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Nos/otros: Fantasías geográficas, fricciones y desengaños

Lucía de Abrantes

Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES ), Universidad Nacional de San Martín (UNS AM), Argentina

Luciana Trimano

Investigadora de CONICET en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS -CONICET y UNC ), Argentina

Ricardo Greene

Centro Producción del Espacio, Universidad de Las Américas, Santiago, Chile

Si la coexistencia fuera fácil, simplemente no sería tema. Porque más allá de las idealizaciones, la práctica del encuentro con la diferencia es compleja y sus pliegues son rugosos. En base a ejemplos de personas que se van a vivir «lejos de la ciudad», este artículo describe el choque entre la cultura metropolitana y la rural, proponiendo alternativas para una posible coexistencia entre ambas.

INTRODUCCIÓN

«Hace 20 años estaba quietito todo», comenta una habitante nacida en una localidad serrana de Argentina. Luego, desde las metrópolis – afirma -, comenzaron a llegar nuevos residentes y formas de vida y, con ellos, el asfalto, los atochamientos, los malls, la densidad y la diversidad. Otro lugareño, esta vez de una localidad balnearia, concuerda: «todo esto empezó hace poco, con el crecimiento y las migraciones que llegan desde Buenos Aires». Más aún, asegura que estos cambios no son sólo materiales, sino que también impactan en las dinámicas sociales de modos no siempre bienvenidos: «vienen y se van quedando. Cada vez somos más. Este crecimiento de gente, de edificios, de la ciudad, fue cambiando nuestro paisaje, pero también el modo de relacionarnos (…) ya no nos conocemos todos y es difícil saber quién es quién».

En el escenario actual marcado por el coronavirus, los deseos de huir de la metrópolis se han intensificado, especialmente en profesionales jóvenes de clase media y alta, quienes calculan presupuestos y vitrinean propiedades lejanas fantaseando con otras vidas (Bontempo, 2020). Algunos agentes inmobiliarios hablan incluso de un «coronaéxodo» (Quiroga, 2020), donde la playa, el bosque, la montaña o la sierra se fortalecen como destinos apacibles donde asentarse de forma permanente o al menos pasar unos días de confinamiento. Así lo revelaron, por ejemplo, los atochamientos de las autopistas en días previos a decretarse la cuarentena.

Por otro lado, como el virus afecta principalmente a las grandes ciudades1, los cuerpos de los metropolitanos han sido reimaginados como amenazas biológicas, portadores de enfermedad (Figura 1). En las comunidades receptoras existe la sensación fantasmagórica de una horda foránea que llegará pronto a invadir sus paraísos inmunológicos. Como comentó un entrevistado: «¿Qué vamos a hacer cuando los de la ciudad se quieran venir en masa?». Desde ese lugar pueden leerse las improvisadas barricadas, la aplicación de hisopos de control, el despliegue de aduanas sanitarias o la implementación de exámenes de identificación, entre otras tecnologías diseñadas para limitar los flujos de cuerpos biopeligrosos desde «el afuera».

Figura 1. «Souvenir de la pandemia». Imagen que circuló luego de que el presidente Fernández declarara el 26 de junio 2020 que «el área metropolitana está contagiando al resto del país». © Coni Curi

Pese a los esfuerzos locales, muchos metropolitanos interesados en «lo natural» vienen migrando con fuerza desde los noventa2, cuando en las grandes ciudades comenzaron a brotar prácticas relativas a lo que Greene (2020) llama una «ética del confort»: la búsqueda de una vida «más pura» que implica, entre otras cosas, la recualificación de la familia, el cuidado del cuerpo a través del deporte y la dietética3, el desarrollo espiritual, ritmos menos frenéticos y un contacto más estrecho con la naturaleza. Esta forma de conducir la existencia suele encontrar en espacios geográficamente alejados – «el campo» – su locus ideal (Figura 2). Como nos dice una migrante: «Nos fuimos a buscar otra vida, otra forma más sana de vivir». La arquitectura latinoamericana contemporánea evidencia este movimiento, en tanto una de sus áreas más reconocidas internacionalmente ha sido el diseño de casas rurales de descanso para la élite, bucólicas e insertas en parajes aislados.

