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La coexistencia entre chilenos y mapuche. Lo telúrico y el Estado: una aproximación a la cuestión mapuche.

Hugo Herrera

Profesor titular de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales, Santiago, Chile

El resultado del plebiscito del 25 de octubre de 2020, en el que la opción ‘apruebo’ se impuso por un margen sorprendentemente amplio, ha encaminado a Chile a un proceso constituyente que desembocará en una nueva constitución política para el país.

En las manifestaciones que condujeron a dicho plebiscito, una de las demandas más reiteradas tenía que ver con el reconocimiento constitucional a los pueblos originarios. No es casualidad que la bandera mapuche o el Wünyelfe – la estrella mapuche – estuvieran entre los símbolos más característicos del estallido.

Desde esa perspectiva y en esta coyuntura histórica, en este debate preguntamos si es posible que dos naciones coexistan o si esto puede llevar a un conflicto como el que se ha desarrollado entre judíos y palestinos. Pues, si bien estamos conscientes de que la relación entre el pueblo mapuche y el Estado de Chile ha sido compleja – al punto de que es un conflicto no resuelto de más de 500 años -, tal vez la nueva constitución sea la instancia precisa para enfrentar legalmente un problema que, a fin de cuentas, es un conflicto de coexistencia.

La instalación territorial ha sido asumida como una tarea inherente al Estado moderno. En ese sentido, la lucha entre el pueblo mapuche y el Estado de Chile se inserta en un contexto más amplio, que se repite en otras partes con la misma lógica: un Estado que se autocomprende como centro de impulsión y fuerza exclusiva (monopólica, diría Weber) sobre un territorio y sus habitantes.

Son criticables los abusos y el racionalismo cerril del Estado decimonónico chileno. No cabe, en cambio, espetarle ausencia de consciencia telúrica sobre el significado del territorio en la vida nacional. Esa consciencia está tras la expansión al norte, la ocupación del sur, el tendido de la red ferroviaria y el apoyo a los esfuerzos colonizadores; también en el diseño centralista de una organización que luchaba por la supervivencia en los márgenes del mundo ‘civilizado’.

El derrotero de la oligarquía, sin embargo, que al pasar las décadas abandonó sus haciendas y el contacto con la tierra para asumir una existencia cortesana en Santiago o en París, fue horadando la lucidez de una casta feudal, primitiva, pero con férreos lazos telúricos. Entonces, el transcurrir del tiempo pudo coincidir con el abandono de las provincias, que se fueron progresivamente vaciando de sus cabezas más egregias. El centralismo decimonónico era una decisión política. El centralismo actual es una negligencia. Es el no entender de una oligarquía encastillada en barrios segregados de la capital (y asépticos lugares de veraneo) que mira, en general, al pueblo en su tierra como a un grupo heterogéneo. Se llega a imaginar como la civilización gobernando la barbarie. El correlato son provincias preteridas, desprovistas, salvo excepciones, de vigor.

Hay un tipo de problemas que en Chile se acumula sin solución: los problemas telúricos. El norte es un desierto que avanza. Las faenas mineras son enclaves que no irradian vitalidad humana ni cultural. No emerge algo así como el Copiapó decimonónico y su exuberancia social y política. El valle central se seca. Se añaden las ‘zonas de sacrificio’. El sur austral persiste desconectado del resto del país y adquiere la forma de un inmenso parque nacional cuyos recursos y esplendor quedan vedados a la colonización chilena.

Un problema mayor, ligado al territorio, es el mapuche.

Élites desarraigadas y el racionalismo político centralista carecen de las capacidades para abordar los problemas territoriales severos. La figura del ‘delegado presidencial’, un político que es extraído de sus asuntos santiaguinos y va como en ‘comisión de servicio’ al territorio a tomar conocimiento de problemas que no podrá resolver, es la expresión palmaria de un sistema político telúricamente pernicioso.

El territorio no es eminentemente recurso natural, ni materia prima, ni provincia. Con énfasis diversos, Hölderlin, Hegel, Turner – o, más localmente, Lacunza, Mistral, Subercaseaux, Serrano, Oyarzún, Iommi, Teillier – han reparado en su significado. Es un todo de sentido en el que podemos hallar asiento, espacio de encuentro, suelo nutricio y esplendor; un contexto estético y vital de cuya plenitud o frustración también depende – y fundamentalmente – la plenitud o frustración humana.

Eones separan al pueblo mapuche de España y de Chile. Aún tras la mediación de siglos de interacciones recíprocas, la heterogeneidad persiste. Consta una asimetría funda-mental: de un lado, el racionalismo centralista negligente con el paisaje; del otro, la consciencia territorial ‘primitiva’ de la ‘gente de la tierra’, sin poder.

El racionalismo centralista no es, sin embargo, el único modo de la comprensión. Un entendimiento más cercano a la lucidez de los escritores, los poetas, los geógrafos y los arquitectos de la tierra sería una base para entablar un diálogo que se aparte de las formas más llamativas del desencuentro. Antes que con fórmulas intelectuales de modernos biempensantes, hay que comenzar desde el trato paisano con la tierra. Entonces cabría esperar una eventual sintonía compartida en la que devenga posible entenderse con quienes sienten y piensan así: desde la tierra. El Estado unitario moderno no es, tampoco, la única forma de organización política. América y la propia Europa son pletóricas en ejemplos, de raigambre india, bárbara, romana, feudal, regional, de maneras distintas de relación con la tierra.

El momento constituyente abre aquí una oportunidad. ¿No vale la pena pensar un regionalismo político que brinde reconocimiento a las identidades de los territorios mediante una institucionalidad espacial vigorosa, con pocas regiones dotadas de competencias políticas robustas y recursos económicos equitativos? Tal paso exige un esfuerzo especial a élites que se han desligado del territorio. Es una manera imprescindible, empero, de abrir espacios de reconocimiento efectivo a los grupos que, como el mapuche, son constitutivos de nuestra multiplicidad popular.

Hugo Herrera

<hugo.herrera@udp.cl>
Abogado, Universidad de Valparaíso. Dr. Phil. Universität Würzburg. Ha publicado artículos y libros sobre filosofía política, del derecho y epistemología, entre ellos Sein und Staat. Die politische Philosophie von Helmut Kuhn (2005), Carl Schmitt between Technological Rationality and Theology (2020), y Octubre en Chile (2020). Actualmente es profesor titular en la Facultad de Derecho de la UDP.