la violencia «negativa» a la «microfísica» coercitiva de la violencia «positiva».

9 Ver: ABC News. «From A Single Lightning Strike to Australia’s Largest Bushfire». Disponible en: https://www.abc.net.au/news/2020-02-19/australia-bushfires-how-heat-and-drought-created-a-tinderbox/11976134?nw=0.

10 En 1964, Donald Horne publicó The Lucky Country, una crítica al carácter antiintelectual y pasivo de la Australia blanca. Irónicamente, hoy el término constituye una celebración hagiográfica del legado de cuatro décadas de crecimiento económico ininterrumpido.

11 Nos apropiamos del término ne(cr)oliberalismo, acuñado por Paul B. Preciado, como fusión de los términos neoliberalismo y necropolíticas.

12 Ver: https://data.oecd.org/inequality/income-inequality.htm. Visitado el 8 de julio de 2020.

ACOSTA, Sara. «¿Qué son las zonas de sacrificio de Chile?». El Diario, 5 de diciembre de 2019. Disponible en / accessible at: https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/zonas-sacrificio-chile-cumbre-clima_1_1205027.html.

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GRANDEZA

<gonzalo.valiente@uts.edu.au>
Compuesto por Amaia Sánchez Velasco (1985), los hermanos Jorge (1984)y Gonzalo Valiente (1982), y el arquitecto-escritor Miguel Rodríguez Casellas (1966), quienes comparten más que un interés en la docencia y un mismo centro de trabajo (UTS de Sídney). Desde distintas perspectivas, todos han experimentado en primera persona las nuevas geografías de violencia neoliberal y la necesidad de repolitizar la manera en que se piensa y ejerce la arquitectura. Lejos de recurrir a los lugares comunes de la reinvención y el emprendimiento, o al determinismo tecnológico que acuña la innovación como única ruta hacia la relevancia, el grupo explora las cualidades materiales y discursivas del diseño como herramienta clave de emancipación.