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Volverse xerófilo

Cooking Sections

Londres, Reino Unido.

La noción de desierto supone la ausencia de vida. Sin embargo, los lugares en que nada pareciera sobrevivir, han sido habitados por milenios por pueblos ancestrales que han logrado cultivar vegetación en esas condiciones extremas. Esta instalación para la Trienal de Sharjah en 2019 recupera esas tradiciones, mostrando que la vegetación puede incluso crecer en ausencia de agua, desestimando el miedo colonial ante los territorios desérticos.

Más que cualquier otra región, África se destaca como el receptáculo supremo de la obsesión occidental con, y el discurso circular sobre, los hechos de «ausencia», «carencia» y «no ser», de identidad y diferencia, de lo negativo – es decir, de la nada. (Mbembe, 2001:4)

Los desiertos, para quienes no son de ahí, sólo son carencia, ausencia, no ser – en suma, la nada (Mbembe, 2001:4). Las representaciones occidentales estereotípicas de las regiones desérticas comúnmente las muestran como paisajes muertos o vacíos, imposibles de contener, con poca o ninguna vegetación y sin acceso a agua, adecuados sólo para guardar secretos nucleares. ¿Quién en la Tierra querría habitarlos? Incluso el verbo ‘desertar’ en varios idiomas europeos se refiere a irse y ser desleal cuando más se necesita.

Fig. 1 © Cooking Sections

En el discurso occidental, los límites del desierto, en flujo permanente, también se perciben de forma negativa. Históricamente, estos paisajes han sido problematizados mediante la conquista y la contención. Sin embargo, según el cientista político Wafula Okumu, partes del desierto en sociedades africanas se concibieron y mantuvieron como zonas mediadoras activas que dividían diferentes pueblos antes de la llegada de los regímenes coloniales europeos (Oduntan, 2015).

La relación causal entre desertificación y deforestación se ha registrado en forma escrita desde la época de Aristóteles (Brückner, 2000:74) (Edwards, 2010:67). Alrededor de 1850, el Imperio británico se dio cuenta del daño irreparable que había causado en los bosques de la India, lo que llevó al agotamiento de la madera tropical. Como resultado, hubo que desarrollar un conocimiento más preciso sobre la relación entre la protección de los bosques y la contención del desierto (Grove, 1997). Así, en la década de 1860, la Royal Geographical Society lideró en la globalización de un nuevo discurso sobre desecación y conservación por el bien de la economía del Imperio. En la década de 1920, el nuevo fenómeno de la ‘propagación del desierto’ se popularizaba en revistas y diarios. Las áreas ricas en recursos en el umbral del desierto se reenfocaron como territorios llenos de hambruna que necesitaban de la ayuda europea para impulsar los crecientes intereses coloniales británicos en el Sudán angloegipcio y en Sudáfrica (Grove, 1997). Mientras aparecían más estudios científicos, quedaba claro que el avance del desierto era fruto de la desecación y del cambio climático, cuyo origen era el mal uso humano de los recursos (Stebbing, 1935).

Tras la Segunda Guerra Mundial, el guardabosques francés André Aubréville acuñó el término ‘desertificación’ en su sentido actual para referirse a las causas antropogénicas detrás del movimiento de los desiertos (Swift, 1996) (McCann, 1999) (Elkin, 2014). La desertificación pronto se convirtió en un poderoso instrumento político de movilización basado en propagar miedo. Después de la experiencia del Dust Bowl de la década de 1930 en EE.UU. – que produjo la emigración masiva de agricultores arruinados a California – la ansiedad de que la población negra se apoderara de los enclaves coloniales blancos crecía en las clases coloniales dominantes. El miedo a la desertificación se desplegó como un mecanismo retórico para mantener a lo rural racialmente segregado de lo urbano. También aseguró un flujo constante de fondos para los muchos investigadores que ‘descubrieron’ la desertificación en África, Asia e incluso el sur de Europa (Grove, 1997:35) (Thomas y Middleton, 1994). En particular, las instituciones occidentales que imponían el ‘desarrollo’ requerían un problema tan dramático como para legitimar sus estrategias paternalistas para mitigar la hambruna.1

Fig. 2 Tratado de botánica árabe, con entradas ordenadas alfabéticamente. Manuscrito, sin título y sin fecha. © Princeton University Library, Islamic Manuscripts.

Sólo en la última década los científicos han proporcionado pruebas de que la desertificación no se debe necesariamente a que agricultores y ganaderos destruyan los bosques de los que viven, como se pensaba desde hacía mucho tiempo. Más bien, es un proceso atribuible a acciones humanas globalmente interconectadas, en que los pequeños agricultores en los márgenes del desierto son las víctimas – no los culpables – de los ecocidios (McCann, 1999:273). Por ejemplo, durante décadas se culpó erróneamente a los residentes del Sahel por el uso indebido de la tierra; basadas en esto, las grandes corporaciones lavan sus daños ambientales con programas de restauración forestal y compensación de carbono en la región. Así, el desierto se convirtió en una nueva frontera para las inversiones relacionadas al clima; los flujos de capital se materializan en el recinto de vastas áreas de tierra para proteger la culpa ambiental de los ciudadanos en el norte global.