Ahora bien, los metropolitanos que deciden hacer sus maletas meten en ellas diversas fantasías sobre sus vidas futuras pero, al desempacar, la realidad rara vez se ajusta a sus anhelos. El campo ya no se agota en aquel «rural profundo» alejado de los procesos de industrialización, y las ciudades no-metropolitanas, lejos de ser utopías comunitarias, son testigos de profundos cambios y objeto de nuevas vocaciones. La burbuja pronto explota al encontrar que las comunidades receptoras no son tan abiertas como esperaban, la naturaleza es menos prístina que en la publicidad inmobiliaria y el trabajo termina siendo tanto o más intenso que en la capital. De modo que «llegar con el manual de permacultura4 bajo el brazo», como nos dice una entrevistada, no garantiza una vida plena.

Aunque no hay duda de que los metropolitanos están en todo su derecho de migrar y que sus acciones impulsan además una necesaria desconcentración de las ciudades primadas argentinas, tanto ellos como las autoridades rara vez toman las acciones requeridas para conducir de modo apropiado sus efectos y externalidades. Los movimientos poblacionales suelen desarrollarse sin la implementación de políticas públicas capaces de regular los modos de asentamiento y urbanización, y se producen, sin control, cambios radicales en los usos de suelo, amenaza a patrimonios paisajísticos, saturación de la infraestructura local, especulación inmobiliaria y segregación residencial (Llambí, 2004; Kay, 2009). Ante ese escenario, los residentes locales suelen resistir la llegada de «los de afuera», a quienes además temen por cargar con otros «vicios» como el modo de vida urbano o un orden moral diferente (Trimano, 2019). Como dice una residente de la localidad balnearia: «Este paraíso no se puede seguir destruyendo con las prácticas que importan desde Buenos Aires. Esta es una comunidad de gente de bien. La viveza porteña no la queremos acá».

En base a estos antecedentes, las investigaciones5 que hemos desarrollado en un conjunto de escenarios no-metropolitanos de Argentina indagan en las fantasías geográficas (Rowles, 1978) que configuran estos encuentros y fricciones, levantando un análisis acerca de cómo se construye – o no – un territorio común a partir de subjetividades diversas.

Figura 2. Aviso publicitario de Inmobiliaria Gutiérrez Palma, Traslatierra, Córdoba.© Eugenia Gutiérrez Palma

La transformación del territorio

Uno de los cambios que más resienten los locales es el impacto sobre las estructuras ecosistémicas. La llegada de migrantes tiende a desajustar las identidades morfológicas, arquitectónicas y paisajísticas instaladas en una antropización que produce tensiones anunciadas a nosotros en frases como: «ahora tenemos asfalto por todos lados», «cada vez nos parecemos más a una ciudad grande», «quieren poner semáforos», «avanzan sobre el bosque y el frente costero», «no respetan la relación que tenemos con nuestro territorio» y «acá están haciendo en un culito de tierra cinco cabañas y una casa». Lo que los residentes llaman «la esencia paisajística del lugar» se va horadando con el desarrollo de proyectos inmobiliarios (cabañas, urbanizaciones privadas, complejos turísticos, edificios en altura), emprendimientos comerciales (malls, gimnasios, peluquerías caninas, cadenas de restaurantes) y la ampliación de redes de infraestructuras vial y de telecomunicaciones, artefactos muchas veces levantados de modo «poco amigable» con el entorno.

En la localidad balnearia, estas transformaciones se pueden observar en el modo en que la ondulación de la trama urbana originaria – calles que se pliegan a la fisionomía de los médanos – comenzó a dialogar con la cuadrícula: vías paralelas, asfaltadas y con una disposición más densa de viviendas (Figura 3). Algunas de las imágenes encontradas en el archivo local exponen también un proceso de multiplicación de edificios en altura que va ganando terreno a los chalets californianos de techos a dos aguas, vivienda característica de la primera urbanización de la Costa Atlántica argentina (Pastoriza y Torre, 1999), desplegando así una ocupación diferente del

Figura 3. Imagen satelital de la ciudad de Villa Gesell, con ondulaciones hacia la costa y cuadrícula hacia el interior. Fuente: Google Earth

