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Una historia de habitar en femenino. Redefiniciones de lo doméstico en la autobiografía de María Elena Moyano y la organización de mujeres de Villa El Salvador

Mariana Jochamowitz

Profesora, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, Perú.

Nicolás Rivera

Profesor, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, Perú.

Un espacio reservado al cuidado – en tanto trabajo reproductivo – es indudablemente el espacio doméstico. Sin embargo, estas labores pueden tejer redes que rebasan el límite doméstico, posicionándose a escalas colectivas y barriales como sistemas de resistencia y de construcción de comunidad. La autobiografía de María Elena Moyano, activista política peruana, da cuenta de cómo el cuidado puede convertirse en una herramienta de constitución política y movilización social, reelaborando y ampliando tanto la escala doméstica y sus roles en favor de una comunidad.

La autobiografía1 de María Elena Moyano, publicada de manera póstuma en 1993, es un testimonio de una de las experiencias más importantes de organización femenina en torno a una agenda del cuidado en la historia del Perú. Moyano, líder de la organización de mujeres del distrito de Villa El Salvador2, luchadora social y activista política, dejó el manuscrito incompleto cuando en febrero de 1992 fue violentamente asesinada por el grupo terrorista Sendero Luminoso. La autobiografía, al mismo tiempo documento íntimo y manifiesto político, teje una historia donde lo doméstico supera el aislamiento de la casa familiar, la contesta y se desborda a la vida de la ciudad para convertirse en el centro de un proyecto político y social.

Fig. 1 Inicios de Villa El Salvador, Lima, Perú, 1971.
© Asociación Amigos de Villa

Fig. 2 Inicios de Villa El Salvador, Lima, Perú, 1971.
© Asociación Amigos de Villa

La ciudad sin muros

El día 14 de mayo (de 1971) los diarios anunciaban que el gobierno, como una muestra de su compromiso con el proceso revolucionario iniciado en 1968, ordenaba la reubicación de 2.300 familias en la zona de la Tablada de Lurín, 20 kilómetros al sur de Lima. Allí se construiría una gran urbanización popular, una «ciudad modelo» que tendría por nombre Villa El Salvador. (Blondet, 1991:29)

Ese día, los pobladores llegaron en camiones del Ejército a una planicie desértica desconectada de la ciudad, a pocos kilómetros del borde marino. Era un territorio por conquistar; vacío, eriazo, seco y arenoso. La única referencia a una idea de ciudad era un plano3, una grilla de rectángulos regulares, trazada en gabinete a varios kilómetros de distancia, que debía superponerse a la superficie indefinida del arenal. A cada familia se le asignó un lote idéntico de 7 por 20 metros. Siguiendo la grilla invisible, se levantaron las primeras chozas sobre el suelo del desierto.

En la noche recién terminamos de hacer la choza. Eran cuatro esteras como un cuadrado y una encima. Recuerdo que hacía mucho viento y de noche casi se salía el techo de estera. Era todo oscuro y solo se escuchaba el silbido del viento. No teníamos ni vela. Toda la noche mi hermana y yo no dormimos. Yo, al igual que mis hermanos, le decíamos a mi madre que esto era horrible, le decíamos «¿y ahora qué hacemos?», pero mi madre sólo pensaba que al fin nadie nos iba a botar de las casas alquiladas y que aquí algún día construiríamos nuestra casa. (Moyano, 1993:63)

Fig. 3 Inicios de Villa El Salvador, Lima, Perú, 1971.
© Asociación Amigos de Villa

Sin embargo, la ‘casa propia’ de ladrillo y concreto de los pobladores de Villa El Salvador tendría que esperar unos años. Mientras tanto, tuvieron que habitar en una suerte de campamento, una ciudad sin muros formada por chozas de caña tejida. Las construcciones de esteras y palos no podían establecer una separación sólida entre la ‘casa’ y la ‘calle’, entre interior y exterior. En estas estructuras, el viento y la arena, el calor y el frío, la luz y el sonido se colaban por cada rendija de las paredes tejidas. Lo mismo sucedía con la vida doméstica involuntariamente expuesta al mundo exterior. Conversaciones, olores, escenas domésticas y bienes materiales queda-ron vulnerables a los demás habitantes del desierto. En las construcciones de esteras y palos no sería preciso hablar de vanos, de puertas o ventanas – elementos de control en relación a lo que entra y sale del espacio -. En su lugar, había una porosidad, una gradiente de aperturas y cerramientos que operaban en gran medida al margen de la voluntad de los habitantes de la choza.