Los habitantes de las regiones áridas no sufrían de aridez; supieron adaptarse, migrando y ajustando su alimentación de acuerdo a las estaciones desérticas. Fue al detenerse su movilidad, debido a la modernización y a la colonización, que el desierto se volvió un problema.

Los beduinos en la península arábiga no se refieren al espacio que habitan como ‘desierto’ – lo llaman simplemente al barr (‘la tierra’) – al igual que muchos otros pueblos de tierras áridas (Mandaville, 2011:27). Las sociedades que viven en estos ecosistemas históricamente han reducido las adversidades mediante diversas estrategias culturales y de movilidad, que fueron efectivas gracias a una vasta reserva de conocimiento simbiótico. Las interacciones beduinas con la botánica reflejan el necesario rol de las plantas para convivir con el desierto y su clima más allá de las fronteras geopolíticas actuales que los separan. Este enfoque está arraigado en lo que el académico burkinés Joseph Paré denomina «sahelité», un término que acuñó en 1994 después del prolífico debate sobre africanité y créolité para comprender el espacio no lineal habitado por los pueblos que comparten los desafíos del clima saheliano (Wise, 2001).

Fig. 3 © Cooking Sections

Por siglos, numerosos diccionarios de árabe clásico han hecho referencia a conjuntos botánicos que podrían mostrar formas de habitar el espacio árido (Leclerc, 1876) (Montazeri y Sepehri, 2019). Profundamente arraigados en el carácter utilitario de la flora desértica, la gran mayoría de los nombres y categorías de plantas en uso en la península arábiga son prácticamente los mismos que hace un milenio (Mandaville, 2011:3). En la modernidad, una figura extranjera interesante que investigaba el conocimiento del desierto desde una perspectiva occidental era James P. Mandaville. En los sesenta, trabajó en la Arabian American Oil Company en Arabia Saudita negociando con ganaderos el valor de los camellos perdidos en los sumideros de los campos petroleros. Esos encuentros con los habitantes del desierto lo llevaron a escribir uno de los pocos tratados en inglés sobre etnobotánica beduina en la región. En él, usó el término ‘plantas’ casi exclusivamente para la flora silvestre del desierto, reflejando que los otros alimentos básicos de la dieta beduina – arroz, cebolla, café, té, azúcar, entre otros – se compraban en ciudades y, por ello, no se consideraban ‘entidades vivientes’.

Fig. 4 © Cooking Sections

Las enredadas relaciones de personas, plantas y desierto configuran un entorno único con mucho por descifrar. Los patrones y microclimas creados alrededor de las especies vegetales en climas áridos proporcionarían nuevas pistas a pueblos ajenos al desierto a verlo como un ecosistema próspero. Estudios recientes han descrito cómo las plantas del desierto se organizan colectivamente para decidir dónde crecer y dónde no, optimizando la escasez de agua a través de formaciones geométricas que reducen las fricciones de los sistemas agua-suelo (Bailey, 2011). Al disminuir las lluvias, aumenta la vegetación escasa siguiendo geometrías específicas cuya densidad los humanos recién empiezan a entender. Los patrones espaciales puntuales o laberínticos de los grupos de plantas en los matorrales, o las diferentes asociaciones de halófitas, por ejemplo, también actúan como indicadores de alerta temprana: permiten predecir una caída en las reservas de agua subterránea en el futuro próximo. En el caso opuesto, ayudarían a identificar signos de recuperación después de una sequía. Así, la fragilidad y sensibilidad de los patrones que las poblaciones vegetales utilizan para habitar (o desocupar) el espacio desértico muestran una forma de entender las adaptaciones ecológicas extremas.

Después de la grave sequía en California de 2011-17, nuevas políticas comenzaron a restringir el riego de césped. Aprobadas por unanimidad por la California Water Commission en 2015, las nuevas regulaciones ordenaron un giro hacia plantas tolerantes a la sequía, limitando de forma efectiva la cantidad de césped alrededor de las casas recién construidas al 25 por ciento del área de jardín. Esto ha funcionado tanto que ‘avergonzar por sequía’ se ha vuelto parte de la conciencia social. Los vigilantes han ‘avergonzado’ a los réprobos que mantuvieron sus patios verdes, exponiendo a celebridades con imágenes aéreas o twitteando fotos de los aspersores de sus vecinos (Carroll, 2016). La reciente sequía introdujo céspedes marrones (o la ausencia de césped) como un nuevo canon de belleza, llevando a un cambio en la comprensión compartida de cómo debe ser un jardín. Lentamente, los suburbios de California aprenden a volverse xerófilos (del griego xēros, ‘seco’, y philos, ‘amar’). Han arrancado sus hierbas verdes mal acostumbradas plantando especies del desierto de Mojave en su lugar. A través de la apreciación del riego sin agua, se está estableciendo un nuevo imaginario cultural.