La mancha urbana, por su parte, suele avanzar siguiendo la forma de urbanizaciones privadas, las que presentan una arquitectura diferente a la tradicional. Esto evidencia percepciones divergentes en cuanto al «gusto legítimo» (Bourdieu, 2010) y a los atributos del paisaje. La publicidad inmobiliaria cumple un rol importante en ello, apuntalando los imaginarios que los metropolitanos hacen circular acerca de los territorios de menor escala, volviéndose generadoras de la construcción idílica de un «campo» que no se condice con la realidad. La romantización de la naturaleza no contempla las inclemencias climatológicas, la fauna local ni los imprevistos a los que están sometidos los habitantes autóctonos (Carman, 2011; Girola, 2004). Como sostiene una joven migrante de la localidad serrana: «Cuando vinimos, no pensamos que iba a ser tan difícil pasar el invierno».

No es sólo el paisaje, sino también el entorno construido lo que se idealiza. Desde la arquitectura, no es raro que algunos de los profesionales más destacados de Latinoamérica hayan obtenido reconocimientos con viviendas levantadas en entornos rurales diseñadas no para residentes locales, sino para una élite migrante. Casas como la Reutter de Klotz (Chile), Las Anitas de Benítez (Paraguay) o la Casa de Hormigón de Kruk en Mar Azul (Argentina) (Figura 4) son parte de esta tendencia.
Si no optan por la construcción de nuevas viviendas, muchos de los migrantes deciden refaccionar casas antiguas, emprendiendo procesos de reconversión del patrimonio arquitectónico tradicional por estilos foráneos como el Shabby Chic, Country Bohemian o Cottage Style. El caso serrano muestra una infinidad de expresiones como estas (Figura 5) y no es raro que circulen en revistas de diseño, reforzando la lectura urbana sobre el mundo rural.

Figura 4. Casa de Hormigón, de Luciano Kruk y María Victoria Besonías, ubicada en Mar Azul (Argentina). © María Victoria Besonías

Figura 5. Casa en una finca, Traslatierra, Córdoba. © Daniel Karp

Estas viviendas, por lo general, conservan sus fachadas pero en su interior experimentan reacondicionamientos importantes: se rediseñan los espacios, se botan muros, se refaccionan las cocinas y se instala wifi y calefacción central, así como otros elementos comunes en viviendas urbanas. De este modo es posible residir en entornos «naturales», aparentemente rústicos, sin sacrificar en comodidad. Una lugareña serrana nos dice: «No sabes los gritos que escuchaba de la vecina del frente cuando llegó, porque acá en invierno es muy común que se te congele el agua de las cañerías, ¡no sabes las cosas que decía esa mujer!».

Las transformaciones de los escenarios rurales y no-metropolitanos se ven acompañadas también de procesos de estratificación social, los que encuentran su expresión en el espacio. En la localidad balnearia, las zonas de cercanía a la playa y al bosque son habitadas por la élite local y es sobre aquellas que se vuelcan las políticas públicas destinadas a embellecer, regular y ordenar el espacio. En la serrana, por su parte, la posibilidad de estar cerca de la sierra, tener una casa con vistas y habitar un área lo menos densa posible se convierten en elementos de deseo y competencia que articulan los procesos de segregación.

La elitización de la naturaleza opera como una máscara de estos procesos: «Esta zona dicen que es más linda y exquisita porque trajeron árboles de Europa», «si te fijás, todas las casas lindas están en el bosque y cerca del mar», «hay una gran división que se expresa en la estética de las casas y en la cercanía a la naturaleza». Las fronteras sociales y materiales, como efecto de la migración, se trazan sobre el espacio a partir de la localización de este recurso (De Abrantes y Trimano, en prensa).

Algunas apelaciones a la naturaleza, incluso, pueden volverse argumentos para el ejercicio de una «violencia civilizada» (Carman, 2011) sobre aquellos considerados «otros», «rústicos», «salvajes», «paisanos» o «pobres». La siguiente reflexión de un recién llegado a la localidad serrana, sobre el proceso de desmalezamiento que realizan los lugareños, retrata este ejercicio: «El peón es obligado a matar las especies de su propio hábitat. ¿Cómo te podés sentir si tuviste que liquidar tu hábitat, con el que tenías una relación anímica?».