En los primeros años de Villa El Salvador, encontramos una condición material que no se ajusta a la ciudad moderna, ya que no establece una separación entre lo público y privado. Por el contrario, su sistema de paredes porosas nos remite a otros modelos de asentamiento. Consideremos las palabras ‘pared’ y ‘muro’ que hoy utilizamos casi como sinónimos, pero que en su origen tienen funciones diferenciadas. ‘Muro’, que proviene del latín murus, se refería a la muralla que encerraba la ciudad medieval. Su función militar de protección producía una separación tajante entre adentro y afuera, entre ‘nosotros’ y los otros. Por otro lado, ‘pared’, que proviene del latín paries, nombraba a todas las particiones verticales del tejido edificado de la ciudad, ya fueran interiores, exteriores, estructurales o no portantes. Con el tiempo, las connotaciones de exclusión y protección del murus se trasladaron a los límites de la propiedad familiar, con lo cual el ‘nosotros’ se redefinió alrededor de la familia en lugar de la comunidad. La paries, que conformaba el interior de la ciudad, se replegó a las particiones interiores de las edificaciones y, a partir del siglo XVI, adquirió connotaciones incluso más internas, utilizándose hasta el día de hoy para nombrar también los límites de los órganos del cuerpo4. Esta acepción es, quizás, la más cercana a su definición original como un límite difuso, poroso y permeable, y que resuena con la situación material del asentamiento inicial de Villa El Salvador.

En la ausencia del muro, Villa El Salvador se constituyó en sus primeros años como un gran interior subdividido por paredes permeables de esterillas. En el campamento de esteras y palos, el interior no le pertenecía a la casa sino al conjunto. Esta condición material, sumada a las necesidades por construir una infraestructura urbana mínima para habitar el desierto, así como otros factores políticos y económicos, consolidaron estrechos lazos comunitarios que superaron la organización familiar tradicional de la sociedad. Esta condición material fue una de las razones que permitió a las mujeres ‘salir’ de la casa y tener un rol significativo en las organizaciones vecinales. La ausencia del ‘muro’ de la casa no sólo propició la salida de la mujer a la esfera pública, sino que convirtió los problemas familiares en problemas vecinales y, por ende, públicos. En sus inicios, las organizaciones vecinales adquirieron autoridad sobre aspectos públicos – como el abastecimiento de agua potable, electricidad y el asfaltado de las vías – y sobre las intimidades domésticas de los pobladores (Blondet, 1991:73). Esto se hace patente en el testimonio de Bertha Jáuregui (EnMovimiento, 2021).

Porque el machismo era imperante, te repito. No te permitían salir. Si tú salías y regresabas más de las seis de la tarde, ya era todo un problema en cada hogar. Y María Elena tenía la capacidad de reunirnos y dar directivas que, por ejemplo, si una mujer era maltratada teníamos que avisar con pito, porque a través de las esteras una escuchaba el maltrato, no solamente verbal sino físico, contra las mujeres.

Los sonidos del maltrato y de los pitos de denuncia viajaban sin obstrucciones entre las esteras y el vacío del arenal, obligando a la comunidad a reconocer estas situaciones como un problema de todos. En este paisaje sin muros se produjo el escenario para que lo doméstico irrumpiera en la esfera pública y para formar las alianzas, las redes de cuidado y solidaridad entre mujeres que les permitieron superar el aislamiento tradicional del interior doméstico e, incluso, empezar a cuestionarlo.

El trazado de la casa bonita

Yo recordaba cuando nos desalojaron de la última casa y nos embargaron los muebles, y tenía más fuerzas para soportar y esperanzas para tener una casa bonita con una salita, una cocina, un baño y los dormitorios. (Moyano, 1993:63)

En cada choza del arenal habitaba el fantasma de la ‘casa ideal’. La motivación principal de las mujeres de Villa El Salvador para dejar la ciudad y soportar las duras condiciones de habitar el desierto fue la ilusión de construir una casa propia, lejos de la angustia de la renta, los embargos y la tugurización (Blondet, 1991:61). Sin embargo, la casa soñada no se limitaba a una condición de propiedad. Las descripciones revelan que está asociada a una idea muy precisa. Es una casa que contiene un número y tipo conocido de cuartos; una casa que la madre, sin ningún conocimiento profesional sobre el diseño, era capaz de trazar sobre la arena y que todos los participantes de esa conversación reconocen como una ‘casa bonita’. La casa descrita corresponde a la tipología de la casa unifamiliar moderna, organizada a partir de espacios definidos por su función y por el esquema social de la familia nuclear.