Fig. 5 © Cooking Sections

Aprender de la aridez y apreciar el desierto en tiempos de escasez de agua son formas de considerar las plantas del desierto no como una amenaza – como implicaba el discurso de la ‘desertificación’ – sino como posibles ornamentales. La idea de plantas desérticas ornamentales ya no debería ser un oxímoron. Todo lo contrario: las ecologías desérticas podrían aportar enfoques utilitarios al espacio urbano e introducir nuevos modelos de riego sin agua. Además del árbol ghaf ya utilizado – el árbol nacional de Emiratos Árabes Unidos que habita la zona árida entre Turquía e India – hay mucho potencial en introducir conocimiento ecológico del desierto en ciudades de la región del Golfo para prepararse ante eventos climáticos más extremos e impredecibles allí y en otros lugares. Las transformaciones ambientales aceleradas inducidas por humanos piden que nos volvamos xerófilos para salvaguardar las valiosas aguas subterráneas en tiempos en que la salinidad del suelo está en aumento y el nivel freático va a enfrentar grandes fluctuaciones.

Fig. 6 © Cooking Sections

Volverse xerófilo

ARQUITECTO: Cooking Sections: Daniel Fernández Pascual, Alon Schwabe • EQUIPO DE PROYECTO: Matthew Darmour-Paul, Rosa Whiteley (Cooking Sections); Spyros Efthymiou, Jeroen Janssen, Dragos Naicu, Adiam Sertzu (AKT II) • UBICACIÓN: Sharjah, EUA • MANDANTE: Sharjah Architecture Triennial • VISUALIZACIONES: Wagstaffs- • MATERIALES: Instalación de técnica mixta • SUPERFICIE: Dimensiones variables • AÑO DE PROYECTO: 2019

1 Otro ejemplo de desertificación siendo usada como herramienta de control es la prohibición de forrajeo de za’atar silvestre en el territorio palestino. Ver Khalili (2018).

BAILEY, Richard M. «Spatial and Temporal Signatures of Fragility and Threshold Proximity in Modelled Semi-Arid Vegetation». Proceedings of the Royal Society B 278 (2011): 1064-71.
BRÜCKNER, Eduard. «How Constant is Today’s Climate». En STEHR, Nico; VON STORCH, Hans (eds.). The Sources and Consequences of Climate Change and Climate Variability in Historical Times. Dordrecht: Kluwer Academic Publishers, 2000.
CARROLL, Rory. «Sod It: Californians Turn Back to Grass Lawns as Drought Shaming Ebbs», The Guardian, Nov. 2, 2016.
EDWARDS, Paul N. A Vast Machine: Computer Models, Climate Data, and the Politics of Global Warming. Cambridge, MA: MIT Press, 2010.
ELKIN, Rosetta. «Desertification and the Rise of Defense Ecology». Portal 9 (2014).
GROVE, Richard. Ecology, Climate and Empire: Colonialism and Global Environmental History, 1400-1940. Cambridge: White Horse Press, 1997.
KHALILI, Laleh. «Banning Taste: Boycotts, Identity, and Resistance». En Cooking Sections. The Empire Remains Shop. New York: GSAPP Books, 2018.
LECLERC, Lucien. Histoire de la Médecine Arabe. París: E. Leroux, 1876.
MANDAVILLE, James P. Bedouin Ethnobotany: Plant Concepts and Uses in a Desert Pastoral World. Tucson: University of Arizona Press, 2011.
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ODUNTAN, Gbenga. International Law and Boundary Disputes in Africa. London and New York: Routledge, 2015.
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<info@cooking-sections.com>
Cooking Sections es una oficina con sede en Londres fundada en 2013 por Daniel Fernández Pascual y Alon Schwabe, centrada en examinar los sistemas que organizam el mundo a través de la alimentación. Utilizando instalación, performance y video específicos al sitio, exploran los límites superpuestos entre arte, arquitectura, ecología y geopolítica. Su trabajo ha sido expuesto en el Tate Britain, SALT Beyoğlu, Estambul, XII Bienal de Taipei, entre muchos otros. Cooking Sections ha sido nominada al Turner Award 2021. Recibieron el Premio Especial en el 2019 Future Generation Art Prize y fueron nominados al Visible Award por prácticas socialmente comprometidas. Su último libro Salmon: A Red Herring (isolarii, 2020) fue publicado con motivo de la exposición Art Now en el Tate Britain.