El crecimiento residencial no es el único proceso que impulsa mutaciones morfológicas y arquitectónicas. El turismo es otro factor capaz de desplegar disputas entre ideas de desarrollo y conservación (Urry, 2002). El avance de la frontera urbana, a partir de la conformación tanto de urbanizaciones residenciales como turísticas, compite por el suelo y el agua, desplazando, en algunos casos, a quienes moran y trabajan en dichos escenarios. Los proyectos inmobiliarios aprovechan, por un lado, los bajos valores del suelo rural, así como su rentabilidad posible en tanto futuro sector urbano, lo que es especialmente valioso en sitios de potencial turístico. A su vez, estas dinámicas impulsan formas de resistencia colectivas, que dan cuenta del control sobre la producción y la reproducción de los modos de habitar. El resultado de estos cruces es una zona en tensión donde coexisten, por un lado, el mercado inmobiliario que, en complicidad con sectores políticos venales, busca beneficios privados de corto plazo sin responder a un bien común a escala regional (Figura 6) y, por otro, una población que se organiza para ejecutar ordenamientos territoriales6 que promuevan un desarrollo sustentable.

Figura 6. La propuesta para desarrollar el barrio cerrado El Salvaje sobre la reserva natural más importante del Partido de Villa Gesell generó descontento, disputas y manifestaciones en la comunidad local. Fuente: Por los autores, imagen con superposición del plan maestro de El Salvaje sobre planimetría de Google Earth.

Tensiones y encuentros

Las localidades de estudio son espacios donde confluyen grupos sociales en tensión, cuyos intereses disímiles producen una geografía particular. Parte de este desencuentro ocurre porque quienes migran a localidades rurales o citadinas7 suelen acarrear consigo subjetividades y prácticas urbanas. Su mudanza, podríamos decir, es más espacial que cultural y terminan replicando aquello de lo que intentaban escapar.

Esta configuración se puede observar en la disparidad de ritmos. Los metropolitanos se mudan con la intención de «volver» a cierto estado natural de tranquilidad, capital del que disponen los lugareños, aparentemente, de manera innata. Como nos señala un migrante: «Trabajaba 12 horas diarias en Buenos Aires. (…) Tenía dinero, familia-tipo, eso que llaman ser feliz. Tuve una crisis existencial, renuncié a todo y decidí irme. Acá tienen una tranquilidad envidiable, uno no nace con esa paz interna». Sin embargo, pronto se dan cuenta que el mayor desafío es reorganizar su propia temporalidad; al respecto, otra migrante nos dice: «cuando llegué (…) no sabía qué hacer con el tiempo, era como si me sobraran horas. Estuve bastante confundida hasta que me fui acomodando a la rutina de este lugar».

El capitalismo constituye una subjetividad difícil de desmantelar. Por mucho que se desee abandonarla, los metropolitanos llegan, como indica un serrano, «con un ritmo acelerado y hay que adaptarse. La gente acá maneja otras velocidades. En el valle no ando apurado, pero siento que tengo que cumplir horario con el paisaje» (Figura 7). En un sentido similar, un migrante se declara estupefacto cuando las lógicas temporales no responden a las metropolitanas: «¿Qué pasa con los negocios de esta ciudad? – se pregunta – ¡no entiendo cuándo abren y cuándo cierran! Es imposible (…) acá hay otros tiempos». Estas disonancias también son detectadas por los locales, quienes afirman: «Los que llegan no se bancan el ritmo (…) te das cuenta quiénes son (…) Vienen buscando tranquilidad, pero el mozo tarda y ya están moviendo la patita en tono impaciente. Eso va generando cambios en nuestros tiempos».

Figura 7. «Vivir sin prisa» es el eslogan de Mar de las Pampas (Partido de Villa Gesell), ciudad balnearia que se postula, bajo el movimiento de la slow city, como «patrimonio de la lentitud». © Gabriel Noel, autor del artículo “De la ciudad slow a vivir sin prisa”

Por otra parte, para los locales la región es vivida desde una cotidianeidad histórica, marcada por el esfuerzo de generaciones y el «trabajo de sol a sol», donde los paisajes otorgan un marco de identificación colectiva. Bien lo expresa el siguiente testimonio de un serrano: «En el camino trabajamos la gente de la zona. (…) Todas esas piedras que están ahí las peleábamos con barreta. El trabajo era de “sol a sol”, le pusimos mucho esfuerzo a nuestro lugar: ¿cómo no lo vamos a defender?». En un sentido muy diferente, el vínculo de los «venidos de afuera» con el territorio se experimenta como vía de escape y reencuentro con «lo esencial»; como contemplación y deseo de arraigo en un lugar y en un tiempo idealizados (Trimano, 2017). Como bien lo describe una migrante instalada hace más de quince años en la localidad serrana: «Vivir en la naturaleza te permite dimensionar realmente lo que sos, te sentís vivo. En las grandes ciudades eso ni se considera. Levantarte a la mañana y sentir el manto verde. A mí, este lugar, me salvó».

Aunque los migrantes motorizan utopías alternativas8, en ellas se mantienen las relaciones de poder y distinciones de clase: «Llegué al valle hace 20 años, imaginate lo que conozco este lugar (…). Recién hace un par de años me siento arraigada, me costó mucho (…). Con los locales tengo buen vínculo pero no me junto a cenar». Esta representación también puede ser comprendida en términos de lo que Sennett (2002) llamó «la celebración del gueto»; como dice una metropolitana afincada en las sierras: «Es una gran comunidad, tengo mucha gente conocida en el valle; un tipo de gente parecida que sale de las ciudades en busca de vivir ritmos más naturales». Los metropolitanos imaginan el paisaje local como un territorio sacro, pero suelen omitir del relato a los nativos9, tanto en su dimensión histórica como presente, y tejen sus lazos cotidianos sólo con quienes comparten trayectorias, produciéndose así una especie de «rivalidad por la autoridad simbólica» (Thompson, 1995) del lugar entre los distintos actores.

Todas estas expresiones de una coexistencia tensionada nos impulsan a reflexionar sobre los modos en que las externalidades podrían llegar a reducirse. En un contexto atravesado por una crisis sanitaria que ha despertado una serie de fantasías geográficas capaces de intensificar esta tendencia migratoria así como sus impactos, fricciones y desengaños, ¿será posible pensar en una coexistencia armónica entre los unos y los otros? O incluso más, ¿será posible la configuración de un «nos/otros»?

Habitar en las diferencias

La migración desde la gran ciudad a entornos no-metropolitanos10 se caracteriza no sólo por un desplazamiento geográfico, sino también por la transformación radical de todos los actores y localidades involucradas. Este despliegue de alteridad agudiza preguntas sobre la identidad territorial: ¿qué somos: un pueblo, una ciudad; un paisaje prístino, uno artificial; la trama ondulante, la cuadrícula; la naturaleza, el cemento; la especulación in-mobiliaria, la defensa de la tierra? Como también, dudas sobre la identidad cultural: ¿quiénes somos: «lugareños», «nacidos y criados», «recién llegados», «nativos», «migrantes», «de acá», «de allá», «de afuera», «de adentro»?

Ante esta coexistencia de subjetividades, paisajes, viviendas, temporalidades y morfologías cabe preguntarse: ¿de qué manera es posible negociar la transición y la frontera? ¿Cómo construimos una «limitrofía» que consista, como sugiere Derrida (2008:46), «no en borrar el límite sino en multiplicar sus figuras, complicar, espesar, desalinear, plegar, dividir la línea precisamente haciéndola crecer y multiplicar?» Los casos más exitosos que hemos relevado en terreno nos muestran que sí es posible habitar en las diferencias. La convivencia en el territorio atenúa sus fricciones cuando, primero, los metropolitanos ponderan anticipadamente las ideas que manejan sobre los territorios de menor escala, cautelando sus fantasías y anticipando las consecuencias de su migración. Los locales, por su parte, producen espacios más prósperos cuando reconocen el derecho de otros a migrar y ofrecen – pero también exigen – respeto y reconocimiento tanto a las distintos modos de vida como a los territorios y sus patrimonios: «Quizás llegó el momento de aprender a convivir sin problemas, respetando lo que cada uno trae consigo», nos dijo una habitante de la localidad balnearia para hablarnos sobre el potencial que acarrea «el aprendizaje de lo que cada grupo tiene para compartir» (Figura 8).