La casa con la que sueñan Moyano y su madre es un artefacto que tiene su propio «origen y propósito», como diría Robin Evans (2005:70). La casa moderna unifamiliar, aquella que describen, surge con el capitalismo industrial y se define a partir de dos separaciones completamente nuevas a la arquitectura tradicional doméstica. La primera es una separación tajante entre el mundo público del trabajo y la esfera doméstica, privada y de descanso del trabajador. La segunda establece una separación de género que define la esfera pública con lo masculino y las nuevas connotaciones privadas de la casa como femeninas (Heynen, 2005:9). De esta manera, la casa moderna redefine a la mujer como un sujeto al que le corresponde únicamente el interior doméstico, aislado de la ciudad. La casa ideal exige un tipo de familia, y particularmente, un tipo de ‘mujer moderna’ que deberá llenarla, cuidarla y mantenerla. En el caso de las mujeres de Villa El Salvador, el sueño de esta casa ‘natural’ y su rol dentro de esta siempre estará en ten-sión con sus conquistas de la esfera pública.

Ocho meses vivo en ese departamento, haciendo de ‘madre y esposa ideal’, pero no pude soportar la indiferencia de la gente. Cada uno vivía su vida; ni siquiera conversaba con alguien. Sólo amanecía para cuidar a mi hijo y esperar el regreso de mi esposo. (Moyano, 1993:72)

Moyano reconoce en el texto que a la familia ideal le corresponde sólo un tipo de espacio físico: privado y separado de otras familias nucleares. La familia ideal vive en una casa de muros. La experiencia de este espacio, en su relato, viene acompañada de una situación de aislamiento que le significó un conflicto esencial entre su deseo de ser la madre y esposa ideal y sus aspiraciones como individuo y líder social. Este aislamiento contrastaba con la experiencia de vida pública que compartía con las mujeres de Villa El Salvador y que trascendía los límites de la casa unifamiliar moderna con la que siempre había soñado, pero que hasta ese momento nunca había habitado.

Fig. 4 María Elena Moyano con el Rey Juan Carlos de España, 1987. Ceremonia de entrega a Villa El Salvador del premio Príncipe de Asturias de la Concordia.
© Asociación Amigos de Villa

Fig. 5 María Elena Moyano y Michel Azcueta, 1991.
© Asociación Amigos de Villa

La ocupación del Pachacútec

A partir de entonces, esta etapa en mi vida me marca mucho. Ya no vivía en mi casa: vivía en el colegio, el ‘Pacha’. Dejé a mi familia. Durante todo el tiempo de la huelga tenía otra familia. Mi madre era la ‘Comandante Cero’ y mis hermanos los profesores, alumnos y animadoras que estábamos en este colegio. Era nuestra casa. (Moyano, 1993:68)

En 1979, el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú (SUTEP), como parte de una serie de huelgas exigiendo mejoras salariales, tomó múltiples locales escolares en barrios populares. Los maestros contaban con el apoyo de la comunidad y los locales ocupados se convirtieron por semanas en grandes centros de encuentro social y discusión política (Blondet y Trivelli, 2004:37). Los jóvenes de Villa El Salvador, organizados en grupos de canto y teatro, visitaban los colegios para mostrar apoyo a sus maestros y las mujeres organizaron ollas comunes5 en los locales para alimentar a los manifestantes. Moyano participó de la huelga magisterial en representación de los centros de educación inicial de Villa El Salvador. Recuerda la experiencia como un punto de quiebre en su historia política. Es la primera vez que habitó un lugar distinto a la casa de su madre y, a pesar de la evidente distancia entre la casa familiar y el local educativo ocupado por una manifestación política, Moyano relata la experiencia a partir de la medida de lo doméstico. Esta descripción familiar revela que detrás de la operación política hubo vínculos estrechos de cuidado entre los ocupantes. Sostener la manifestación y la ocupación física del colegio requería de varios actos diarios como alimentarse, protegerse, curarse y acompañarse. Estos actos de cuidado esenciales resignificaron lo doméstico en la esfera pública. En la descripción de Moyano se transforma el espacio público del local educativo en un espacio doméstico y, en ese proceso, se redefine lo doméstico como algo que puede ser público y político.

Disponer objetos y cuerpos en combinaciones inusuales, nos sitúa en territorios nuevos e inexplorados. Perdidos en el espacio, con nuestros dispositivos de mapeo cognitivos desestabilizados, imaginamos una nueva poética de espacio y tiempo. (…) Se crean vínculos entre objetos reales, objetos reales e imaginarios, y sujetos reales e imaginarios – los sueños se viven, las vidas se sueñan. (Rendell, 1998:144)

Transgredir el límite entre lo público y lo privado, como la ocupación doméstica de una infraestructura pública, abre territorios para la redefinición de sujetos y de objetos. Si la casa familiar construye a la mujer como un sujeto fuera de la vida pública y a cargo del cuidado de su familia, la repetición de las actividades asignadas a ese rol fuera del objeto-casa abre un espacio para la transformación. Así como Moyano identifica esta vivencia como un punto de quiebre en su vida y su conciencia política, Blondet y Tivelli (2004:37) definen la participación de las mujeres en las manifestaciones del SUTEP como un punto de partida importante para comprender la ampliación de su participación en la organización vecinal y en particular en las nuevas organizaciones femeninas para la alimentación.

Fig. 6 María Elena Moyano durante una manifestación
© Asociación Amigos de Villa

Los comedores

Para dar respuesta al problema del hambre, el desempleo y la miseria que venimos sufriendo y para poder sobrevivir, nosotras hemos planteado alternativas. Por ello hemos creado comedores. (Moyano, 1993:27)

En las manifestaciones de 1979, las ollas comunes hicieron a las mujeres conscientes de que cocinar y alimentar también podían ser actos de resistencia colectivos. Con esta experiencia y frente a la crisis económica de los ochenta, aparece en Lima – y con particular fuerza en Villa El Salvador – una organización femenina alrededor del problema de la alimentación que no ha tenido precedente en la historia del Perú (Blondet y Trivelli, 1991:96). Los ‘comedores’ son agrupaciones de vecinas reunidas para alimentar colectivamente a sus familias, permitiendo reducir los costos de los insumos y liberar tiempo para otras actividades productivas que generen ingresos extras. El propósito fundamental fue la supervivencia de sus propias familias en un contexto económico crítico que trajo consigo el hambre.

De acuerdo con bell hooks (2015:42), «dado que el sexismo delega a las mujeres la tarea de crear y sostener el entorno doméstico» en contextos donde la supervivencia misma está en juego, el rol que la sociedad patriarcal asigna a las mujeres necesariamente las convierte en el último bastión de resistencia. Su rol de cuidadoras y reproductoras de la vida se ve comprometido directamente en momentos de crisis; en ellos, es evidente cuán fundamental es su labor diaria, algo que tiende a pasar desapercibido detrás de los muros de la casa privada. Cuando las dificultades del mundo exterior ponen en riesgo la realización de su rol, sus hogares se redefinen como espacios de resistencia al contexto político y económico. En el caso de los comedores, una actividad que estaba directamente relacionada a un acto privado de la familia y separado de la esfera pública se redefine como un frente de defensa comunitario.

Los primeros comedores funcionaron dentro de las casas de algunas de las socias, lo que implicó negociar los límites de privacidad de la casa. A diferencia de la experiencia de las ollas comunes, donde se lleva el espacio doméstico a la calle, en los primeros comedores la esfera pública ingresa por las puertas de la casa. Las funciones de cocina y alimentación del comedor le son familiares a la casa unifamiliar, pero la escala de la operación y la organización que implica transgrede la esfera de intimidad sobre la cual se sostiene. La cocina, el comedor o la sala se convierten también en lugares de trabajo comunitario, de reuniones administrativas, de toma de decisiones y de experiencias democráticas de las mujeres. Podemos entender la operación dentro de la casa como una de repetición y recreación de sus funciones y, al mismo tiempo, de transgresión de sus límites.

Cuando la repetición produce algo similar, pero no exactamente igual al original permite cambios y desplazamientos. Este procedimiento, que Walter Benjamin define como «acto mimético»6, permite a las mujeres que trabajan en los comedores populares repetir sus funciones tradicionales domésticas, pero subvirtiendo sus límites privados. Esto produce un desplazamiento en la manera en que se construye su subjetividad en relación a la casa.