Figura 8. Evento de Traslasierra Jazz Club. © Andrea Induni

El trabajo de campo nos ha mostrado las virtudes de los saberes cruzados: «Estas viviendas nuevas que hacen los porteños nos molestan porque no tienen nada que ver con el espíritu de este lugar», sostuvo un lugareño de la localidad balnearia, «pero la verdad (es que) nuestra arquitectura ya está bastante vieja. Hay que poder reconocer que está bueno lo que hicieron». Es poner en valor los «cruces», como diría Preciado (2019). Por otra parte, como nos comentó un arquitecto local, además de transmitir ciertos saberes situados a los recién llegados, los locales tienen que poder desarmar algunas asociaciones monolíticas que han construido sobre ellos:

También había que negociar con los que iban llegando. Decirles: no pueden hacer lo que quieran (con sus casas). Acá había formas, normativas, toda una relación especial con el entorno, con los materiales, como la madera, y había que enseñarles (…) y eso funcionó bien (…) al final ellos también vinieron para vivir en este paraíso y quieren cuidarlo.

En un sentido similar, una serrana nos habló sobre la movilización de ciertos recursos estratégicos, señalando que no sólo las personas, sino también las instituciones deben albergar las diferencias:

Hay gente que piensa que «los de afuera» quieren cambiar al pueblo y no es así; al contrario, ayudan a este pueblo. Estuve en la cooperadora de la escuela durante seis años, viviendo de todo, porque era una escuela rural muy pobre; y vino «gente de afuera» que por ahí traía un cargo o conocía a alguien en el Ministerio de Educación y conseguía lo que nosotros no pudimos por años; eso aporta muchísimo.

Sin embargo, para lograr habitar en estas diferencias, debieran garantizarse ciertas condiciones estructurales. Más allá de las fantasías y los desengaños, diversos actores señalan que estos procesos migratorios generan fricciones si no se acompañan de políticas públicas, trabajo con las comunidades y desarrollo de infraestructuras capaces de gestionar las nuevas marcas materiales y sociales. Así también, los actores entrevistados señalan la necesidad de herramientas territoriales que puedan contener y conducir la especulación inmobiliaria, a la vez que proteger los patrimonios locales. Con ello, hay que asumirlo, se comienza a producir socialmente un espacio diferente, ni «rural» ni «urbano» como programas en pugna, sino un nuevo lugar de encuentro.

En este punto, cabría preguntarse si el fenómeno que observamos remite, simplemente, a la interacción de «comunidades individualistas» que coexisten territorialmente en el limbo de la diferencia o si, por el contrario, existe una solidaridad latente que, sesgada por la lógica binaria, no encuentra aún su modo de formulación intersticial. Si nos atrevemos a pensar más allá de las distancias que nos separan, quizás sea posible rastrear prácticas de «comunalización» que arrojen luz sobre la coexistencia de un nos/otros. Esto implica que la pregunta por el «quién», tan gravitante en estos escenarios, sea reemplazada por la del «qué» tipo de coexistencia es posible. En un contexto como el actual, plagado de incertidumbres sobre los futuros próximos, una entrevistada de la localidad serrana nos dijo:

Entendí por qué lo colectivo me inspira. La fuerza, los proyectos, la risa, la lucha del otro, como un injerto, brota en mí, y florece. Así que vuelvo a decir, llevo bien el confinamiento, me ayudó a descubrir que si soy con otros, soy fuerte. Que tanto tiempo aislados no sea en vano. Cuando esto se termine hay que seguir construyendo lo común.

Repensar las complejidades territoriales desde una nueva gramática que permita imaginar otra organización social de las formas de vida sirve de puntapié inicial para cuestionar narrativas y trazar otros horizontes posibles. Las migraciones metropolitanas cartografían una nueva sociedad, con renovadas e inesperadas formas de producción y reproducción de la vida. La coexistencia alimenta la incertidumbre y, por tanto, la extrañeza. Esto no debe evaluarse como una debilidad, sino que por el contrario, en su potencia transformadora. Como plantea Turner (1988), debemos ponernos en presencia de la capacidad inventiva de una sociedad, ahora impactada en las vísceras de su normalidad.

1 El Área Metropolitana de Buenos Aires concentra, en la actualidad, más del 95 % de los casos positivos de Covid-19 del país.

2 La tendencia migratoria desde las grandes ciudades hacia escenarios pequeños y medianos se sustenta en datos de los últimos cuatro censos (1980, 1991, 2001, 2010), que confirman que el Área Metropolitana de Buenos Aires – la ciudad capital y su conurbano – ha mantenido su población estable durante cuatro décadas, mientras que algunas ciudades no-metropolitanas, e incluso áreas rurales distantes, han crecido en hasta un 50% (Piccinini, 2015).

3 Como una forma del dominio de uno mismo sobre sí (Foucault, 1984).

4 Permacultura es un sistema de principios de diseño agrícola y económico, político y social basado en los patrones y las características del ecosistema natural.

5 Este artículo se basa en trabajos de corte etnográfico desarrollados en dos localidades argentinas: la primera es una ciudad balnearia, de 40.000 habitantes, situada en el litoral Atlántico de la provincia de Buenos Aires; y la segunda es una localidad serrana, rural, ubicada en la región de Traslasierra, Córdoba. Ambas pertenecen al corredor turístico y presentan una gran potencialidad analítica debido a la fuerza, tanto cualitativa como cuantitativa, que viene adquiriendo en ellas el flujo migratorio metropolitano. La metodología se sustenta en un trabajo de campo prolongado (2010 hasta la actualidad), que involucra la aplicación de diversas técnicas de recolección de datos: entrevistas en profundidad, observaciones, recorridos comentados, mapeos colectivos, historias de vida y análisis de fuentes documentales, entre otras.

6 En Argentina, los planes de ordenamiento territorial son herramientas que, desde un enfoque ecosistémico, suelen utilizar las comunidades como formas de resistencia colectiva a fin de asegurar su participación y consulta en la gestión del habitar (De Abrantes y Trimano, en prensa).

7 Entendida como el modo de vida predominante en ciudades no-metropolitanas (De Abrantes y Greene, en prensa).

8 Proyectos que ponen en valor a la economía familiar y regional e intentan realizar experiencias autogestionarias de horizontalidad: la actividad agrícola tradicional, la reactivación de huertas, la agroecología, el fortalecimiento de los mercados de cercanía, las redes colectivistas de productores o el comercio directo son algunas de las prácticas más sobresalientes.

9 En una operación equivalente a la realizada por los colonos en los procesos de ocupación del sur del país o de los residentes de barrios cerrados en la urbanización de los suburbios metropolitanos (Greene, 2020).

10 Este fenómeno también es estudiado en otras latitudes, reconstruyendo las particularidades propias de los territorios que se abordan (Moss, 2006; Rivera, 2007; Nates Cruz y Raymond, 2007).

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Ricardo Greene

<ricardo.greene@edu.udla.cl>
Sociólogo, magíster en Desarrollo Urbano y doctor en Antropología por Goldsmiths, University of London. Fue director de FIDOCS y de FILIT, y director de la Asociación de Documentalistas de Chile (ADOC) y de la Asociación de Editores de Chile. Hoy dirige la revista y editorial Bifurcaciones, el proyecto cronofotográfico Esto Es Talca y la plataforma audiovisual CinEducación. En su trabajo reciente destacan el documental The Absence (2018, JAF) y el libro Conocer la ciudad (2018). Es parte del colectivo Cosas Maravillosas.

Lucía de Abrantes

<deabranteslucia@gmail.com>
Socióloga, Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), magíster en Antropología Social, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), becaria y doctoranda en Antropología por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Es docente de la UNSAM y participa activamente del programa, radicado en esta universidad,
«Migraciones y transformaciones sociales en aglomeraciones medianas y pequeñas».

Luciana Trimano

<lucianatrimano@conicet.gov.ar>
Licenciada en Comunicación Social, Universidad Nacional de Córdoba, 2007. Doctora en Comunicación Social, Universidad Nacional de Córdoba, 2014. Posdoctorado en Ciencias Humanas y Sociales. Universidad de Buenos Aires. Argentina, 2017. Sus principales líneas de trabajo son los procesos comunicacionales generados por las movilidades residenciales y la contraurbanización. Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONI CET) en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS-CONI CET y UNC), Argentina.