En tales circunstancias, la mímesis se ofrece como una táctica valiosa, pues permite a las mujeres subvertir – por el doble gesto de asimilación y desplazamiento – la identificación impuesta en ellas. (Heynen, 2016:137)

En el caso de Villa El Salvador, la mayoría de las mujeres que participan en comedores eventualmente se incorporan a la organización femenina del distrito. Muchas de ellas asumen cargos dirigenciales u otros cargos públicos. Esta búsqueda por ocupar nuevos roles supone redefinir su rol femenino. Seguirán asumiendo su rol doméstico, pero sin aceptarlo dentro de una relación de exclusión mutua con la vida pública. En palabras de Mercedes Zapata (Chueca, 2016:107):

En Villa El Salvador se está logrando eso. Se está logrando, porque a través de los comedores, arrancamos a la mujer del hogar y la hacemos participar. Se da cuenta que como mujer ya tiene que salir, el servicio que dan en el comedor no sólo se queda en el comedor.

Fig. 7 María Elena Moyano
© Asociación Amigos de Villa

La Casa de la Mujer

En los ochenta, a partir de la experiencia de los comedores, se consolidó una red centralizada de organización femenina en Villa El Salvador. En 1983 se constituyó la Federación Popular de Mujeres de Villa El Salvador (FEPOMUVES) y en 1987 se inició la construcción de su local, al que llamaron Casa de la Mujer. El nuevo edificio significó un paso importante en las luchas femeninas principalmente por dos motivos: primero, les dio un lugar de legitimación en el espacio público y, segundo, produjo un espacio de encuentro donde pudieron articular y convertir sus preocupaciones domésticas en una agenda política.

El nombre podría parecer redundante – ¿no eran todas sus casas, acaso, casas de la mujer? – pero esta casa era distinta. No era la casa familiar. Existía en la esfera pública y les ofrecía un espacio fuera de sus viviendas que les pertenecía. Era un cambio radical. La construcción de la Casa de la Mujer significó para las mujeres contar con un edificio público que legitimaba, de una manera nueva, su presencia en la ciudad.

Desde la Casa de la Mujer se articularon múltiples programas sociales en torno a una agenda doméstica, a temas que afectaban medularmente a las mujeres. Se obtuvo la dirección del programa del Vaso de Leche7 – que pasó a ser administrado sólo por mujeres -, se organizó una red local e interdistrital de comedores, campañas de derechos legales y talleres de salud en temas como la anemia en los niños o enfermedades vaginales frecuentes por la falta de agua potable en el distrito. En la Casa de la Mujer, los temas domésticos – es decir, los temas del cuidado – se redefinieron como temas políticos de la comunidad. La preocupación por la alimentación de los hijos, su educación, su salud y la salud de otras mujeres eran los asuntos que estaban en la base de una ambiciosa transformación social que trascendía al problema inmediato de la subsistencia sin dejar de ser doméstico.

Si la casa familiar es el espacio seguro donde las mujeres reproducen el cuidado, la afectividad y la resistencia, la Casa de la Mujer era un espacio público seguro donde se desarrollaron formas colectivas de reproducción y cuidado. Esto supuso, para las mujeres de Villa El Salvador, explorar nuevas formas de habitar en femenino, es decir, reapropiar el rol femenino construido por la casa y utilizarlo como una herramienta de liberación. La reapropiación de la ‘casa’, en este caso, constituye, al igual que los comedores, una estrategia mimética, pero esta vez a escala de ciudad. Este tipo de reapropiación femenina, de acuerdo a Silvia Federici (2013:278), estaría orientada hacia

(…) una vida transversal a múltiples personas y formas de cooperación, que proporcione seguridad sin aislamiento y sin obsesión, que permita el intercambio y la circulación de las posesiones comunitarias y sobre todo que cree los cimientos para el desarrollo de nuevas formas colectivas de reproducción.

Cualquier proyecto que quiera reconsiderar la ciudad como un espacio del cuidado y la solidaridad tiene que, necesariamente, reconsiderar la casa. La casa moderna unifamiliar, construida bajo la complicidad de la arquitectura, ha levantado un muro sólido entre la esfera pública y el mundo privado del cuidado doméstico. Esta separación ha desterrado el cuidado – considerado una labor menor – de la escala pública y política de la ciudad para encerrarlo en el entorno pequeño e inmediato de la familia. En este sentido, redefinir los límites de la casa implicará una redefinición de la ciudad. La historia de la organización de mujeres de Villa El Salvador es una experiencia valiosa de la transgresión de estos límites que las llevó a imaginar un proyecto de transformación social desde el cuidado doméstico. Un proyecto que abre las posibilidades de una habitación en femenino.

1 La autobiografía de María Elena Moyano, María Elena Moyano, Perú en busca de una esperanza, se divide en dos partes: la primera es una reconstrucción de la visión política de Moyano a partir de entrevistas recopiladas; la segunda incluye dos poemas y un texto autobiográfico escritos por ella.

2 Villa El Salvador es un distrito al sur de Lima. Fue fundado como un asentamiento humano en 1971, fruto de la reubicación de los invasores de las Pampas de la Inmaculada en Lima. En 1983 adquiere la categoría de distrito.

3 Una particularidad del caso de Villa El Salvador es que contó con una planificación urbana organizada desde el Estado. El arquitecto Miguel Romero Sotelo estuvo a cargo del diseño urbano del nuevo asentamiento. El diseño está compuesto a partir de un módulo urbano conformado por 16 manzanas iguales, de 24 lotes cada una, con un espacio comunal central. Este módulo configura una grilla que puede crecer indefinidamente en el desierto. Ver Romero (1992).

4 Para más sobre el rol del muro en la historia de la ciudad ver Fontana Giusti (2011).

5 Las ollas comunes son organizaciones espontáneas para solucionar el problema de la alimentación, usualmente de carácter efímero y asociadas a situaciones de precariedad extrema que desafían la subsistencia.

6 Sobre el concepto de mímesis en la obra de Walter Benjamin ver los siguientes ensayos: “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres” y “Sobre la facultad mimética” en Benjamin (1967).

7 El Vaso de Leche es un programa social de asistencia alimentaria a niños de 0 a 6 años y madres gestantes inaugurado en 1983 por la Municipalidad Metropolitana de Lima.

BENJAMIN, Walter. Ensayos escogidos. Buenos Aires: Editorial Sur, 1967.

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BLONDET, Cecilia. Las mujeres y el poder. Lima: IEP ediciones, 1991.

BLONDET, Cecilia; TRIVELLI, Carolina. Cucharas en alto. Lima: IEP ediciones , 2004.

CHUECA, Marcela. Las mujeres y la alimentación popular, ¿una experiencia práctica de liberación femenina? El caso de los comedores Santa Rosa y Santa María del distrito de Villa El Salvador. Lima: CELATS, 1989.

EnMovimiento Perú. «María Elena Moyano. Coraje, lucha y organización». EnMovimiento Perú, 19 de febrero, 2021. Video de YouTube, 1:26:16. En: <https://www.youtube.com/watch?v=LxjNd2S5SnA>.

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FEDERICI, Silvia. Revolución en punto cero: Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de Sueños, 2013.

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HEYNEN, Hilde. «Modernidad y domesticidad: tensiones y contradicciones (primera parte)». Bitácora Arquitectura 33 (2016): 4-13.

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MOYANO, María Elena. María Elena Moyano, Perú en busca de una esperanza. Ed. por Diana Miloslavich. Madrid: Ministerio de Asuntos Sociales, 1993.

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ROMERO, Miguel. Hábitat popular: un camino propio. Lima: Abril Editores, 1992.

MARIANA JOCHAMOWITZ

<m.jochamowitz@gmail.com>
Arquitecta, Bachiller en Arquitectura, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014. Magíster en Historia de la Arquitectura, University College London, 2018. Su trabajo ha sido expuesto en las exhibiciones Wände/Walls (Kunstmuseum Stuttgart, 2020), A Courtyard in the Barn (Akademie Schloss Solitude, Stuttgart, 2020) y Young Architects in Latin America (Bienal de Venecia, 2018). Es arquitecta principal de Estudio Jochamowitz Rivera y profesora en la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Nicolás Rivera

<nicolas.rivera.b@gmail.com>
Arquitecto, Bachiller en Arquitectura, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014. Magíster en Historia de la Arquitectura, Architectural Association School of Architecture, Reino Unido, 2018. Su trabajo ha sido expuesto en las exhibiciones Wände/Walls (Kunstmuseum Stuttgart, 2020), A Courtyard in the Barn (Akademie Schloss Solitude, Stuttgart, 2020) y Young Architects in Latin America (Bienal de Venecia, 2018). Es arquitecto principal de Estudio Jochamowitz Rivera y profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú.